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Acerca de la fantasía y la gramática (de Rodari) en mi vida

Rodari et al. O Rodari etc.

Rodari y otros, Rodari y lo demás. Posibles títulos para este texto que está empezando y que, supongo, rodeará a Rodari, aunque tal vez solamente lo roce y se aleje. Como suele pasar con la escritura, voy hacia un lado y me distraigo en el camino, vislumbro un pasadizo que me llama la atención y derrapo. Hace dos semanas terminé Grammatica della fantasia. Es el primer libro que leo completo en italiano*, me lo compré en enero, sin saber que este 2020 Gianni cumpliría cien años. Lo terminé y, sincronicidad junguiana mediante, a los pocos días leo en el blog de Eterna Cadencia un artículo que explica el homenaje que desde Filbita, el reino de niños y niñas dentro de la Fundación Filba, le hacen al autor para conmemorar su centenario. Me reconforta saber que otras personas en este mundo le están dedicando parte de su pensamiento a Rodari, en simultaneidad conmigo.

*Primer asterisco

En la adolescencia descubrí una manera de agrupar los textos que iban pasando por mis manos y ojos. Dicha clasificación opera en mi vida hasta el día de hoy. Hay textos que pueden leerse estando una acostada y otros que, en cambio, sólo admiten una lectura desde silla o banqueta de estudio, con el torso erguido frente a una mesa/ escritorio, componiendo una oda a la concentración. No es que los textos para leer acostados no reclamen lectores circunspectos, pero es otro tipo de atención la que ellos solicitan. Con fervor, los textos pasaron por mi vida en ambas posiciones. Acostada leí por placer, para extrapolarme de mi vida y encarnar en otras realidades. Siempre con lápiz en mano, pero extendida en la cama o en un sofá, leí principalmente ficción. Sentada, en cambio, leí para entender el mundo, para diseccionarlo, por estudio, para estar capacitada para entrarle a la realidad, para irrumpir en lo cotidiano de manera más certera y modificarlo. Sentada leí ensayo, estudié para la facultad, lidié con textos de épocas anteriores al siglo XIX. Sentada, también, suelo leer poesía. Podríamos decir, para sintetizar, que acostada leo para perderme la realidad; en mi silla, en cambio, para ingresar de manera más firme en ella.

Dos presencias asincrónicas

Después de haber leído la Grammatica, estalla en mí una obsesión: ¿Tita habrá leído a Rodari? La respuesta racional es un no. Casi segura. Pero a nivel de afinidades fantasiosas, en algún plano ficcional, sus seres se cruzaron. Quizás se dieron la mano, tal vez se saludaron de lejos, se sacaron los sombreros a modo de respeto y siguieron de largo. O tal vez sucedió lo mismo que me sucede a mí ahora, en simultáneo a todas las otras personas que está pensando en Rodari en este instante: pensaron acerca del mismo tema al mismo tiempo. Divagaron, por ejemplo, acerca de la potencia lúdica de un globo cuadrado de color rojo. O en la sonoridad de la palabra “equilibrio” y en las posibles ficciones que pueden desprenderse de ella.

Estoy convencida de que esas coincidencias unen. Algunas vibraciones se cuelan y en algún plano los sujetos pensantes se percatan de que no están solos pensando en lo mismo. Se perciben. Así les sabrá sucedido: Rodari escribe acerca del binomio fantástico y Tita juega conmigo a pensar en dos palabras que, a primera vista, no tengan relación alguna para crear a partir de dicha unión una imagen nueva. Tengamos en cuenta que dichas conexiones de pensamiento son asincrónicas: Rodari escribe sobre el binomio en los setenta, ¿Tita lo pone en práctica en simultáneo y lo trae a colación de nuevo conmigo en los noventa? ¿O lo piensa como juego por primera vez durante mi infancia? ¿Significa entonces que los efluvios de Gianni llegan en diferido, veinte años más tarde?

Sea como fuera, ambos se entremezclan. Gianni propone al lector agregarle prefijos diversos a una misma palabra y Tita me enseña morfología mediante la creación de historias disparatadas. Me presenta palabras que pierden su sufijo, o su prefijo, o incluso su base, y por ende vagan solitarias por la página, aburridísimas por no poder mutar y derivar en otros significados. Mientras tanto, incorporo las reglas de formación de palabras, y sin darme cuenta, me voy haciendo adepta a crear nuevos órdenes mediante el lenguaje.

El pategrás y un cortapapeles

Cada abril, Tita comenzaba a usar un cárdigan rojo con botones dorados. Me fascinaban, eran lisos y espejados. Me acercaba bien a los que estaban más bajos, a la altura de sus caderas, y achinaba los ojos pensando que así entraría mejor mi cara en ellos. Exhalaba y se empañaban, les pasaba mi pulgar y quedaban los surcos de mi huella. Estaba segura de que esos botones eran de oro. Mamá me había enseñado que el oro era algo muy costoso, ¿cómo era que Tita lo lucía así nomás, en lugar de resguardar los botones en alguno de los cajoncitos del secreter de su casa que tanto despertaba mi fantasía?

Vestida con ese cárdigan y con una pollera de jean larga hasta el piso*, me sentaba en su banqueta (la misma en la que estoy sentada yo, veinte años después, tipeando esto), se sentaba al lado y desplegaba el secreter. En este mismo mueble yo escribo ahora, este mismo mueble que arruiné a los siete años con un cortapapeles, al simular que cortaba el queso para una picada que tenía lugar en el mundo de mi fantasía. Así, cortando un pategrás inexistente le arruiné la cobertura de cuero de un mueble antiquísimo a mi tía abuela. Le costó mucho dinero cambiarla, pero tan orgullosa estaba de mis arranques de ficción que no pudo ni esbozar un enojo.

La fantasía era imparable dentro de mí, veía queso donde había solo un cuero, palpaba en la alfombra del centro de su living una balsa en medio del océano, la pisaba descalza y con delicadeza porque si entraba con zapatos y pisoteando, se daría vuelta y me hundiría. Pensaba que en el copero del comedor habitaban espías de vidrio microscópicos y estaba segura de que girando de más las canillas del lavatorio del baño, el espejo se desintegraba y habilitaba un mundo paralelo. Sabía que los cuadros de Montmartre que tenía Tita en la cocina eran reproducciones vivas, y que si frotábamos un poco el vidrio de esas imágenes, nos transportaríamos sin escalas a París.

*Segundo asterisco

A Tita le encantaba usar polleras de jean largas hasta el piso. Invierno o verano, con mocasines y medias largas o chancletas, era su uniforme de entrecasa o de visita. Cuando ambas empezamos a ponernos más grandes le empezó a dar vergüenza ir a comprarse esa vestimenta comodín que renovaba cada dos o tres años. Pensaba que en el local de ropa la iban a considerar una “vieja ridícula, desubicada y locateli”. Entonces mentía. Lo sé porque un año la acompañé. Yo tendría ocho o nueve años, entramos a Wrangler y ella le preguntó a la vendedora si tenían una “pollera larga de jean, para mi sobrina”. ¿Para mi sobrina? Si la quiere para ella…. o sea que era verdad, los adultos mentían, Tita también mentía. Pero ahí no terminaba el relato. “… sí, porque mi sobrina vive en el exterior, y me encargó que le compre esta pollera, le encantan las polleras largas de acá, cuando venga de visita a Buenos Aires se la voy a dar”. WOW. Sinceramente, WOW. Mi tía abuela, una fabuladora. No podía creerlo. Tita sostenía la historia en pie, contestaba preguntas de la vendedora con lujo de detalles. “Vive en Estados Unidos, en las afueras de Boston…”.

Fue al probador, “me queda pintada, así que a ella también le va a quedar, tenemos el mismo físico. La llevamos”. Yo la miraba: Tita estaba igual, su cara también, sus manos intactas con sus manchitas al sacar el efectivo, al darme la mano para irnos del local. Había mentido y estaba como si nada. “¿Nos tomamos un helado?” Encima me proponía seguir con nuestro paseo de la tarde sin ningún remordimiento. Entonces mentir no es malo como me dice mamá o como nos dicen en Catequesis, recuerdo haber concluido en ese instante. O será solo un poquito malo, y no tanto. O depende. Pero se ve que para comprar una pollera de jean podés mentir y no te pasa nada.

¿Tita y Gianni se conocieron?

Al vicio de la fantasía lo seguí cultivando durante mi adolescencia y juventud temprana. Se me fue un poco de las manos, es cierto. Vi personas donde no las había, convoqué ausencias para que me rodearan y así sentirme un poco menos sola. Pensé por muchos años con fuerza en determinadas caras mientras me murmuraba a mí misma: “¿Equis estará también pensando en mí?” Con psiquiatras y astrólogas, psicólogas, homeópatas y osteópatas logré acomodar mi fantasía en un lugar más equilibrado. La dejé lo suficientemente libre como para que siga haciendo de las suyas y a la vez haga lo que tiene que hacer, que es dejarme crear sin entorpecer del todo mi diálogo con la realidad. Le puse los puntos, por así decir. Por ahora, no se los arranca.

Vuelvo a la pregunta que disparó el texto Grammatica della fantasia: ¿Tita habrá leído a Rodari? Tal vez no lo leyó, pero sabía de su existencia como buena maestra y profesora, y se aventuró a poner en práctica sus ideas conmigo. Prefiero postular otra hipótesis, más acorde a lo que fue mi relación con Tita, más al estilo Rodari, más fantasiosa. Tita no conoció al autor italiano, ni lo leyó, ni se llegó a enterar de su existencia. Pero sin saberlo, al estimular mi fantasía con historias y contagiarme la pulsión por la palabra, encarnó gran parte de lo que Rodari plantea en su gramática. Mi tía abuela conjugó literatura y vida, letra y acción. Recreó los postulados del italiano al tomarme fuerte de la mano y zambullirme, con ella, en lo literario. Actualizó una y otra vez la Grammatica della fantasia al transmitirme el placer de sabernos personajes. Me ayudó, así, a apropiarme con fantasía del único material con el que contamos todos los seres humanos y que nos une: el lenguaje.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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One Comment

  1. Siempre es un placer leerte! 🙂

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