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Conjuro carnal

Cortar hasta quedarte con pelo corto. Y eso qué es, ah, quién lo sabe. Hasta dónde. Cuán corto qué. Seguir. Hasta ya no ser vos. Hasta no reconocerte.

Exhortar a la paciente, tan pronto como ella ha confesado su transferencia de amor, a sofocar lo pulsional, a la renuncia y a la sublimación, no sería para mí un obrar analítico, sino un obrar sin sentido. Sería lo mismo que hacer subir un espíritu del mundo subterráneo, con ingeniosos conjuros, para enviarlo de nuevo ahí abajo sin inquirirle nada. Uno habría llamado lo reprimido a la conciencia sólo para reprimirlo de nuevo, presa del terror.
“Puntualizaciones sobre el amor de transferencia”, Sigmund Freud (1915)

Cuando tenía dieciocho años, me corté el pelo. Quería tenerlo cor-to. Quería ser como esas mujeres del mayo francés que estudiaban literatura en la Sorbonne, de pelo corto castaño y poleras. Existencialistas (ya lo era bastante), leyendo Sartre, de Beauvoir y Cortázar, fumando (jamás fumé), besándose mucho al ras de la niebla.

Para rapar el pasado, se necesita entrar en un estado de euforia particular: enojo, angustia. El equilibrio reconcilia las partes propias, todas. Para cortar los tentáculos indómitos que salen de mi cabeza, se necesita ser dócil al enojo, a los floripondios desaforados que toman de las muñecas y… nada más, un dejarse hacer, que hagan, que me hagan, que me deshagan de aquello que sobra en la cabeza. Mi cabeza hacinada de flores parlantes, cabeza ramo ramillete, cabeza harta de jugar a ser amorosa. Amorosa buscona de amor (quería tanto el amor a los dieciocho que pensé que debía entregar mi pelo hecho añicos en una bolsa para encontrarlo).

Se necesita que la angustia bombee un odio muy profundo a las raíces para destirpar una cabellera desteñida de pasado, para hacer afuera de mí una peluca de mi propio pelo natural. Y resulta que pasé de eso, de sentir el techo del mundo asfixiándome la vista la nuca la punta de la nariz, de sentir la vida como un ataúd, a pasar a tener un manojo de mí así como si nada. Tomo de mí todo lo que hay, en mi mano, en el piso, en la bacha y empiezo a espolvorear pelo por la casa y susto, mamá asustada como siempre, qué hiciste, te mutilaste, que qué significa esto. Mamá siempre dando significado a cosas que son; no entendiendo los significados de aquello que sí lo tiene.

¿Qué son?

Son flores venenosas
que crecen de mi pelo
mi mente es una hermosa flor de veneno carnal
es lo mejor y lo peor de mí
pelo florecido
de caspa de un invierno hostil
ensañado en perderme
brota la cabeza
brota la mente de la cabeza con más fuerza ahora que no le queda pelo
corro el pelo para ver si todavía tengo ideas
rayo mi cuero cabelludo con el filo de la gillete para dejar ahí un texto
una clave que alguien lea el día que deje de reaccionar

¿las tengo?
¿tengo todavía ideas?

A los dieciocho, me corté el pelo. En un baño que había en un departamento en el que ya no vivo. Un baño de un azul pequeño. Ahí agarré a lo bruto unas tijeras de la cocina y me encerré. Con tres espejos que me hacían múltiple como en el circo. Lo que hice fue: cortar. Miento. Primero gilletée. Por la nuca. Yendo, despacio. Tímida. Sin creer que movía la muñeca y esa pelusa salía de mí. Animalada. Y caía. Y de repente unos movimientos más y la nuca a contrapelo raspaba. Era más animal que antes así, con menos pelo. Y la bacha castaña. Seguía porque no concebía la posibilidad de quedarme pelada. Seguía y era una nuca y otra nuca y desnudez y arriba ya sólo un decorado. Que todavía caía. Podía parar ahí. Recuerdo pensar: si paro acá, mamá no se da cuenta. Si paro acá, basta con tener el pelo suelto para que no se dé cuenta. Esto sólo se nota si me hago una colita. Pero algo en mí. Ese pelo largo que quedaba. Alguna mecha. Juro ahora recordar que cobró vida propia. Mordaza, de repente pelo contra mi cuello, una cinta de pelo marrón como una gargantilla de tres vueltas. Sin pausa la presión andante, una liana autoritaria que me dice hacelo. Que me dice: lo que tenés que hacer es sacarte todo este anexo de belleza. Es eso o de este baño sale tu cabeza rodando mitad rapada mitad ondulante. Así. Así el mechón que captura la muñeca y en un hechizo feroz la alza y de repente con furia es el filo que simple y solo deshace cada juntura sutil que une al pelo consigo mismo. Cada fibra extendida de mí se corta y va, y el ruido es como morder papel de calcar, pero mis orejas lo amplifican y yo ya no sé bien qué estoy haciendo aunque internalizo la consigna y el ejercicio sé que lo voy a terminar. Cortar hasta quedarte con pelo corto. Y eso qué es, ah, quién lo sabe. Hasta dónde. Cuán corto qué. Seguir. Hasta ya no ser vos. Hasta no reconocerte.

La fascinación horrorosa de despojarme de algo tan mío y tan de los otros. Porque el pelo es más para afuera. El pelo se mira se acaricia se besa se chupa se revuelve se agita se agarra con furia con pasión de mano en nuca mientras beso contra una pared se encabrita se mezcla se trenza se pisa sin querer se arranca se cuida se masajea tierno se elogia. Duele.

Aunque cubre. Demora. Demora el andar. Demora la mañana al peinarlo. Enlentece la ducha. Complica la natación. Me trenza al mundo.

Seguí seguí y la bacha era una canasta llena de ardillitas muertas. Una posibilidad de mí misma que nunca había concebido. Y era también la ilusión de estar despojándome de algún que otro tormento estructural. Pero a los dieciocho nadie te cuenta que esos tormentos no se abandonan con un corte de pelo. Que tendría que haberme cortado algún otro lazo o tendón o fibra o raíz para quebrar angustias fundamentales. Pero es que me quería. Cuánto me quería…mucho menos que ahora, doce años después. Pero algo. Me quería todo mi pelo largo entero, eso me quería, al punto de tijeretearlo y diseccionarme, pero quedar angustiosa en pie. Desreconocida, todavía de este lado.

Resulta que salgo del baño azul pequeño con la confusión de una victoria criminal, con tijeras en mano y restos de pelo, y siento el chiflete de lleno en la nuca y me da frío. Y madre llega y me grita y me dice qué te hiciste por qué qué te pasa qué locura hiciste te mutilaste. Esa es la palabra. Mutilaste. Y yo con ganas de decir que la verdadera mutilación habría sido cortarme la cabeza y salir rodando oblicua. Que esto no es para tanto. Que el pelo crece, se resignifica, baila.

Doce años después, el pelo es cuidado y suave. Compro shampoo importado y lo mimo. Lo extiendo, lo dejo crecer, dejo que otras manos lo corten por mí para no volver a herirlo. Pelo listo para que de nuevo alguien lo mire lo acaricie lo bese lo chupe lo revuelva lo agite lo agarre con furia con pasión de mano en nuca mientras beso contra una pared lo encabrite lo mezcle lo trence lo pise sin querer lo arranque lo cuide lo masajee tierno lo elogie.

Doce años después, mi abuelo de pelo tupido blanco que encandila agarra una gillette del mismo modo en que lo hice yo a los dieciocho y corta el lazo que lo ubica el tiempo y espacio de la vida. Corta, se desgrana, espera, es de noche, está solo, no sabemos, espera, se va, llamanos, no nos llama, no sabemos, no nos llama porque está planeado que no-va-a-llamarnos, que cuando nos llamen ya va a ser tarde, se va, espera, espera y cortocircuito y mi homeópata me explica la semana pasada, tres meses después del corte, que lo primero es el cerebro que se apaga y después el corazón se retuerce y se abraza contra sí y bombea más y más pero así se está yendo más y más porque la sangre sale y brota vital como una fuente digna de vida brota y debe ser brillosa terca y apabullante y mi abuelo se va y yo no estoy ahí para abrazarlo y pedirle perdón y abrigarlo con mi pelo que ahora es largo y tocar su pelo que es blanco y mucho y taparle los ojos con mi pelo para que no vea la vida yéndose por un tajo hecho en la muñeca, pensado, sostenido, valiente, único, un tajo de la vida que hace que lo admire aún más y le pida perdón aunque ya no me escuche.

Doce años después, de mi cabeza brota pelo suave, castaño, largo, pelo disfraz, engañoso entre el cual se vislumbra, según cómo me dé la luz, algún que otro floripondio venenoso que me crea y habla. Engatusada, arrinconada por tobillos y muñecas contra la palestra de mis obsesiones, en ese borde de adrenalina que tan atractivo me resulta, querer y no, crear y destruirme, mordisquear hasta disolver cada uno de los (nuevos) mandatos que continúan queriendo imponerme.

Ataráxica a veces, eufórica y alegre en otras, invento una existencia mientras por dentro me seducen tanto, pero tanto, voces e imágenes y deseos y bordes, bordes que se abisman y difuminan límites, contornos, acantilados del sentir. Detengo el hechizo en el punto justo en que la seducción deviene riesgo. Ya no quiero ni cortar yo misma mi pelo ni cortar nada de lo que me une desquiciada a la vida. Hago torzadas de fuego con mis espíritus subterráneos, los inquiero con la presión de la palabra, los domeño, por un rato, en un texto.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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