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Arquitecturas

Si se desarman las instancias físicas del pasado, ¿es posible el recuerdo?

Me hago un bollo de papel recordado. Envuelvo distintos momentos de mí que desbordan y se degradan. Si fuera posible radiografiar una mente. Pero no, para eso están los textos, que me desnudan en lo importante.

Volver a cero en el duelo a causa de un par de objetos. Los más insignificantes, los que nadie quiere, los que a primera vista otros miembros de la familia piensan en tirar. Vacío dos casas, una ajena ancestral, una propia (la mitad de la propia). Hace una década empezamos con mamá a vaciar casas. ¿Cuándo se termina? ¿Cuándo una casa queda vacía?

Empiezo con la ajena ancestral.

Cuando se vende una casa tendría que venir con advertencias. Cuidado que acá la gente fue muy feliz. O, cuidado, acá, en esta precisa habitación, un lúcido ser cortó, de sus arterias, la más importante. O: acá alguien se empantanó en su propio llanto.

La casa ancestral deviene un jenga. Descuelgo un cuadro, abollo unas facturas de la década del ochenta que a nadie le importan, meto carpetas e impresiones del CV de una eminencia familiar en valijas. Corto, desmenuzo, piso con un pie y tiro con dos manos, envuelvo, rompo sin querer, rompo queriendo, rompo llorando. Envuelvo cada una de las copas verdes de un aparador en trenzas de papel higiénico. Desempaño un espejo de reflejos angustiosos. Me miro en fotos, me miro en las múltiples versiones de mí que hay en esta casa. Apilo con delicadeza veinte carpetas con diapositivas. Les meto encima rollos de película y cassettes de video. Cada ejemplar con su título, con el nombre de un abuelo eminencia, con la técnica quirúrgica filmada, con el fragmento de unas manos que desinfectan, marcan, cortan, inspeccionan, extraen, cosen, cierran, curan, salvan. Mis manos, carentes del saber necesario para desarmar un cuerpo y reconfigurarlo, ahora extraen de una casa legendaria una pieza y otra y otra más hasta hacer de este conjunto de habitaciones una gran boca hueca desdentada. Una pieza y otra y otra y una más, coqueteo con mi límite desequilibrado. Wikipedia dice que el jenga es un juego de habilidad física. Agregaría de habilidad emocional. De resistencia al llanto. O de entregarse: a ver quién llora primero.

Decía que me traigo de la casa ancestral algunos objetos sin aparente importancia. Hago una lista:

Dos brújulas.
Dos máquinas de escribir.
Cuatro animalitos de cristal: un pollito, un oso, una mariposa, un cisne.
Una especie de jarra turquesa y azul traída de alguna isla griega.
Una caja negra en cuya tapa hay una señora de rojo que abre otra caja de la cual sale un tesoro resplandeciente.
Una xilografía.

La familia me dice llevate cosas útiles, no querés la cafetera me dicen, no querés ollas, necesitás sartenes, aprovechá. Dictaminan lo que necesito de una casa entre paréntesis, ahora sin dueños claros, ahora poblada de ropa doblada que se acartona en su no uso. Y yo que no, que lo que necesito es una máquina de escribir para sentir que hablo con los muertos y dos brújulas para ilusionarme de que existe en el mundo un objeto capaz (en teoría) de marcarme un norte.

Papá me dice, acá, tomá la llave, por si en la semana querés ir a buscar algo. La paradoja es ahora tener acceso libre para visitar la ausencia. Para charlar con la silueta de mi yo del pasado, mi yo de seis años o cinco que se sentaba en el regazo del ser legendario y aprendía afanosa a leer la hora, a ubicarse ya desde ínfima en el tiempo. Si voy, también podría jugar en holograma al pan y queso sobre las tablas del piso de madera. O podría buscar las migas de alguno de los panes de leche que comía los viernes cada quince días después del colegio. O apoyaría mi mano en el bastón que todavía cuelga del respaldo de una silla y lograría imaginar que siento la caricia ancestral que me falta.

Salgo de la casa legendariamente ajena un día de lluvia. Hago varios viajes hasta el auto, cargamos, explotamos el baúl y cualquier hueco disponible en los asientos de atrás. Miro antes de arrancar: casa mordisqueada de a partecitas por manos que accionan a cuerda. Una de las casas firmes que supo contener una parte de mi infancia, ahora renguea.

Tendría que seguir con la casa propia en pos del texto. Para que quedara balanceado, para que su estructura interna fuera simétrica. Pero no. Lo único posible esta noche es decir que en la casa propia vuelve a uno lo duplicado por algunos años. Eso libera, desasfixia. Aunque haya cosas que funcionen en par, como las almohadas. Una cama grande con una almohada en el medio es la mueca de un payaso diabólico. Una agramaticalidad. Será por eso que hay veces en que en mi sueño se producen cortocircuitos de una ínfima angustia, porque en cada noche me hundo en el beso seco de un payaso.

De la casa propia ahora tuerta, que me mira en singular, tal vez siga escribiendo más adelante. O no. Desarmar casas y en esos sutiles derrumbes provocados alzar un texto. Que quede lo más asimétrico posible, así desencajado, incomprensible tal vez en alguna sección. Vacío a medias, incómodo y tambaleante.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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