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Carolina

Un nombre que funciona como silueta. Mínimas coordenadas, del personaje se sabe poco. La caracteriza una acción; de ella se aferra la narradora de este texto para componer a Carolina y sus efectos.

Parecía que esta noche no.
Pero es.
Ella de nuevo.
Carolina.

Carolina del 2°A no me deja dormir. No sé por cuánto tiempo seguirá viviendo ahí, espero que sea poco. Tengo entendido que ese departamento lo alquilan a turistas, en alquileres temporarios. En pandemia no hay turismo. ¿Carolina es una dueña? ¿Una turista varada? ¿Un espectro de las épocas en las que podíamos reunirnos con amigos y quedarnos en el balcón hasta las dos de la mañana?

Carolina es un grano en mi cerebro. De esos duros, gordos, rojos. De los que todavía no sacaron la cabeza de pus que permitiría explotarlos contra el espejo. Ella no se extirpa. Doy vueltas en la cama. Escucho su voz en el balcón.

No habla.

Vocifera.

Hay otra voz de mujer y una de un tipo. Gruesa la del tipo, vibra la pared donde trato de no apoyar la cabeza cada vez que él habla. Peor es Carolina. Una mueca que no calla, una de esas cajas con un resorte que en la punta tienen un muñeco diabólico, Jack in the box en inglés. Es una voz encajada que no puedo abrir y evaporar. Transpiran mis rodillas, la cara interna, ese pliegue. En esa juntura se caldea mi rabia. Hace calor, estoy desnuda, no abro la ventana. Eso sería dejarla entrar. Es demasiado. Bastante con que rebota contra el vidrio, con que impregna las cuatro paredes de mi habitación con su vozarrón.

A veces ríe.

Lo peor, cuando habla por teléfono.

Porque sí, aún estando con dos otras personas en el balcón, se pone a hablar por celular. Eso siempre viene después de una meseta. De un silencio trampa. Se mezclan las voces, suelen hablar los tres a la vez. Hace dos horas que los vengo escuchando con la sábana hasta los ojos y entiendo que no respetan los turnos de habla. Se solapan en una desarmonía espantosa. Carolina resalta. Con frases del tipo “Naaaah. No es así. Yo sé lo que te digo”. “Nahhh. Tenés que hacer esto”. Imperativa y extensa.

Abrupto, un silencio.

Un recodo en el que me acurruco. Cruzo los dedos de los pies. Ahora sí, ahora se callan. Ahora se duermen, caen drogados. Ahora se van.

No.

El teléfono de Carolina suena. Suena con un timbre particular, como esos Nextel que tenían una melodía entre teléfono viejo de línea y algo robótico, futurista. Ese sonido elige Carolina para atender su celular. Lo atiende con la boca abierta de vocales. Alguien contesta. Una voz no humana, entrecortada. Filamentos de sonido desprendidos de una esponja de metal, esos son los interlocutores de Carolina, además de sus compañeros de balcón. Porque cuando habla por celular, escuchamos todos.

Habla en altavoz.

Siempre.

Hoy a la tarde trataba de leer apuntes para una monografía de la maestría y Carolina. Carolina preguntaba por una camioneta. No entendí si se quiere comprar una camioneta o alquilarla. O si la necesita como escenografía o si la camioneta es, en su universo, una metáfora de otra cosa. Lo que sé es que le contestó Andrés, el operador del callcenter de ¿Car Rental? ¿De la concesionaria de una reconocida marca de autos? Imagino esas opciones, retoco, porque con Carolina es un bosquejo. Imagino su máscara, su argumento, traduzco las didascalias. Andrés le contesta que recién esa camioneta ¿Toyota? la tendrían disponible para junio. Que otra marca o modelo podría ser para mayo. ¿Y usado no tienen nada? (Carolina). No sé que me pica más, si la voz del humanoide Andrés o la de Carolina preguntando por camionetas a las dos de la tarde mientras trato de hilar un concepto coherente en torno a Espósito y Foucault.

Escucho que mi compañero ronca. Es una buena señal, porque él es combativo. Hace dos días le lanzó una queja a Carolina desde la ventana. Porque esto es así. Cada dos días. O tres. O una vez por semana. Persistente hasta que calma. O se va, y el departamento queda vacío, o habitado por sombras que no son Carolina, silenciosas. Una sombra tijereteada es ella, con pinches en su voz.

Con tacos.

Cada vez que entra al living, para (intuyo) buscar otra birra, o un quesito, o un vaso de agua para sus amigos, o a tirar las cenizas del pucho (Carolina fuma y su humo me llega a la tarde cuando habla con Andrés, a la noche cuando ríe con sus amiga y el tipo), sus zancos de circo maldito agujerean el poco sueño que me queda. Los párpados ya se me despegaron; esta noche el sueño no vuelve. Me duele el pecho. No me duele. Tironea. Respiro. Con cada zancada tira más. Está turgente. Carolina es una mueca con gorro de pompón de lija, una payasa con dos círculos rojos sangrantes en sus enormes cachetes que rasga con cada paso la pista turgente de mi pecho. Está llegando ahí, a mi punto de no retorno, de no retorno de la cuerda floja.

De no retorno del sueño. De las tenazas en el cuello. Del dolor de piernas, porque cuando espero a que Carolina termine su reunión, termine de vociferar encima de sus amigos, cruzo las piernas, las trenzo como esas torzadas larguísimas de masa color pastel que vendían en Celentano, el almacén de toldo amarillo al lado de la casa de Mimí. Así estrujo mis piernas y así se va estrujando mi cerebro cuando no lo dejan dormir. Con cada minuto la siento como la gota del caño medio vago del lavadero que siempre nos trae problemas. Así se van mis horas de sueño y mis ganas de dormir y de permanecer (en la) cuerda.

Estaba tan lista, tan abierta al sueño cuando empezaron arriba. Porque otra particularidad de Carolina es la precisión. Taja donde más duele. Taclea y se viste de anfitriona cuando acá abajo dormimos. Habla con Andrés en la precisa hora en la que necesito estar concentrada. O cuando encuentro un hueco para hacerme una siesta. Ahí está. Por momentos no se escucha tanto, me digo a mí misma. Me pongo una mano sobre la oreja. Calambre. Me tiro un almohadón en la cabeza. No respiro. Sé que tengo que levantarme a hacer algo. Pero lo demoro. La espero. Espero a que sus amigos se vayan. A que se calle. A que se canse. A que su lengua se destartale. Doy vueltas, la sábana es una con mi trenza de piernas. Mi compañero sigue roncando, gracias a sus tapones de goma. El domingo no le funcionaron y gritó. Y Carolina, con ojos en blanco que imagino, retrucó que no estaban hablando fuerte. El domingo también eran tres, ella, la otra mujer, el tipo. Esta noche mi compañero no va a levantarse. Conozco su patrón respiratorio: ronca, hace sus respiros varios, cavernoso, sopla y resopla. Sueña. Me levanto, pienso y lo demoro, porque lo peor de Carolina es la ilusión. La ilusión de que va a poder devolvernos el silencio. No lo hace, arremete. Es como esa llovizna molesta, garúa creo que se llama, esa que moja pero que hace decir “no es para tanto”, esa que una espera que pase, ese mínimo spray por el que no tiene sentido abrir el paraguas. De esa frase hecha una se cuelga, no es nada, no moja, y llega a destino con ropa y pelo empapados.

Esa es Carolina. Con su voz menos sutil que la lluvia, con tacos a las dos de la mañana, así manipula. Con impasses, haciéndome creer que va a pasar. Sigo, espero que pase. Pero si espero van a ser las tres, cuatro, o quién sabe, las seis incluso, y ella va a seguir en su trance. Ya me levanto. Se me cruzan frases prejuiciosas. Me pregunto de qué trabaja. Cómo es que puede estar un martes a la una y media de la mañana (calculo que ya cruzamos el umbral de la una) en una picada en balcón con amigos. Mi cálculo horario no es azaroso. A las doce y media apagamos la luz. Mi compañero iba a decirle algo, quería subir a hablarle. Propuse esperar. Esperar a Carolina, a que ella tuviera ganas de habilitarnos el sueño. Como regla interna, la una. Como máxima aceptación de su voz pegajosa y pegoteada, aunque el reglamento dice la medianoche como tope para “ruidos molestos”. Ella es una humedad que persiste, persevera, no cansa. Te persigue. El masaje que H. me hizo antes de ir a dormir es un papel abollado. Así de abollado vuelven a estar mis trapecios, comprimidos con la tensionante voz de Carolina.

Ya deben ser casi las dos. Tengo que levantarme. Hacer algo. Gritarle por la ventana, devolverle la noche con su estilo. O grabar. Se me ocurre grabar los sonidos de la noche, tener evidencia. Tanteo sutil la mesa de luz. Libros, papel, libreta, lámpara, crema, lápices. Justo hoy dejé el celular en la mesa del comedor. Qué iba a grabar igual. Se escucharía en primer plano la respiración de H y como nube de fondo, las incomprobables voces de Carolina y su gente. ¿A quién le haría escuchar la grabación, además? ¿A la misma Carolina? ¿Al encargado? ¿Qué va a hacer Jorge con eso? ¿Mandarla en un adjunto a la administración, como prueba de ruido molesto? ¿Quién dictamina qué tipo de sonido entra en esa categoría? ¿Hay mediciones, una escala?

Razono en espiral, eso pasa cuando Carolina retumba en mi cabeza. Qué grabar ni qué grabar. Igual me levanto. Tengo que. No me banco más el hecho de estar siendo testigo de mi propia marchitez. Tampoco quiero ir a hablarle. No tanto porque no me anime a ir sola. Es más una cuestión de culpa. Culpa por arruinarle su charla de verano en el medio de la semana, culpa por interrumpir su uso del altavoz. Culpa dislocada, que no debería sentir.

Escribo.

Eso voy a hacer. Me levanto y escribo. Hago algo con esta puntada en los músculos que rodean mis omóplatos, con este hormigueo en las piernas, con mis ojos hiperquinéticos. Me voy a escribirla a Carolina. Contorsiono mis miembros para salir de la cama. Me detengo sentada. H. sigue soplando. Tanteo, no encuentro el camisón. Dejo de tantear para no despertarlo. Me paro. Dónde está la computadora. No sé si la dejé en la mesa como en mis días desprolijos o si la guardé en su funda, en el estante, con el cargador encima. Ruego porque la máquina ya esté lista para que la teclee. Doy la vueltita al vestidor, adivino. Está acá. Todo negrura, saco primero el cable como si estuviera jugando a los palitos chinos. Ya entre mis manos sin tirar nada. La compu es más fácil, la agarro firme desde un extremo, hundo mis yemas en el colchoncito de la funda, por suerte estaba encima de la pila de cuadernos en el estante. Salgo. Cierro suave la puerta. Estoy en zona liberada, desnuda. Desnuda y sin cortinas, las llevé a lavar la semana pasada. Mi living es un escenario privilegiado para los balcones de todo el pulmón de manzana. Mi pudor insomne no habilita una escritura tan exhibicionista. Baño: dejo la compu en el piso. Cazo una toalla, me la ato alrededor del cuerpo. Voy a la mesa, enchufo, prendo. Miércoles 3 de febrero, 2:24. Claro, ya miércoles. Escucho solo dos voces, Carolina y el tipo. Se ve que la otra mujer se fue mientras yo salía de mi habitación. Se ve que haciendo otra cosa no estoy tan pendiente. Pero cuando intento dormir, ¿puedo no estar pendiente de aquello que me lo impide?

Abro un nuevo archivo.

Carolina. Parecía que esta noche no. Pero es. Ella de nuevo. Carolina. Me aferro a cada tecla al compás de sus zancos. Me detengo a escuchar entre dos párrafos y percibo

un

hueco.

No más voces.

Dejo de teclear por un rato más, atenta. No vaya a ser que sea un falso silencio. No. El tipo definitivamente se fue. Quedan los zancos. Taqueando, Carolina ordena su balcón, entra y sale, la veo levantar vasos, copas, platitos, escarbadientes. Lleva a la pileta, deja en remojo para lavar al mediodía.

2:45 am.
De un ya miércoles.
Tacos.

Uso el golpeteo de su zapato sobre mi bronca como incentivo para teclear más fuerte, más aguda y precisa. La persistencia de Carolina corre a mi lado, su barullo me persigue, quiere taponear la voz interna que me dicta. Con esta no. Con esta no puede; puede desprestigiar mi sueño, pero mi escritura es veloz. Así casi llego, estoy llegando al párrafo final, lo estoy por esbozar en el aire, respiro hondo para zambullirme en su textura.

En ese microinstante previo al remate, lo escucho.

Lo siento.

Sin los ornamentos del vozarrón de Carolina, sin el barroquismo del altavoz con tacos.

Acá está,
el silencio.

El silencio urbano de la noche, mi preferido. Lo palpo bajo mis axilas, las aprieto contra mi cuerpo para que no se escape. Bajo la cabeza, preparo mis manos y tecleo, tecleo ahora suave, imperceptible. Para terminar el párrafo, para poder volver corriendo a la cama a mirar el techo baqueteado por los tacos, sobreviviente. Despacio y sin eco, acariciando cada tecla, consciente del rodeo automático que mis diez dedos hacen sobre las letras. Asumiendo el ruido de mi cuerpo, dando bocanadas al silencio arrugado.

Escribo.

Hablo.

Me hago sonido de una madrugada que nadie escucha.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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