Close

Descenso al BAMA

¿Qué razones conducen a las personas al cine un sábado al mediodía? Principios de marzo, térmica de treinta y dos grados en Buenos Aires. Por la 9 de Julio sólo circula algún turista desfasado. Las causas son variadas: el vacío existencial, la necesidad de sombra y aire acondicionado, el tedio, el amor por las películas no pochocleras, las ansias de evasión, el franeleo, la soledad, la paja, la fiaca, el aburrimiento. A mí me lleva la angustia. Hundo mi figura en un recoveco de esta ciudad y, sin transición, emerjo en el cosmos polaco de Cold War. Es la tercera vez que veo esta película, primera con novio, segunda con amiga. Estoy en blanco y negro, busco verme reflejada en la pantalla de este amor pintarrajeado de tragedia.

Sábado empantanado. Las ganas de esconderse debajo de la colcha llegan y no piden permiso. Se instalan en las cuencas que forman los centros de las clavículas y plantan su bandera lacrimógena. Esto está desierto a tal punto que reviso no haberme equivocado de locación. Siento el deber de disculparme con la chica de la boletería que también se encarga de recortar el ticket. Qué tan fuera de lugar soy, venir a interrumpir la soledad claroscura de estas catacumbas a la una de mediodía.

Elijo butaca, cuerpo y llanto se desparraman en ella. Escucho, vibra el subte que pasa por Diagonal, me arremolino en mis pensamientos, que me encantaría poder caminar por las vías de cualquiera de las líneas de subte que surcan la ciudad de Buenos Aires, que cuando tengo suerte y me tocan los coches más viejos, sin aire acondicionado ni ventanas herméticas, viajo con media frente hacia afuera, hipnotizada ante la negrura de cables, vías que se cruzan y descruzan, cajas de electricidad, traqueteos, chirridos y señales verdes y rojas, que si este subte se descarrila, estalla la pantalla y salimos en estampida, que…

Somos cuatro los antisoleados de hoy. La silueta con pelitos morochos dos filas en frente parece ser un turista que cayó acá por casualidad. Veo nuca delineada, corte al ras, pelo negro y patillas de anteojos. Un morral. Lo único que sabré de él, hoy y para siempre. Detrás de mí, una chica como en el living de su casa. Se descalza y pone los pies con medias percudidas en el borde del asiento que está a mi lado. Asco. El más conflictuado es el pelado de la izquierda: sentado lo más al costado posible de esta sala diezmada, bien lejos del núcleo central de la humanidad. Somos la porción del universo que elige retraerse una hora y media por debajo del asfalto y que ruega que, cuando salgamos a flote, al menos un centímetro de nuestras vidas sea diferente.

Murmuro esa plegaria al son de los cantos de la protagonista que viaja por la Polonia soviética con el coro campesino. Sé que el cine no transforma. ¿Una excepción en este día porteño de verano? Tal vez salga a la superficie y hable el mundo con ojos y lengua de una polaca en la segunda mitad del siglo veinte. No estaría mal.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

All posts by Soledad Arienza →

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.