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Bóveda lila

Si el cielo es lila, ¿qué hacés? Prosa urbana de una mañana en la que se impone la mirada hacia arriba.

Ph: Pawel Czerwinski on Unsplash

En supremo aislamiento
cada árbol está conmovedoramente perdido
y sus vidas son incomunicadas y hurañas
como espejos que ahondan habitaciones distintas
o como el soñar de muchos durmientes
que reúne idéntico techo.
Nosotros, mientras tanto,
al margen de su rudimental existencia,
también oscuramente nos buscamos
con nuestra carne desgarrada e impar […]

“El Jardín Botánico”, J.L. Borges

junio. 11. 2021

En días así como este en que la ciudad se revela como una mueca, en días así en que el asfalto se desdibuja y muestra ser un fondo vacío, un suelo desfondado, días en que el mundo revela su mampostería, urge la poesía. Pasa que la poesía me cuesta, me demora, me intimida aunque ya hayamos ido y vuelto de las vanguardias y estemos en un punto en el que ningún género pueda ni deba intimidarnos. Así y todo la poesía me cuesta y caigo en la prosa, una prosa que habilita la urgencia aunque luego la reviso, aunque luego le paso mis dedos por encima, aunque leo en Braille su textura para y palpar el efecto del conjunto. Vamos a decir que no caigo en la prosa, me tiro de cabeza en ella adrede y paso a puntualizar detalles, porque en semanas como esta, en lo único que puedo poner la atención para no astillarme por dentro es en el detalle.

Son las 7:35 y camino al lado de una reja que contiene la exuberancia de un parque. El cielo es lila. El color lila se me desborda encima, chorrea tanto que pienso si no debería haber salido con un paraguas. Temo llegar al trabajo pintarrajeada, con costras de acrílico lila en el pelo. Es un lila denso, muy espeso, como la mezcla de un budín sin grumos esparcido en el encima. El lila se mueve conmigo y yo atenta, lo diviso entre las copas de los árboles rabiosos del parque, entre las torres que enmarcan la avenida que en dos cuadras voy a pisar. Quiero llegar tarde al trabajo para darle tiempo a algo tan importante como contemplar este color. Pienso comparaciones que devengan metáforas para salir del adjetivo, porque Uhart dice que el adjetivo cierra y la metáfora abre. Y yo me quiero abierta al lila que se posa y mece y coquetea con apoyarse en mi cráneo.

Practico comparaciones. Lila como. Lila tan lila como en el tarro de pintura fresca que tantas ganas da de probar con la punta del dedo de un pie. Lila como la sonrisa de mi abuela, Noemí Nélida Lila, al esperarme en la puerta del colegio. Lila como las mañanas de octubre en las que los pájaros se empiezan a escuchar a las cinco de la mañana. Lila de la misma adrenalina que se siente al despegar en un avión. Lila como esta noche oscura en la que, con un vino de silencio, finalmente aparto los coros, los barullos, las didascalias de la semana y me agacho en una zona firme que detecto en mí. El mismo lila del estertor imperceptible de mi sangre al correr por la zona izquierda de mi cuello. Ese lila.

Me detengo en una baldosa sin pisar las junturas y escucho la mañana. Mientras pasan perros que guían a sus dueños por una caminata a lagañas, mientras el parque es intransitable por el riego automático que activa para insuflarle verde desempolvado de smog. Me quedo con mi mochila al hombro y pasos acumulados en los talones. Sé que es cuestión de minutos para que el lila cese y se camufle al celeste que un poco conozco. Me acurruco en este color siniestro que me serena. Me siento inadecuada en detención en la mañana. Estoy en falta por no proseguir mi marcha, por no dejarme llevar por la ciudad que nos mueve. Mueve el asfalto a los rodados que lo aplastan, mueve el riego al agua y el agua a las hojas, mueve el perro a su dueño. La noche se arrincona y se queda ya a un lado, inútil, en espera, leyendo la crónica del trajín diurno hasta que llegue su momento de tomar carrera y volver a acaparar la escena urbana. Contra todo eso me detengo. Me apoyo en la reja del parque para dejar vía libre a quienes corren, a quienes marchan a la obligación, a quienes caminan queriendo estar dormidos. Los barrotes fraccionan mi espalda y un pájaro a destiempo se hace notar, igual de inoportuno en su canto de otoño ya casi invierno como yo en mi inmovilidad camino al trabajo.

El lila gotea, arqueo el cuello en una mirada desenfocada de ese color que me falta y ahora experimento. Las manos secas quieren untarse en ese lila que humecta, que difumina las escamas de la rutina. Voy a dónde. Puedo quedarme y todo estaría en su lugar. Salvo yo, que me volvería una pieza faltante en mi trabajo, un estorbo para esta reja que me sostiene, una sobra en esta calle que no acostumbra a contenerme por tanto tiempo de mañana. Si el lila se congelara y dejara de desgranarse en celeste, me quedaría. Empezarían a llamarme del trabajo. ¿Qué pasa que no viniste? ¿Estás dando desde tu casa? Diría que no, que no estoy para eso hoy, que estoy para otra cosa hoy. Diría que me quedé petrificada por el color del cielo esta mañana de junio y no puedo ni caminar hacia el trabajo ni volver a casa.

Permanezco.

Este momento no dura, dura menos que este texto. Con el texto hago durar esa tonalidad que habrá permanecido flotante por ocho minutos como mucho. Cada palabra de esta noche es un intento por recuperar un color que, es probable, no vuelva nunca de ese modo en mí. Por eso lo escribo, por eso vuelvo desde lo oscuro a esta mañana limpia, por eso desenrollo el lila como quien extiende un toldo sobre un balcón, con ese mismo ímpetu deshago el cielo negro de ahora y le incrusto la visión de la mañana. Rehago la escenografía para insuflar palabras, para que las palabras a su vez den cuenta del momento, del detalle, en una semana en la que solo puedo ahuecarme en lo ínfimo para encontrarme.

Giro y veo las plantas. Tupidas, estimuladas por el riego para que no se olviden de que aún en invierno son capaces de vigor. El panorama me punza la garganta. Ahora estoy en el balcón, el nuestro, con otras plantas, unas no tan grandilocuentes, unas más a nuestra medida, a medida de una convivencia que estaba comenzando. Habíamos pensado eso, plantas para adornar la convivencia. Plantas para poner a prueba la convivencia. Plantas, plantas porque sí. Habíamos trasplantado esas violetas en septiembre, el 11. Era el día del maestro, yo estaba en casa por el asueto y habíamos ido al vivero Mario. Volvimos con tierra, fertilizante y macetas: yo llevaba el chango y vos la mochila verde agua con la que habías llegado a Buenos Aires en el 2018. Estuvimos toda la tarde trabajando, estaba fresco, yo con un buzo y bufanda por mi terror a las anginas. Me enseñabas tu manera de acercarte a las plantas desde su lenguaje. “¿Cuando me vuelva a mi país vas a cuidarlas bien?” Me comprometí, me esforcé por aprender, me anoté carteles en el espejo del baño [“REGAR”] para adquirir el hábito cuando no estuvieras. Vos te reías con ternura.

Vuelvo a la reja tornasolada por los últimos minutos del lila. Este color me lleva a mirar el estado de nuestras plantas hoy. Las dos violetas achicharradas me dejan en evidencia. En la mesa de luz está el cactus, vivo, con una capa blanca en la parte superior. Hongos. Hace un par de meses no estaba así, juro. Me habías dicho que se cuidaba solo, que no había ni que regarlo. Ahora tiene micosis. El otro día, mi vieja hizo el chiste de ponerle Fluconazol. ¿Qué se hace con un cactus con hongos? Ni tuve fuerzas para investigar en internet. En estos últimos segundos de contemplación, agrego a mi lista de cosas para googlear: cactus con hongos. Me miro las manos: escoriadas. No son hongos, son eczemas, pero el médico de la pileta igual me bochó la semana pasada en la revisación. Me salen cuando me pongo nerviosa o triste o estresada.

Me vuelco de nuevo al pasado que es el presente de esta mañana. Son las 7:43 y solo queda un remolino de lila entre dos torres bien arriba, hacia mi derecha. Nuestro techo es ahora celeste de una potencia que retumba en las esquinas, en los seres, en las máquinas que constituyen la utilería de esta ciudad en danza. Voy a llegar tarde al trabajo. Empiezo a caminar con el impulso de los pasos acumulados en el talón para llegar menos tarde de lo que llegaría si me quedara mirando el cielo contemporáneo. Camino rebotando, con las manos en los bolsillos. Camino y archivo en mi mente las partículas elementales de lo que fueron estos ocho minutos. Me digo, que quede. Me digo, enfocarme, me digo, que no se pierda este color en el barullo del día. Me digo que a la noche voy a sentarme en la oscuridad, como ahora, solo iluminada por el monitor, como ahora, y voy a chapotear en ese recuerdo. Me embadurno del reflejo del lila, tipeo, lo recupero, lo alargo, lo estiro. Hago un texto del detalle para que de repente el día haya tenido sentido. Para que, de repente, mañana salga a buscar un nuevo color a destiempo, hamacándome en los cables de esta ciudad electrizada.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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