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Lo urbano pre-pandemia: improvisaciones a partir de Kracauer

El sur en Siegfried

Para contrarrestar la añoranza punzante que siento por la experiencia de la ciudad en este momento, leo dos libros que enfatizan la relación del sujeto con los entornos urbanos: Infancia en Berlín hacia 1900, de Walter Benjamin, y Calles de Berlín y de otras ciudades*, de Siegfried Kracauer. Al primero le dedicaré un ensayo entero, ya que su lectura (y, en particular, el acercamiento a la infancia de Benjamin) disparó recuerdos y reflexiones sobre mi propia infancia y los modos en que construí la ciudad en la que habito. Por hoy, me limito a cavilar en torno a una frase del texto “Bares en el sur”, incluido en el tomo de Kracauer mencionado al comienzo.

A quienes estamos atravesados por Borges, el punto cardinal “sur” solo puede remitirnos a ese espacio simbólico que se da del otro lado de la frontera, en la demarcación poco precisa que indica el fin de la ciudad. El sur es para la escuela borgesiana orilla, territorio-mezcla, compadritos con cuchillo y Palermo que se desfleca más allá del arroyo Maldonado. Es claro que el sur al que se refiere Kracauer es otro. Desde Berlín, el sur tiene el color Mediterráneo y la temperatura de un sol que pega con unos cuantos grados más. “Las ciudades del norte parece que sueñen, las del Mediterráneo tienen algo del sueño” (p. 79): esta oración abre el texto, y nos presenta una primera asociación entre lo onírico y el sur. El sur es el sueño: debajo de la capa urbana ordenada yace una configuración sureña que nada tiene que ver con el orden racional que proponen los autos, las vías del tren, las finanzas, la Iglesia.

El latido mediterráneo se manifiesta en su esplendor, para Kracauer, en algunos bares. En “Bares del sur” el autor se detiene en uno en la ciudad de Niza que en su particularidad representa, de manera paradójica, a cualquier otro bar “de parado” del sur de Europa. El local surge a partir de restos de demoliciones. Del caos se ha erigido este nuevo espacio con la técnica del patchwork: “En el portal del que prorrumpe tiene lugar una liquidación por inventario de estilos arquitectónicos: una voluta barroca corona un arco apuntado, siluetas de perfil renacentistas envuelven al guerrero” (p. 80). La arquitectura ecléctica alberga, en una estructura en abismo, una serie de personajes y objetos discordantes: un andamio que hace las veces de puerta de entrada, pizarras escritas a mano, espuma, baristas, espejos, caldos tibios, colores, adornos, vermut, tabaco, clientes.

Los espejos multiplican y desdoblan, los visitantes se reflejan deformados y asisten a ese bar como feligreses que van a recibir el perdón de sus pecados. Su comunión es la no concordancia, el hecho de poder respirar unos sobre otros sin tener una pizca de hálito en común. Cada uno se ve reflejado en la copa del color que desea, cada hombre y mujer puede semejar ser otro mediante la elección de un trago. Ellos “están unos juntos a otros como las palabras de un crucigrama, iguales y sin relación entre sí” (p. 81). Algo los une en su discordancia: la necesidad de entrar al bar para olvidarse de la vida que dejan a la entrada del andamio. El espejo, con su poder de deformar y a la vez de replicar, permite que los visitantes, según Kracauer, improvisen los trozos de otra vida. Las mujeres se desdoblan y se dejan chorrear en los brazos de un nuevo amante, un hombre se ve reflejado con su mano en la entrepierna de su vecino de barra, el barista se espía a sí mismo por sobre las copas y ve a un artista de circo. Al cierre, lo improvisado se revuelve y difumina. La próxima noche, el bar reabrirá y con esto se inaugurará una nueva tanda de posibles mescolanzas e indefiniciones. Kracauer cierra su texto con una frase que no sólo subrayé, sino que encerré entre llaves, corchetes y signos de exclamación: “El valor de una ciudad se mide por el número de lugares que reserva para la improvisación” (p. 81).

Jornadas de improvisación

Si hay algo que extraño con particular insistencia en esta pandemia es, en líneas generales, la posibilidad de improvisar. Y, en particular, el hecho de improvisar en mi ciudad. Buenos Aires no sólo reserva lugares para la improvisación, sino que exige de sus habitantes y de quienes la visitan esta habilidad. A los subtes se les ocurre no parar en tu estación y entonces tenés que caminar, o buscar un bondi alternativo que te deje a unas cuadras de tu destino final. Una tarde te agarra la lluvia en Paseo Colón sin paraguas: entrás a la facultad de ingeniería y te refugiás en la mesa del centro de estudiantes hasta que pase la tormenta. El café al que originalmente deseabas ir está cerrado por reformas (te enterás sólo porque hay un cartelito escrito en cartulina verde y marcador que lo indica) y tenés que buscar otra opción. En esa recorrida, te topás con una heladería de barrio que existe desde la década del cincuenta pero de la que nunca te percataste. Pedís marrón glacé, ni sabías que ese gusto seguía existiendo.

Un domingo decidís ir a un museo porque hay una exposición temporaria de tu pintor extranjero preferido: llegás y el chico de informes te avisa que ya terminó, el sitio web no estaba actualizado. Salís desalmada y te encontrás con una feria de artesanos que se acaba de poner en pie. Recorrés un túnel de artesanías que desemboca en una sala teatral subterránea. Dan una adaptación de Woyzeck a la gorra. Escuchás el texto que leíste en la facultad mientras con la lengua tratás de despegar un pedacito de marrón glacé que se te quedó pegado en un molar. Mientras el actor recita una línea en alemán aporteñado, te preguntás si esta sala estará habilitada. Termina la función y es de noche. Caminás hasta la avenida: te vas a tomar el bondi que llegue primero de los cinco que paran en esta no parada (es un poste con números pegados). Se acerca, bien despacito, de manera irritante, el que menos esperabas que llegara. Subís y no anda la máquina que lee la SUBE. El chófer te hace pasar y, placeres de la vida, hay un asiento de los individuales libre. Te sentás y, con el acelere, el viento fresquito te trenza el flequillo.

La vida después

Esta es la ciudad en la que nací, crecí y que sigo eligiendo. La padecí de adolescente, cuando trataba que su tramado se ajustara a mis deseos. Una vez que acepté su ritmo, me enseñó (a los tumbos) a improvisar. Le encontré el gustito al punto tal que no concibo mi vida sin esta dosis de imprevisibilidad extra que sólo Buenos Aires puede agregarle a la experiencia vital. Extraño el vértigo que le sigue a la decepción y los engranajes mentales que se me activan al tener que cambiar de planes. Añoro el cuerpo a cuerpo en la boca del subte, el vaho de los cafés Notables, la muchedumbre en el hall del San Martín, el olor a humedad de los cines del centro.

No sé qué ciudad me espera cuando la vida retome ritmos más parecidos a los regulares. Están los que dicen que saldremos de esto mejores, otros sólo ven un futuro distópico global, signado por un Estado aún más controlador. Si bien mi pesimismo me obliga a mirar con más atención la segunda posibilidad, es probable o deseable que con esto repensemos y tal vez depuremos muchas prácticas que estaban dañando profundamente al planeta Tierra y, por lo tanto, a nosotros, animales humanos. Lo único que deseo es que el mundo post Coronavirus no nos quite aquello que, según Kracauer, le otorga valor a las ciudades y, agrego, al animal humano: el placer de la improvisación.

*Kracauer, Siegfried. (2018) Calles de Berlín y de otras ciudades. Trad.: Manolo Laguillo. Madrid: Errata Naturae.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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One Comment

  1. Hola! Pasé a visitarte… te leí… y como siempre un placer. Cariños Sole!

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