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Afuera festejo, «una felicidad y una fiesta», como dice Borges en «El sur». ¿Adentro?

En Madrid son doce uvas, una por campanada, por hora del nuevo día, por cada mes de un año en geometría abstracta
falsa linealidad
espiral irreproducible.

En acá hoy son doce piedras, angulosas como vértebras de un ser humano abreviado, una por una que voy apoyando en el fondo de la lengua, en el justo punto antes de la arcada.

Trago de piedrita a piedra y se escapa un hilo de sangre por la comisura de un labio extendido hacia abajo, con la fuerza de gravedad de una lágrima.

El hilo se hace charco en la pantalla para preservarme de tener que contestar mensajes de feliz año que llegan doce horas antes de esa hipotética nueva felicidad.

Lo que se siente es un desprendimiento
que de adentro va a lo externo.

“[…] no todo está bien pero está bien así”.
Una noche a fines del invierno me citaba a Wos un personaje reencontrado y vuelto a perder,
alguien que me leía, que aún quizás me lee


¿Está bien así?


Si está bien así, entonces dejo que no todo esté bien
y suelto los clavos que me sujetan precaria con cierta ostentación.

Caigo y en huesos vibrantes calientes me desplomo deformada.
Soy un rejunte de cosquillas fosforescentes con fiaca
y de doce piedritas algo enrojecidas que olvidaron o no encuentran
la fuente de su movimiento.

Me hago un pilón
tal vez es lo que vengo necesitando
desmoronarme como un conjunto de palitos chinos
dentro del contorno atroz de labios tristes

esperar el tiempo que sea necesario
dejarme en pausa

hasta ir sacándome nuevamente
y reubicarme en una osatura distinta
precaria y provisoria
como todas las demás

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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