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Clínica de un duelo: historia, fármaco y escritura

Ante la propuesta inesperada de intentar una despedida, la narradora de este texto revisa su historia (no) clínica y se prepara para el duelo de ser dada de alta.

Creo que me interpretaban fragmentariamente,
lo cual es peor que no interpretarme en absoluto
.
Leonora Carrington,
Memorias de abajo.

— ¿Qué querés hacer con la medicación?

Mi cerebro desglosa la pregunta de Z. Hace casi cinco años, cuando la fluoxetina se instaló en mi rutina mañanera, no pensé que iba a llegar esta pregunta. El momento de decidir intentar despedirme. De probar adiós. No quiero decir que gané. Es un intento.

Por primera vez en casi cinco años leo el prospecto.

VENTA BAJO RECETA ARCHIVADA (PSI IV)
ACCIÓN TERAPÉUTICA: antidepresivo.
ACCIÓN FARMACOLÓGICA: se presume que las acciones antidepresiva, antiobsesiva-compulsiva y antibulímica de fluoxetina están relacionadas con la inhibición de la recaptación de la serotonina en el sistema nervioso central (SNC). Los estudios en humanos han demostrado que fluoxetina bloquea la recaptación de serotonina en las plaquetas. […]
INDICACIONES: trastorno depresivo mayor, trastorno obsesivo compulsivo, bulimia nerviosa, trastorno de angustia con o sin agorafobia, trastorno disfórico premenstrual.
REACCIONES ADVERSAS:
Sistema nervioso: disminución de la libido (entre otros).
Disfunción sexual masculina y femenina con ISRSs: […] en las mujeres que recibieron fluoxetina ha habido reportes espontáneos de disfunción orgásmica, incluyendo anorgasmia. No se han realizado estudios adecuados y bien controlados que examinen la disfunción sexual relacionada con el tratamiento con fluoxetina.

Son nueve carillas prolijas dobladas en seis.

Prospecto. Googleo: “papel impreso que acompaña a ciertos productos y que contiene información sobre su composición, características y modo de empleo”. El prospecto de la fluoxetina no describe el temblequeo angustioso del índice y pulgar en la primera toma. Tampoco narra la confianza, el apego que el paciente desarrolla hacia el fármaco. La confianza ciega. El altibajo. El sabor agridulce de sentirse protegido y a la vez querer dejar. Tampoco explica cómo se intenta el descenso. Cómo se afronta el vértigo de carecer de ese respaldo. El prospecto contempla la química y lo farmacológico. Enumera todos los efectos adversos imaginables para proteger al laboratorio de posibles juicios. Contempla lo técnico, no lo humano.

Dejo de leer.

La pregunta de mi psiquiatra llegó como una especie de regalo de Reyes anticipado. La apoyé en las ojotas al borde de mi cama y acaricié sus signos interrogación con la punta de los dedos, como si fuera una pregunta de hielo, hipnótica. De un riesgo frágil.

Cuando escribí el texto de los floripondios en el 2018 no pensé que iba a llegar un día en que pudiera volver a ser yo. Parece que ese hito está a la vuelta del mes.

Preguntas

¿Quién soy?
¿Qué sería eso de volver a ser yo?
¿Mi bienestar se debe al reservorio de droga que duerme siestita eterna en mi cerebro?
¿Al psicoanálisis?
¿A mis amigos y pareja y familia?
¿A mí?
¿Cómo seré yo sin fluoxetina?
¿Hay un yo válido antes de la fluoxetina?
¿La fluoxetina me alejó de mí o me acercó? ¿Me desprendió como una sombra o me encastra el troquelado que me pertenece?
¿Qué versión me pertenece?
¿No somos mutables y son infinitas mis versiones posibles?
¿La fluoxetina podría volver a rescatarme en otro momento? ¿En otra fase de mí?

Voces

No te dejás ayudar.
¿No estarás con poca medicación?
Tenés que poder sacarte de encima los fármacos.
La medicación es tóxica.
La depresión no existe, la controlás vos.
¿No te la habrá bajado muy de golpe?
¿Tenés suficiente para el viaje?
¿Podés sola?
¿Querés que te acompañe?
¿Va a ser de por vida?
Si me hace bien, muero con la fluoxetina en la mano.
No tomes alcohol.
¿Cómo te ayudo?
No vas a tener orgasmos, ojo. Nunca más mientras la tomes.
Es muy amarga, se te pega al paladar y te da arcadas.
¿Pasa algo si me la olvido una mañana?
¿Y dos mañanas?
¿Tomás alguna medicación?
¿Hiciste alguna vez tratamiento psicológico o psiquiátrico?
¿Querés estar mejor?
¿Querés ser feliz?
¿Querés volver a vos?

Historia (no) clínica

mayo 2015: la paciente llega a la consulta con buen aspecto general. Viste prolija, combinada. Limpia y con perfume. Mueve las manos cuando habla. Buen color de piel. Esbelta, pero saludable. Refiere sentirse vigilada. En un túnel o corral. La paciente dice que percibe que una cámara la observa por la calle. En cada paso que da. La paciente refiere tener interlocutores imaginarios con los que conversa, los floripondios. Sabe que no existen, pero no puede hacerlos desaparecer. Dice que contestan sus pensamientos, que son su pensamiento. Retan, juzgan. Miden meticulosos. La succionan desde las barandas en la escalera de la facultad. Le gritan por la calle. La paciente relata también conductas obsesivas, como no poder desprenderse de ciertos hábitos. Relata una crisis de angustia al encontrar en la heladera una mermelada nueva abierta cuando todavía no estaba terminado el frasco de la anterior. Refiere no poder ir a cumpleaños u otras reuniones sociales que involucren encuentros en torno a la comida, ya que no puede comer fuera de su casa. La paciente no llora en la consulta, pero dice que llora antes de ir a dormir y al levantarse. La paciente se siente sola y relata haber intentado romper su libreta universitaria el día de ayer. Cuenta que no puede ir a la facultad porque le resulta un edificio clausurante. Es una estudiante excelente, de diez. Le cuesta levantarse de la cama. Refiere dormir dieciocho horas por día. Narra que para salir a caminar, los padres deben levantarla de la cama y calzarla. La paciente narra que en la última semana le ha costado bañarse. La paciente dice me hundo en mi propia vegetación mental y quiero ayuda. La paciente dice no poder escribir más porque los floripondios le atan las muñecas. Esos mismos floripondios que su imaginación bordó. Ahora la desbordan y amordazan.

2015, mayo- 2016, abril: salto entre la risperidona, el aripiprazol y el escitalopram. Me destruyen de a poquito. Me sale leche de las tetas (aumento esperado de la prolactina por risperidona, dicen). Me arrancan la vista: hipermetropía que resulta ser reversible (efecto adverso del aripiprazol, solo afecta a un mínimo porcentaje de los pacientes). Por primera vez en mi vida, dejo de leer.

2016, abril: hola, fluoxetina, adiós todos los otros. Veinticinco días para que mi cuerpo los expulse de a tandas por orina. Veinticinco otros días de prueba para la nueva medicación. Pido que esta no me robe el cuerpo. O que lo haga lo menos posible. Sacame de mí lo suficiente como para no pensar, pero tampoco tanto como para desconocer mi organismo. Eso le digo. Y me duermo.

2016, mayo. Leo en un Le Blé a pocas cuadras de la facultad. Estoy cursando la última materia. Leo Benjamin y Rancière, preparo un parcial domiciliario. Por primera vez, vuelvo a concentrarme. Mi vista se corrige, rompo los anteojos. O los dejo para jugar.

2016, mayo. En una cama en Flores. ¿Acabaste?

2016, junio. En una cama en Devoto. ¿Acabaste?

2016, julio. Me recibo. Promociono Teoría Literaria II con nueve y Martín Kohan me abraza. Me tiran huevos.

¿Sos capaz de sentir alegría?

2016, primavera. Voy en un pasadizo. La vida en piloto automático. Trabajo, me río. Duermo menos. Parece que tengo planes y sueños. Funciono.

2017, principio. Soy de amianto de la cintura para abajo.

2017, fin. Orgasmo, sin haber reducido la dosis. Es que el cuerpo no se resiste, no deja que le arrebaten su goce.

2018, duración. Radiante, amorosa. La fluoxetina instalada en mi cerebro es un faro luminiscente que me pone a tono sensual con el mundo. Conducta expectante.

2018, mayo: bajamos a 20 mg. Me agarro fuerte por las dudas. Ningún cataclismo que pueda percibirse. Respiro más aliviada, más natural. Conducta expectante.

2019, duración. Viajes, amor. En un momento de este año, bajamos a 10 mg. Vuelvo a agarrarme esperando lo peor. No sucede. En cambio, sigue sucediendo el amor. Conducta expectante.

2020, abril: vamos a suspender. Marzo se adelanta: pandemia. No vamos a suspender. El panorama es incierto, mejor hacer la menor cantidad de modificaciones posibles. Vamos a seguir con esta dosis, total es mínima. Además la fluoxetina es un neuroprotector. Con esas frases me bicicletean el descenso. Ya estaba ahí, a un paso de dejar de ser paciente psicofarmacológica.

2021, enero 5: empezamos descenso definitivo. Siento que estoy aterrizando al fin a mi médula. ¿O será que no aterrizo sino que me despego de la industria farmacológica, de esta prótesis que me sostiene erecta? Tomá un cuarto hasta el 15/1 y ahí suspendés. Para mediados de febrero vas a estar sin fluoxetina en tu cuerpo.

Se me vienen primeras veces en mucho tiempo, primeras veces en esta nueva era post fluoxetina. Primer cumple autónoma, arrojada sola a las contradictorias sensaciones de cumplir años. O de aniversarios con pareja. O de comienzos laborales. O de cortadas de uñas. O de lecturas. O de charlas con amigas. O de siestas. O de saborear helados. O de compras en el chino. O de vueltas por la plaza. O de lavadas de platos. O de sexo. Sexo al fin sin fluoxetina, ese plástico sutil que recubre tenue mi cerebro y boicotea. Arrojada por primera vez de nuevo a las contradicciones de vivir.

¿Y ahora?

Quienes saben dicen que tengo que hacer el duelo por dejar la fluoxetina. Leo diarios de escritoras que también tuvieron su historial con psicofármacos, con terapias crueles, en manos de psiquiatras que aún en el siglo XX las ataban o las anulaban con electroshock. Leo a Leonora Carrington y a Alda Merini en busca de alguna clave para entender cómo se tramita el duelo psicofarmacológico. Cómo dejo atrás una relación de casi cinco años, cómo me despido de quien me ve mañana a mañana: despeinada, con ojeras, con lagañas, con baba en la comisura del labio, con restos de maquillaje, a cara lavada, con fiebre, sana, transpirada, con frío, desnuda, con pelos, depilada, en piyama, por ir a trabajar, menstruando, haciendo fiaca en casa, sola, acompañada. To das las m aña nas a mi boca. ¿Qué más íntimo que el fármaco ranurado, verde y rugoso que poso en mi lengua, un poco al fondo pero no tanto como para que no se disuelva en mi saliva y me deje su amargor, fármaco al que empujo con agua para que vaya al fondo, baje, se absorba por mecanismos que no conozco y se acumule en algún lugar de mi cerebro, haciendo su trabajo químico que en su momento me levantó de la cama? Arenilla verde sedimentada día a día desde mi garganta por mi sangre hasta mi cerebro. Arenilla verde en mi cuerpo, rugosidad fina como millones de luciérnagas que me encienden en un aleteo sutil que me sostiene. ¿Qué va a pasar cuando a mediados de febrero se apaguen?

Subrayo los diarios y aún así no encuentro claves para hacer el duelo. El prospecto de la fluoxetina tampoco lo explica. Creo que primero tendría que encontrar las palabras justas para definir que fue, para mí, la depresión. Intuyo que una vez recortado el fenómeno, podré darle un adiós. Por ahora solo puedo nombrarlo, y a medias, porque la palabra depresión no lo nombra, apenas lo sobrevuela. Es un término hueco y general. Lo que padecí fueron floripondios. Los nombro sola, no sé definirlos en retrospectiva, están todavía muy enroscados con mi presente y con la incredulidad de estar llegando a ese arco triunfal que supone ser el alta. Intuyo que cuando destrabe esa compuerta y pueda volver a mirarlos de frente y acariciarlos sin que supongan riesgo alguno, sin que enrosquen sus raíces en mis muñecas, escribiré otro texto. Y la literatura será así, una vez más, la terapia con mayúscula mediante la cual duelo.


About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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