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Acuarentenados sean los dioses

Divino balcón

Lo llamamos cuarentena de manera incorrecta. Este es un período de aislamiento social preventivo y obligatorio. Nos preparamos para lo peor, en mayo habrá doscientos cincuenta mil infectados y eso el sistema lo soporta. Más no.

¿Eran doscientos cincuenta mil?

Les propuse a mis alumnos llevar un diario del aislamiento, ¿por qué no puedo hacerlo yo también? Escribí esto en el balcón, mirando los cuadrados de cielo que luchan por un poco de protagonismo entre los cables y edificios. Hace tres años que estoy en este departamento y hoy es la primera vez que meriendo en el balcón. Trasladé la mesita de la impresora, una de las sillas nórdicas de la mesa del comedor y me instalé en mi ínfima porción de aire libre. Tuvo que llegar esta situación extrema para querer gozar de este vacío habitado sólo por un conjunto de plantas depresivas. Una lavanda en sepia, la violeta de los Alpes carcomida por las hormigas del verano, helechos mugrientos, dos macetas con tierra y colillas de cigarrillo ajeno. Me gustaría haber comprado el juego de jardín, siempre me dio fiaca. Lo primero que haga cuando se levante esta situación será ir al Easy y elegir mesa y dos sillas, aunque sean de plástico. No va a suceder. Mi balcón seguirá siendo lo que es, un cementerio vegetal.

Entré por los mosquitos, el Off verde es cada vez menos efectivo. Miro el celular y leo los mensajes que Inés me manda desde Madrid. “Aquí, confinamiento absoluto. La situación es muy seria. Sólo salimos para comprar, y de a uno. Pero estamos bien”. Tres tréboles. ¿Se desea suerte? ¿Me la desea a mí? ¿A la humanidad?

¿De qué sirve la suerte a esta altura?

Dios me clava el visto

Déjenme dejar de mirar pantallas.

La primera semana, el sistema me resultó. Trabajar desde casa, cumplir mi horario en pijama, corregir con mi café rico, hacerme una tostada, acariciar al gato, trasladarme en segundos a la cama para consumar mi momento siesta. La segunda ya fue distinta. ¿La vida va a pasar a ser esto? Una vida apantallada.

El martes asistí a un cumpleaños virtual. La hija de mi prima cumplió siete y soplo las velitas rodeada de caras pixeladas, en medio de un cántico robótico, que más que augurios de felicidad me sonó a presagios apocalípticos. Llegué primera a la reunión, a las 16:55. 17:20 finalizó mi participación. ¿Será que ahora los cumpleaños pasan a ser esto?

La oportunidad de detenerse y de intentar cambiar el paradigma de la hiperproductividad se nos vuelve en contra. Abundan los talleres, cursos, las clases, las conferencias, reuniones, citas, almuerzos de trabajo frente a la pantalla. ¿Lo querés grupal o individual, en vivo o diferido? La red se sobrecarga. Mis neuronas se atontan, vapuleadas. El colapso de Internet sería: silencio. Aburrimiento necesario. Pero también: silenciamiento. Un politólogo italiano decía ayer en un podcast que teme que clausuren Internet en Milán, haciéndolo pasar por una saturación del sistema, para continuar con el recorte de las libertades individuales. 1984, un poroto.

El martes a la noche recé. Siempre me siento hipócrita cuando rezo. Dios contestó: “Flaca, qué te hacés. No me llamás hace meses, la Iglesia no la pisás más. Dejaste de morfar la hostia a los veintitrés. ¿Ahora que las papas queman querés que te escuche? A ver, decime”.

Ya sé, soy lo menos. Pero creo en Dios. Cuando me dieron el título elegí ese juramento. El de los evangelios era demasiado ornamentado; la patria, absoluta e incomprobable. Mucho más tangible Dios, por lejos. La cuestión es que recé con un tema de fondo que me pone en modo místico, la canción de la serie “Ride upon the storm”, de unos daneses curas (para resumirlo súper así nomás). Le hablé a Él y la cara se me puso dálmata, con las manchas rojas que salen eyectadas de cada poro cuando me consume la angustia. “Seguro te lo tomás como un juego. Para mí es un susto que le querés dar a la humanidad. Nos estás sacudiendo un poco para que entremos en razón, para que cambiemos de paradigma. Estamos sobresaturando el planeta y muchos siguen sin darse cuenta. Lo admito. Ok, danos el cagazo, pero que no se te vaya la mano. Y no le cortes la hilacha al virus, que si se te retoba a vos, estamos al horno”. Dios me clavó el visto. Empecé a dar patadas al aire. Y salté. Así permanecí horas, dando vueltas alrededor de la cama, llamándolo aunque sabía que ya no aparecería, viendo videos de BBC Earth sobre canguros que luchan a los golpes por hembras y territorio.

Estrellas en Almagro

Amiga, estoy en la terraza de casa, mirando las estrellas. Eso lo dice Manu desde Almagro. La pantalla, negra. Boluda, lo loco es la incertidumbre, vivimos día a día, con el culo entre las patas. Eso ahora porque nos toca a nosotros, le digo, porque este bicho está arrasando con el ‘primer mundo’, con Occidente entero, y nos espantamos porque se nos viene la noche. ¿Pero quién se calienta por las pestes de África? Boluda, el ébola. ¿Te acordás del documental que nos pasó Guillermo Franco en segundo año sobre el ébola? Y a nadie le importa. Tuve pesadillas con ese documental. Yo también. Le sangraban los ojos a un chabón, me acuerdo patente. Sí. Horrible. ¿Y? Nada. Esas cosas sólo pasan a la agenda mundial cuando afectan a los que cortan el bacalao. Es una paja.

Aparecen Chuli y Pepa en la pantalla. Sole, ¿y tus viejos? ¿No estás preocupada? Mis viejos pasan todos los días de su vida en el hospital, están expuestos a bichos mucho peores que este de ahora. Con ese criterio, me tendría que estar preocupando toda la vida, no dormiría nunca.

Claro. Es verdad.

¿Soné superada? Es un mecanismo de defensa. Yo también estoy con la cola entre las patas, aunque no quiera que se note.

Dios me responde dos días más tarde. “¿Te da miedo?” Creo que no, le contesto, mientras me saco un pelito del cavado con la pinza. El virus en sí no. Lo que se desprenda a partir de eso, sí. “¿Entonces qué le decimos al virus? ¡Andate a fanculo!”

Decíselo vos. A mí no creo que me haga caso.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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2 Comments

  1. Siempre es lindo leerte… tu estilo hace que sea muy fácil ir imaginando todo… un abrazo grande.

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    1. ¡Gracias, Moni!
      Abrazo muy grande

      Responder

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