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Amélie Nothomb juega a la sumisión: poder y máscara entre temblores

Es el último día del 2019 y escribo este texto sobre una novela publicada hace veinte años, Estupor y temblores de Amélie Nothomb. Disfruto de cierta dosis de simetrías, así que celebro que este haya sido el texto con el que despido el año. Un 2019 que se distinguió del resto por una operación consciente: leer más textos de escritoras. ¿Será por la fuerza feminista que se palpita en Argentina y el resto de América Latina? Algo de esto hay para que el interés del grupo de jóvenes que asistieron al Laboratorio de Lectura se inclinara por la escritura de mujeres. Tengamos en cuenta, además, que el canon que suele enseñarse en nuestras escuelas es, mayoritariamente, masculino. Sea por una cosa o por otra, este año descubrí, releí y saboreé a escritoras de distintas latitudes, con textos de diversos géneros y formatos. Cierro el año con Nothomb, quien se inmiscuyó en mi mapa literario personal y provocó en mí la intención de seguir indagando en su escritura.

Antecedentes en los temblores

No procuro hacer un paper, por lo tanto me relajo con respecto a la formalidad y la rigurosidad que el formato académico propone e impone. Recorro la novela desde las coordenadas que me habitan, teniendo en cuenta lecturas previas del texto. Al respecto, recomiendo el artículo de Yoshie Yoshimoto “Las imágenes de Japón en la obra de Amélie Nothomb” (2006), y “Estupefacta y temblorosa: la japonesidad de Amélie Nothomb a través de su autobiografía” (¿2011?) de Josep Lapidario. El primero, de corte académico, recorre La metafísica de los tubos, Estupor y temblores y Biografía del hambre para analizar cómo el género autobiográfico le permite a la autora construir su propia imagen de Japón. El segundo, con un tono más similar a lo que propongo hoy, transita tres obras de Nothomb y al detenerse en la que nos concierne, hace una lectura desde el desgranamiento de la identidad de la protagonista, que me parece muy atinado. Teniendo en cuenta estos dos textos ya existentes, propongo analizar el texto desde las relaciones de poder. Estas atraviesan toda la novela y tiñen diversos ámbitos: las relaciones laborales (jerarquías), la tensión entre Oriente y Occidente y el género.

Jerarquías vulnerables

Nuestra protagonista, Amélie, se calza la máscara de la sumisión porque no le queda otra alternativa: es así como debe moverse a lo largo de la compañía Yumimoto durante el año que dura su contrato. El personaje tiene tres características por las cuales desentona en el universo laboral japonés: es joven, es mujer y es europea. Estos rasgos, lejos de ser inocuos, la condenan a un estado de continua sospecha y maltrato. Amélie pasa por “cargos” que rozan el ridículo y el sinsentido, como reescribir sin cesar una invitación para jugar al golf o fotocopiar un legajo de mil páginas manualmente (y tener que repetir la acción porque las copias no están bien centradas). Le asignan también otros puestos un poco más consistentes y útiles, como servir café en las reuniones de directivos, trabajar con los registros contables de la empresa o, finalmente, limpiar los baños del piso cuarenta y cuatro. Las tareas que la protagonista debe desempeñar son en sí una excusa para exponer un abanico de conductas laborales que se caracterizan por la denigración y humillación constantes, y que en oportunidades alcanzan la violencia física (por ejemplo, cuando el señor Omochi la acorrala en un baño y le hace notar con rabia la falta de papel higiénico). Solo el señor Tenshi reconoce las capacidades de la protagonista, pero la colaboración que esta le presta a este empleado, lejos de subirla de escalafón en el cosmos Yumimoto, la cataloga como saboteadora de los intereses de la empresa.

Dijimos que Amélie se toma en serio el fingido rol de sumisa. Al comienzo de la novela, nos cuenta que la palabra “Sí” es lo primero que pronuncia al llegar a la empresa. Tomemos el sí como clave de la sumisión, al menos de la boca para afuera. Porque dentro, dentro suceden otras cosas. Amélie aparenta estar de acuerdo con la obediencia que se espera de ella, no solo con sus palabras, sino con gestos y con el lenguaje corporal. Recordemos que el título de la novela hace referencia a la manera en que, según el código imperial nipón, los súbditos debían dirigirse al Emperador. Cuando al final de la novela, la protagonista debe anunciar su renuncia porque se acerca el fin de su contrato, lo hace interpretando la fórmula imperial como la didascalia de su parlamento: “Así, pues, adopté la máscara del estupor y comencé a temblar” (p 132).

Además de su capacidad de fingir, la protagonista patea la rígida jerarquía que sostiene en pie a la empresa (explicada con claridad en el primer párrafo de la novela) mediante otros recursos. La imaginación, la fantasía y el humor constituyen el tridente que le permite capear con entereza su periplo en el mundo laboral nipón. La protagonista puede darse el lujo de soñar porque, si bien está dentro de los confines de la empresa, no es como el resto de los empleados: es una extranjera, es una trabajadora temporaria. Si bien esto le juega en contra la mayoría de las veces, la protagonista sabe leer las ventajas que se vislumbran a partir de ser un poco sapo de otro pozo. A diferencia de las mujeres niponas, que “tienen amputado el derecho a soñar”, Amélie, mujer no nipona, lo ejerce con soltura y desparpajo. Ya veremos cómo.

Belga en Japón: entre el origen y la extranjería

Ser una belga en Japón le quita unos puntos a nuestra protagonista dentro de la escala social nipona. En varios pasajes de la novela se hace referencia a la superioridad oriental con respecto a Occidente, tanto en las capacidades intelectuales como en los valores y la conducta. Un primer ejemplo de esto se evidencia cuando la protagonista es obligada a “no entender” el idioma japonés. Frente a la perplejidad de la belga ante esta orden, el señor Saito arremete “Siempre existe un modo de obedecer. Eso es lo que los cerebros occidentales deberían comprender” (p. 18). Amélie capta la carta que debe jugar y le sigue la corriente a un discurso casi frenológico: “Quizás el cerebro nipón sea capaz de obligarse a sí mismo a olvidar un idioma. El cerebro occidental carece de esos recursos” (18). Replica utilizando los códigos de su adversario, a la vez que pone sobre el tapete una cuestión importantísima en relación con el poder: el lenguaje.

A Amélie la contratan justamente por su dominio del idioma japonés. Ahora le piden que lo olvide, que no lo sepa más, ya que les molesta que la “otra” hable su idioma, comprenda sus códigos, ejerza su palabra. ¿Cuántas veces en la historia de la humanidad occidente ejerció una dominación lingüística sobre otras lenguas no occidentales? Pensemos en algunos pueblos originarios de América Latina, por mencionar el ejemplo que tengo más cercano. Lo interesante en Estupor y temblores es que no sólo se invierten los términos, y es en este caso la europea quien debe acatar una prohibición lingüística, sino que la orden es distinta. No se trata de aprender la lengua del dominador y olvidar la propia, sino de olvidar la aprendida (la del dominador) y quedarse solo con la propia. Esta operación hace que Amélie pierda poder y quede al margen, fuera del juego empresarial. Además, da cuenta de la crueldad de un sistema que procura ejercer su poder sobre lo aprendido, y que fuerza al sujeto a desaprender. La protagonista se enmascara, una vez más, y ante esta orden que roza la imposibilidad, que es trágica y ridícula según cómo se la mire, se pregunta: “Ya que no lograba olvidarlo (al idioma japonés), ¿podía por lo menos fingir olvidarlo?” (p. 19). Fingir, soñar, imaginar, trucos de nuestra protagonista para esquivar las órdenes de sus superiores, o cumplirlas a su manera.

Es interesante destacar que, si bien Amélie representa Occidente, ella misma se encuentra en una situación fronteriza con respecto a su origen. La protagonista (al igual que la autora, ya que esta es una novela autobiográfica) nace en Japón, país que abandona a los cinco años para ir a China. El recuerdo de ese primer Japón la marca tanto que es lo que la impulsa a volver: ella se considera originaria de la isla. Sin embargo, a los ojos del resto de los personajes, es una intrusa que encarna a la perfección valores occidentales despreciables como el pragmatismo o la vanidad personal (p. 52).

La superioridad nipona no solo abarca lo intelectual y los valores, sino también algunas cuestiones fisiológicas que incluyen el control de sustancias corporales que se consideran despreciables, como la sudoración. El personaje secundario del holandés Kramer expone cómo el sudor es algo inadmisible para los japoneses, y su aparición se convierte en una oportunidad para despreciar a Occidente: “-¿Acaso no se dan cuenta esos blancos que apestan a cadáver? – ¡Si por lo menos pudiéramos hacerles comprender que apestan, tendríamos en Occidente un mercado fabuloso para desodorantes finalmente eficaces!” (p. 86). Todo esto es dicho frente a la protagonista del texto, y no porque ella no sea considerada occidental, sino porque es menos que eso: no cuenta, está invisibilizada. Como sólo se la tiene en cuenta para marcar sus errores, frente a ella se puede emitir cualquier juicio u opinión negativa sobre sus grupos de pertenencia.

La fantasía despeina al poder

Hasta ahora vimos cómo el entramado del poder encarna tanto las relaciones laborales como la rivalidad entre Oriente y Occidente. Nos falta un aspecto, el de las cuestiones de género, y creo que es en esta área donde la novela nos otorga su pulpa más jugosa. Me refiero a que la lucha de poder se ejerce no solamente de hombres a mujeres, como sería esperable por ejemplo en nuestra cultura machista, sino de mujer a mujer. Esto hace que el texto sea más complejo y rico a la hora de analizar el personaje de Fubuki y sus interacciones con Amélie, que pasan de la agresividad más cruda a un erotismo sugestivo en múltiples zonas del texto. Ya en su primer encuentro con su jefa, la protagonista del texto destaca el aspecto físico de la señorita Mori Fubuki. Su estatura (un metro ochenta) hace que sobresalga en una cultura en la que pocos hombres alcanzan dicha altura. Pero si en su estatura sale de los parámetros japoneses, en términos de belleza los cumple a rajatabla: “Fubuki encarnaba a la perfección la belleza nipona, con la asombrosa excepción de su altura. Su rostro […] culminando aquella inmensa silueta, parecía destinado a dominar el mundo” (p. 13). No sabemos si Fubuki domina el mundo, pero sí es claro que su palabra pesa fuerte en los confines de Yumimoto. No vacila en delatar a Amélie para ubicarla y dejarle en claro que no podrá ascender más rápido que ella en la empresa, ni tampoco le tiembla el pulso a la hora de destinarla a un trabajo que considera humillante (aunque no lo es para Amélie): la limpieza de los baños.

La superiora de la protagonista es cruel, pero al parecer no con todos: “Además de mí, tenía otros subordinados. No era la única persona a la que odiaba y despreciaba. Podría haber martirizado a otros. Sin embargo, sólo ejercía su crueldad conmigo. Quizás fuera un privilegio. Decidí considerarme una elegida” (p. 122). En el artículo referido al comienzo de nuestro texto, Josep Lapidario propone que en la relación entre ambas mujeres hay un “reflejo sadomasoquista”. Cierto es que el poder no solo es ejercido de Fubuki a su empleada sino que también veremos cómo Amélie arremete con estrategias que dan vuelta la jerarquía entre ambas. Considerarse una elegida nos abre la puerta a pensar que en un punto, la protagonista del texto disfruta de esa dosis de crueldad que la hermosa japonesa ejerce hacia ella.

Aún así, la fascinación de la belga por su superiora japonesa no deja de acrecentarse. Si al comienzo los comentarios sobre su belleza pueden tomarse como simples aseveraciones informativas que contribuyen a describir los personajes con los que Amélie se topa en la empresa, a medida que el texto avanza Fubuki se torna, con más contundencia, en un objeto de deseo. A mi parecer, hay una imagen que vehiculiza con nitidez esta combinación de deseo y prohibición: los juegos imaginativos de Amélie mediante los cuales piensa en Fubuki totalmente despeinada. Dijimos antes que nuestra protagonista belga conserva el derecho a fantasear, soñar e imaginar, y que esto constituye una herramienta que le permite transitar un año en el mundo laboral japonés. Justamente una de las fantasías más poderosas tiene que ver con Fubuki. Frente a la belleza incólume de su jefa y su prolijo peinado, nuestra protagonista se exaspera y, por una vez, se pone en una posición de superioridad: la despeina. “Entonces me entregaba a un delicioso ejercicio: la despeinaba mentalmente. Libraba aquella cabellera de explosiva negrura. Mis dedos inmateriales le conferían un admirable desaliño. A veces, me desmandaba, y le dejaba el pelo en tal estado que parecía haber pasado una alocada noche de amor. Aquella salvajada la convirtió en sublime” (p. 61). Sublime pero no intocable, ya que Amélie revolea el pulcro peinado de la japonesa y la libera (a la vez que se libera) del corset empresarial. Hagamos más foco en el pasaje citado: en él se combinan diversos términos que giran en torno a lo erótico. Amélie se entrega, libera a Fubuki convirtiendo su prolijidad en una cabellera explosiva, con movimiento, los dedos la amasan y la desordenan. Hay cuerpo, pelo, agresividad, desparpajo. Fubuki es ahora salvaje, deviene mujer sexuada que llega a la oficina después de una noche de sexo fuerte. Es el descenso a la carnalidad lo que termina de hacerla sublime a los ojos de Amélie.

A este primer acto de rebeldía erótica en el plano de la imaginación se le suma otro físico y concreto: la protagonista, de noche en la oficina, sola, se desnuda y se sienta en el lugar de Fubuki. No sólo eso: se abraza a su computadora y la besa. Es una escena desenfrenada, en el que la narradora hace conjugar, en una especie de Pasión cristiana y bacanal latina, “este sufrimiento judeocristiano, esta voluptuosidad latina y la adoración nipona por el incorruptible metal (el oro)” (p. 64). Es la noche carnavalesca, momento en el que se invierten o directamente desaparecen las jerarquías: la belga toma el lugar de la japonesa, lo usurpa. Hace de un lugar impoluto el escenario de un ritual de puro cuerpo, saliva y besos. Amélie es Fubuki, y supera a Fubuki, se hace Cristo “soy el Cristo en los ordenadores” (p. 64), cumpliendo así su sueño de pequeña, que era ser Dios. Al final del rito, la belga se viste y se cubre de basura, retoma su estado habitual, la caída, el escombro, el resto. Pero nadie le quita lo besado.

Estas dos escenas (de la melena descabellada y del affaire con la computadora) cobran aún más potencia cuando se las contrasta con el prototipo de la mujer nipona, que nuestra narradora se encarga de explicar en una serie de párrafos que ocupan el centro del texto. En ellos, Amélie ilustra las coerciones y mandatos a los que las mujeres japonesas deben constreñirse a lo largo de toda su vida. Prohibiciones, humillaciones, deberes: ser hermosa, hacer una carrera intachable, trabajar pero también conseguir marido, tener hijos, evitar el placer. ¿La única salida legítima a aquellas que quieren salirse del molde? El suicidio, una alternativa adecuada para retirarse del juego con elegancia y mantener la propia reputación. Fubuki cumple a rajatabla con este molde femenino impuesto por su cultura, con un solo detalle: el celibato. Horror, tiene veintinueve años y no está casada, porque decide dedicar todas las horas de su vida al trabajo (algo que, a su vez, exige el mandato). Entonces, como resume Amélie acerca de las exigencias a las mujeres en Japón: “El colmo del sadismo residía en su propia aporía: respetarlo implicaba no respetarlo” (p. 81).

No tenemos que irnos hasta Japón o retroceder a la década del noventa para comprobar cómo estos mandatos nos siguen acogotando a las mujeres hasta el día de hoy. La gran diferencia es que ahora cuestionamos esas presiones externas y seguimos profundizando nuestro proceso de deconstrucción. Falta, sí, y mucho, pero este apartado de la novela de Nothomb nos permite leernos como mujeres en clave ficcional, desde una voz fronteriza, la de Amélie, que nos habla desde Oriente y Occidente.

Vemos entonces que el vínculo entre Fubuki y Amélie está signado por el poder que la japonesa ejerce sobre la protagonista a nivel laboral. Sin embargo, también queda en evidencia cómo la belga logra encontrar una fisura en esa jerarquía y, de la mano de la fantasía, termina invirtiendo los sitiales: corrompe a su jefa en su imaginación, la despeina, la acerca al reino del deseo y del placer, la sacude del mandato.

No olvidamos por obligación

El texto finaliza y con él la puja de poder entre las dos mujeres. Amélie se va de la empresa y retorna a Europa, donde comienza su carrera literaria. Un año después de publicar su primera novela, recibe una felicitación de parte de Fubuki. El detalle: está escrita en japonés. La fuerza del gesto radica, por supuesto, en que con un solo término (“Felicidades”, en nuestra traducción) la exjefa le está restituyendo a la protagonista la lengua extranjera, ese núcleo de lengua-poder-conocimiento que en su momento le habían ordenado olvidar. Dicha restitución destruye la rígida jerarquía que antes había moldeado el vínculo entre ambas y las posiciona como iguales. Es cierto que eso solamente se consigue una vez que Amélie está fuera de los confines no sólo de la empresa, sino de Japón. La mujer que tanta crueldad ejercía sobre su empleada, que temía que esta la superara en su campo, ahora la reconoce, se alegra de su éxito, deja atrás la competencia.

Hoy tenemos una palabra para eso, sororidad. No sé si aplica en este caso para ilustrar la transformación del vínculo, pero se me vino en mente dada la transformación del vínculo entre ellas. Tal vez los sacudones imaginativos de Amélie surtieron efecto en su superiora y la hicieron más humana. O es probable que Fubuki simplemente se haya relajado al ver que Amélie se destacaba en un campo que no era el suyo. Sea como fuere, el texto nos deja con una satisfacción: con dosis adecuadas de picardía, máscara, fantasía e inteligencia podemos encontrar huecos mediante los cuales zafarnos de las telarañas de poder que quieren hacernos callar y olvidar.

Bibliografía

-Lapidario, Josep (2011) “Estupefacta y temblorosa: la japonesidad de Amélie Nothomb a través de su autobiografía” en Jot Down. Contemporary Culture Mag: https://www.jotdown.es/2011/08/estupefacta-y-temblorosa-la-japonesidad-de-amelie-nothomb-a-traves-de-su-autobiografia/


-Nothomb, Amélie (2019) Estupor y temblores. Barcelona: Anagrama.


-Yoshimoto, Yoshie (2006) “Las imágenes de Japón en la obra de Amélie Nothomb” en Escritura e imagen, pp. 123-143.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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One Comment

  1. Excelente analisis y interpretación de este texto, que no leì pero tu articulo me dió ganas de leerlo!

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