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Cosmogonía

Creamos mitos fundacionales para darle sentido a nuestra historia.
Recorto y recuerdo mi propio espacio ficcional,
allí donde se tejió esto que soy hoy,
un cúmulo de lecturas en venas de cristal.

Escena I: la oralidad. Escucho a mi tía abuela con atención mientras, calzada con nuestro sombrero de la fantasía, me cuenta historias. La luz es de una lámpara de Mickey, pero a mis ojos se ve fuego de furias chispeantes. A una edad en la que no manejo aún el concepto de edad, conozco a María Elena Walsh. Sus poemas cantados configuran mi mente y le dan una pizca de revés. Tita me agarra una mano, María Elena otra, y nos internamos las tres en un torbellino de garabatos y sonidos. La fuerza es imparable y no cesará nunca.

Escena II: estoy en segundo grado. Alejandra, la maestra, tiene a sus pies a un conjunto de veinticuatro personas chiquitas que paran las orejas. Es viernes, toca biblioteca en las últimas dos horas de la mañana. Primero lee, no sé cuántos minutos, para mí son horas que nunca quiero que terminen, deberían reemplazar las de Matemática, que me dan tanto pavor, con estas puras de lectura, que se derraman sobre mí como una seda de miel. El libro es Dailan Kifki y mi imaginación se dispara: el bombero, la hija de la familia, el hermano que repite “estamos fritos”, la cubierta del libro en amarillo, Dailan sobre el camión de bomberos con un ramo de flores en la trompa. La segunda parte de la clase es libre. Nos mandan a hurguetear los estantes en busca de un libro que nos abrace. Para cada estantería hay un color: rosa, naranja, verde, celeste, azul. No recuerdo a qué responde la clasificación cromática, creo que es por edad. Desafío las prohibiciones y exploro cada uno de los estantes. Elijo un libro de Alfaguara con lomo naranja. El argumento es sobre una nena que decide irse a cruzar un océano, algo así. Hace sus preparativos, una soga, una mochila, una tableta de chocolate para cuando necesite energía. Esa es la parte que más me gusta, la del chocolate. Nunca había pensado en esta golosina como dadora de energía, creía que solo daba dulzura y felicidad. Siento que su hazaña es posible. Yo también soy nadadora y tal vez mañana, cuando vaya a la pileta, cruce los límites del borde y me vaya mar adentro.

Escena III: estamos en la clase de Lengua, segundo grado también, creo. Leemos El conejo de felpa, editado por Panflauta. Tiene cara triste el conejo. Mientras leemos, aprendemos adjetivos. La maestra dice un sustantivo y tenemos que inventar el adjetivo. “Escoba”. Pilar completa: “usada”.

Escena IV: en cuarto grado, leemos en inglés una novela titulada Mrs. Piggle Wiggle. La protagonista es una señora regordeta que toma té y vive en una casa dada vuelta. De manera inconsciente, mi mente asocia con María Elena y vivencio por primera vez en el cuerpo el concepto de intertextualidad.

Escena V: quinto grado, leemos en voz alta una adaptación de El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde. El frío y el chillido de las cadenas que vagan por la casa se me pegan en la palma de las manos. Las imágenes se inmiscuyen en mí, compruebo el peso de las palabras.

Escena VI: Sapo y Sepo, un año entero. Dos sapos amigos y su historia a través de las estaciones. Pescan y se divierten. Leo por placer en el balcón de mi casa. Tengo diez años y me instalo en una reposera. Es primavera. De aquí en adelante, la lectura tendrá para mí el sabor de los atardeceres de octubre.

Escena VII: leo El castillo de las ranas, de Jostein Gaarder. Me impactan las ilustraciones y el olor a viejo, las páginas tan gruesas y rugosas en color cremita. Descubro la materialidad de los libros y el placer que esta conlleva. Gozo por primera vez de las ediciones Siruela. Experimento la sensación de no darme cuenta del paso del tiempo a causa de la lectura, algo que me sucederá cada vez más seguido en los próximos años.

Escena VIII: con Ernest, el maestro de inglés de séptimo grado, leemos “The Wonderful Story of Henry Sugar” y “The Hitchhiker”, de Roald Dahl. Confirmo mi fascinación por este galés a quien ya había conocido con The Witches y Charlie and The Chocolate Factory. La tapa de la edición que tenemos fotocopiada muestra un ómnibus de dos pisos londinenses y una muchedumbre en lo que parece ser Oxford Street. Me prometo volver a Londres cuando sea grande y comprarme más libros de Dahl.

Escena IX: soy una adolescente melancólica e incomprendida que escucha los Beatles todos los viernes a la noche en su habitación, mientras sus compañeros hacen preboliches. Camino con Raskólnikov por Moscú, leo los siete de Proust, subrayo maquinalmente, desafío la cronología con Rayuela. La angustia es menos al saberme hermanada.

Escena X: en tercer año, leemos Macbeth. Comienza mi amistad con Shakespeare. Más adelante conoceré sus otros textos, pero la obra maldita siempre será mi preferida. Gaby, la profesora, propone actuar escenas. Hago de Lady Macbeth y camino sonámbula con vela en mano, vestida con una túnica de estética expresionista. Soy otra y eso me regocija.

Escena XI: se juntan las aguas, el canon de la literatura argentina entra de lleno en mi selección personal. Con Adriana leemos El Aleph y El gaucho Martín Fierro; me hago gaucha y borgesiana de la lengua para adentro. Lucho con Fierro, escribo con el dios en el tigre y tengo un orgasmo intelectual con el cuento del árabe que no conoce el significado de las palabras “comedia” y “tragedia”.

Intervalo: la facultad, las lecturas canónicas y no tanto, las obligadas, las subrayadas por compromiso profesional. En los huecos, otras, los checos, Kundera sobre todo. Después de la carrera y de mi pelea con las letras, encuentro a las mujeres. Es la hora de la reconquista y las voces femeninas asaltan la biblioteca.

Última viñeta: 2019. Estamos en la cama y H. me presenta a Rodari. Leemos I cinque libri en lengua original, de a saltitos y al azar, en voz alta, como si fuera un juego. Me chupo los dedos al comprobar la estructura circular de mis lecturas: se produce la vuelta a la infancia y al juego. Entro al sueño con vestigios del país de los helados, acompañada por la familia punto y coma, chocando mis patitas con la persona que amo. Veintisiete años después, el oleaje es el mismo: literatura, amor, juego, placer y pasión, todo entremezclado en las sábanas de un libro.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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2 Comments

  1. Qué cierre magnífico, Sole! La literatura y el Amor, o el amor a la literatura ( tan de a dos o tan de a uno) pero siempre una forma casi perfecta de la felicidad.

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  2. siempre, y no exagero, vislumbraba una dotada en vos.
    Que lujo para el mundo que escribas.
    besote Sole

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