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Crónica felina

El año que viene voy a tener un gato. No es un vaticinio, es una decisión. Hasta hace un año y medio, los felinos estaban fuera de mi vocabulario afectivo. Una cambia en varios planos cotidianos, incluso en las atracciones animales. Incorporé a los gatos dentro de mi escala afectiva, así como también me modifiqué en otros aspectos. Por ejemplo, el desayuno. Ya no tomo yogur con kiwi y granola con leche. Reemplacé esta última por dos tostadas negras semilladas con queso untable y dejé al kiwi triturarse solo entre mis molares. También cambié el orden en que hago las acciones de la ducha: ya no más cuerpo y después cabeza, ahora integro. Shampoo, enjuago, pinto cuerpo con jabón, después desenredo, después me sacudo del jabón, luego turbante, por último me envuelvo.

Gatos, me hace ronronear su suavidad y sus bigotes antenitas. Quiero que mi minino futuro me masajee la espalda y arranque las estrías de mala onda que puedan estar empapelando mi departamento. Se llama Tiresias, sin ceguera y con poderes adivinatorios. Negro o gris, o combinado con blanco, lo importante es que no sea color anaranjado porque me recuerda a la Salsa Golf. Parpadeo y mi gato salpica su presencia: mesa, biblioteca, macetón, sofá. Está, es un holograma, una anticipación presente del animalito que va a llegar. Hoy estuve con seres del mundo felino y mi ansia por conocer a Tiresias se acrecentó.

Mientras esperaba que abriera el bar, con la cortina de hierro a media asta, salió Limón, el protector peludito de la calle Corrientes. Le faltaba su moño rojo, estaba recién levantado, en pijama. Custodiaba, no fuera a ser que algún transeúnte de camino al Colegio de Abogados se agachara con ímpetu y entrara al local cuando los mozos no habían terminado de bajar las sillas. Limón dio la orden y la cortina subió de a tropiezos. Salieron dos manos que lo alzaron por la pancita y lo entraron a su reino especiado. Me senté en una mesa del rinconcito, al lado del panel eléctrico, todavía ni las luces estaban prendidas. Limón negro vino hacia mí y se enroscó entre mis piernas. El mozo susurró algo como que era terrible y me explicó lo tenemos que meter porque si no… y no entendí, ¿si no qué? ¿Qué catástrofe tan terrible puede ocasionar una porción de ternura como esta?

Pedí un café en jarrito con crema y el mozo trajo la cajita con sobres de azúcar. Tomé uno y vi a Limón en caricatura, elegante para la foto, modelo del cartel de entrada y toldo. Lo guardé en mi bolsa, agarré otro para romperlo y echar el azúcar en mi bebida. Ahora el sobre con el felino que cargo en la billetera es mi estampita pagana, un amuleto que me recuerda que el próximo año llegará un pariente de este gatito negro a mis tardes de fiaca.

A la tarde me toca la clase de italiano, otro reino en el que el capo absoluto es Kiwi. Con sus cinco kilos atigrados en gris y marrón, saluda cada vez que llego y me alza una patita, en un gesto entre reverencia y deseo de sacarme a bailar. Durante la hora y media que dura la clase, dormita en el sillón, con sus patitas delanteras juntas entre las de atrás. Me veo reflejada, duermo en su misma posición. Este año está taciturno, en el 2018 tomaba la clase conmigo, sentado en mi regazo, su cola plumereando cuello, mentón y orejas en un vaivén territorial. Me enternece el Kiwi dormilón, aunque extraño el otro, el que venía a maullar y corregía mi italiano, que tomaba sorbitos de mi café o mi limonada, el que se enroscaba entre mis apuntes.

Francesca me acompaña abajo, Kiwi ni me saluda, tan enfrascado está en sus sueños. Salgo a la calle con viento desencajado para esta altura de noviembre. No me perturba, voy por Medrano al sauna subterráneo. Me pega el fresco, bajo las escaleras de Castro Barros y se viene la ventolina empastada de sudor, saliva y motores. Respiro sin asco, me abriga. Pienso en Limón y en Kiwi. En Tiresias, que ya me atrapó, que se esconde en los rincones del departamento sin revelarse aún. La decisión está tomada: el año que viene tengo un gato.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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