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RCP a mi deseo

Abro y cierro, clickeo sin mouse, ordeno cajones virtuales, estancamientos de documentos compartidos y privados, estaciones de recuerdos, fotografías digitales, videos, y gifs, chats humillantes de Whatsapp, documentos de Drive, abro y cierro.

Honro a mis maestros surrealistas hoy y me poso en una paloma de palabra invocada. Ella me delinea un párrafo- análisis de lo que fue el año, condensado en un perfume sintáctico.

Incertidumbre felina y un cálido abrazo angustioso, ese galope que viene de entre dos costillas y se te clava en tenaza sobre la mandíbula. La brújula no está quieta, la flecha aletea con frustración, me dice acá, voy, se arrepiente, subite para allá, no era, andá al fondo, doblo la esquina del punto cardinal y resulta que tampoco. Me despierto a la madrugada y la miro de reojo, ¿será que tal vez ahora me da una coordenada válida hacia dónde apuntar mi carnalidad?

Abro cierro abro cierro, palmeteo, revuelvo carpetas viejas, encuentro expensas, fotos con diplomas, fotos en sonrisas, poses naturalizadas, roles que ya no quiero, todo eso, y bum. Palpo que pasé a ser un extra en mi propia ficción y no quiero.

Tomo las riendas de mi caballito mecánico de carrusel que avanza en diagonal, el elástico está gastado y las cuerdas no frenan, agito para acelerar la marcha, perdí el mando y grito, la mano es sorda. Le hago RCP a mi deseo, que conecte con el caballo, que no se detenga, que lo patee, dale una carga a ver si aletea y avanza no no no avanza. Me quema la ingle, un segundo más acá y me estrolo en el limbo de los extras, de los que no acariciaron con soltura su estrella. Voy.

Me tiro y estampo mi nariz entre dos maderones, entre seres equinos que se mecen en torniquete, el huesito ese es frágil, un golpe nasal da electricidad esquelética, centellea, lloro helada, congelada mi frente como cuando tomaba de chica helado y se me freezaban las ideas. Me bajé de una ronda que no era la mía, consulto la brújula que llevo empotrada entre mis tetas, sigue apuntando frenética y da vueltas, me levanto y tropiezo borracha de destino, veo al caballo mecánico que se aleja y suspiro, el mío no era. Mis neuronas dan saltitos al compás de los puntos cardinales, el rumbo no se sabe, sigo dando vueltas, al menos nuevas, me expulsé de un sueño ajeno. Cierro. Respiro aliviada con el traqueteo de la flecha.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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