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Correspondencias

Nuclear un mes en un texto que se pierde.

enero 2022

Fracturo el lenguaje para que la incomodidad de desear se ubique fuera de mí.
Leo. Escribo. El desorden embarullado del mundo parece menos.
Hago un hueco y me meto en un texto.
Escribir y que salga así nomás, aunque nunca es así nomás.

En enero de repente me hago cargo, agarro el cuaderno y retomo un proyecto empezado en mayo. Me le animo al proyecto por primera vez. Foco, me digo. Constancia. Me apasionan los arranques y me cuesta sostener. Llevo cuatro días de archivo, de encerrarme.

Se siente raro estar tan en mí, tan sin que me importe no sé qué.

Como si la bifurcación de una arteria el 23 de diciembre, otra pérdida brusca, otro golpe en la estructura familiar, me hubiese dado la fuerza necesaria para sostener el peso de mi propia escritura. Se cae el mundo en una noche. Se estalla un cuerpo en una noche. Se encharca de angustia bordó y muere. Y yo grito y me abrazo a la voz de una amiga mientras otra amiga está en camino. Y duermo abrazada a mi amiga un sueño metálico, que me deja los ojos en punta. Y me levanto astillada y hago lo que hay que hacer. Llamo a mis amigos y amigas y entre todos arman una sillita de oro para que pueda revolcarme en el temblor. Porque la vida a veces es horrorosa.

Pero.

También lo otro. Porque el horror se apretuja con lo mejor que me pasa, la literatura. Y cuando más parece que no doy más, cuando las circunstancias me arrinconan para que no dé más, algo en mí lee. Y escribe.

Una mujer muy importante en mi vida me pasa por Whatsapp una cita de Rebecca Solnit: “Aquello cuya naturaleza desconocemos por completo suele ser lo que necesitamos encontrar, y encontrarlo es cuestión de perderse”.

Ojo con tus interpretaciones, me dice.
Yo: A qué te referís con esto???? y ojitos
Ella: Lo dejo a tu criterio.
Sabe que me fascina bastante perderme.

Más adelante en el mes leo el libro de Solnit Una guía sobre el arte de perderse, de donde es esa cita. La polisemia del perder. Perderse en una, perder a una persona querida, un objeto, la cabeza. Desmapear. Separarse. “Perdí toda una vida y poco a poco fui ganando otra, más abierta y más libre” (p. 93). En esas ando.

A mitad del mes logro empezar a escribir el duelo. El recuerdo de un abuelo que me enseña a leer la hora. Es decir: a ubicarme en el tiempo. Un abuelo a quien lo aplastó la contundencia de un tiempo tan extenso, un tiempo chicle lavado, pegajoso, un tiempo liso que necesitó interrumpir. Cortar el chorro del tiempo. Escribo sin parar casi tres horas mientras escucho en loop un tema de Nicki Nicole en una casa que no suelo habitar, con gente que duerme en otras habitaciones. Vuelvo a hundirme en mí llorando y se siente muy bien.

Me levanto y leo al sol. Cómo me gusta el verano. Y sus tormentas. Anuncian una. Me encierro a esperarla dormida. Nunca llega y me arrinconé en la espera. Perdí una tarde. Gané ensueño. Cómo me gusta dormir.

Explicar un fenómeno.
Diez años que borronean personajes familiares.
Mi estructura psíquica pierde referentes.
Desanclaje de la identidad, no es claro adónde voy a terminar encallando.
Vacancias.
Nuevas personas, sí,
pero los vínculos no siguen una dinámica de reemplazos.
Vivir con ausencias que no se rellenan, presencias fantasmáticas.
A pesar de eso: sentirla bien.
Poder hacer la plancha y no hundirme.
Perderme segura de que algo en mí me aglutina.

Vuelvo a la ciudad. Voy a lugares que me calman. Me siento en el Botánico y me concentro en una hoja. Solnit: “El paisaje en el que se supone que está cimentada la identidad no es un terreno sólido: está hecho de recuerdos y de deseos, no de tierra y piedra, igual que las canciones” (p. 106). Esto tiene más sentido que otros relatos que me contaron de chica. El alivio de tener casi treinta es captar con más sutileza la fragilidad de las cosas, aceptar caminar en un piso que se mueve. Son varios los alivios. Integrar el perder. No escandalizarse ante el deseo. Desajustar el corset de la coherencia y desbocarse. Somos seres incoherentes y qué.

Segunda quincena de enero. Miro la Caja Negra a Érica Rivas. Leiva pregunta: “¿Cuándo sentiste que la profesión te correspondió?” Pienso entonces en hacerme esa misma pregunta y en lo difícil que me es responderla. Pienso en mi trabajo con el que tanto me peleo internamente; en mi pasión, la literatura. Pienso en que la palabra profesión me descoloca porque a mi trabajo no lo siento mi profesión y mi profesión no es única, es una especie de estructura de diamante con varias caras que pulo y trato de mantener en equilibrio.

Pienso en otras correspondencias.
En amores correspondidos que cumplen su ciclo
en los no correspondidos
en los correspondidos y a destiempo
ya no
o todavía no pero quizás
o esperame

Pienso en otro corresponder
en el “hacer lo que corresponde”
en quién define qué es eso
en cómo me fue a la vez fácil y difícil hacer lo que correspondiera.

Y también pienso en las Moiras, lo que le toca a cada quien en esta vida, la repartija de los dioses, el destino, lo que nos corresponde. Pienso en el molde de las cosas, en historias atoradas que no me tocó vivir y en otras que ni pensé posibles y resulta que sí, que fueron. Porque de nuevo Solnit: “La gente mira al futuro y piensa que las fuerzas del presente se van a desplegar de una forma coherente y predecible, pero todo examen del pasado revela que los tortuosos caminos del cambio son tan extraños que no pueden ni siquiera imaginarse” (p. 106). Otro aspecto de los casi treinta: mirar de frente lo que fue como una guirnalda que se despliega lenta. No pretender que el futuro copie una trama conocida. Elegir con cierta calma. Subirse al corcoveo del tiempo. Intentar que las intensidades propias hieran lo menos posible a quienes tengo cerca.

Enero tormentoso, errático, a los saltos. Mes de pérdidas. Por semanas revolcada en el tumulto del lenguaje, me aferro a textos cambiantes, miro a los ojos las siluetas de lo que ya no está, su mímica. Escribo con la naturalidad de perderme en algunas palabras. Haciendo eso no me gana la nostalgia. Acepto, por una vez, la posibilidad de no hacerme tantas preguntas.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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