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De cabeza al mar: perspectiva desde Giardini-Naxos

Comparto un fragmento del proyecto de ficción en el que estoy trabajando actualmente. Un viaje por una isla de tres piernas a la deriva; un mapeo por puntos signados por el mar y su falta. El detalle de una estrella en una sumergida de dioses.

Swallowed by a vicious vengeful sea
Darker days are raining over me
In the deepest depths I lost myself
I see myself through someone else

“Black Water”, Of Monsters and Men

Camina por enero en la noche de Giardini-Naxos. Hay un hormigueo particular en el hecho de caminar la ciudad balnearia en invierno. Una vivencia de la playa a contraturno. Sale del departamento de calle estrecha y camina cuesta abajo hasta la placita. Padre Pío es su referencia, ese hombre de túnica marrón, con la mano en gesto de “sí, claro”, o “andá a saber” o… “Padre Pío”. Gesto de Padre Pío, así lo van a bautizar más adelante, cuando finalicen las vacaciones e inventen un léxico para las vivencias sicilianas. Mira los edificios de sal, sedimentados con algas del Jónico. Las bolsas de basura cuelgan de un complejo sistema de poleas en cada esquina, son instalaciones dignas de museo de arte contemporáneo. Cualquier curador las fotografiaría, mínimo. Intentaría comprarlas. Acá el arte conceptual no interesa. Esta tierra con su boca marina, con su bandera de tres piernas (las tres puntas de la isla) es ya concepto suficiente. En cada baranda que sube de un piso a otro o que protege un balcón hay un brote naranja, amarillo, verde o azulado. Las Teste di Moro le custodian precisas la mente bajo un tinte de venganza aromática. La mujer se entera de que su Moro no es su Moro tan solo, sino que responde también a otra y le corta la cabeza. Y hace de la testa del amado una maceta, una lágrima de albahaca.

Camina y piensa en Medea y su carro alado, cargando en cada omóplato la testa de sus hijos. Recuerda a Lavinia violada, sin manos ni lengua. Mujeres que matan, que sin matar quedan mancas mudas. En cada esquina, la mora, el moro. Restos de cuerpo en una ciudad sin transeúntes. Custodian casas, departamentos-tumba, salas de espera frente al rugido jónico que marca el inicio del ritual.

Sigue bajando la pendiente, las persianas oxidadas remolonean, en temporada baja nadie sacude sus restos de sal para ver más allá que el horizonte. ¿Quién se corta el pelo en Giardini-Naxos en enero? ¿Alguien precisa una foto carnet? La vida está en otra parte, como diría Kundera… o en Giardini-Naxos en busca de una heladería abierta a las once de la noche. Escuchar las olas tenues que testean su oído. Explorar una isla lejos de casa en un auto alquilado, con estos jardines como primera parada. La vida está acá. La vida alquilada, con fecha de vencimiento. Se pregunta si llegará a ese punto o si tendrá que rescindir el contrato.

El mar una ausencia, lo llega. Camina hacia el sur por la rambla con verano enquistado. Aún en Sicilia, el sur. En el Sur siempre hay más sur. Rejas en los jueguitos para infancias. Supermercados con un único fraseo: “Chiuso”. Pasa tres heladerías con carteles a medio caer, telarañas en las bisagras, vidrios empañados. Desear un helado nocturno en enero en la isla es una microrebeldía. Camina. Camina más allá de lo que hay más allá. Se estira pensando “una cuadra más”, su mente está formateada en cuadras aunque acá se midan los metros y el camino sea una alfombra extensa de arena al costado que se curva y vuelve. Para y mira para atrás. Taormina que amenaza con caerse, lucecitas encastradas en un caos pensado para seducir al agua. Mañana va a ir. ¿Habrá vida de verdad en Taormina? ¿O serán esas luces una puesta en escena? Giardini- Naxos no caretea: en invierno acá no pasa nada y eso se le estampa en la cara al visitante.

El paseo en busca de helado, mordiendo la noche de la playa en invierno es la representación gráfica del estar desencajada, con la bisagra sin aceitar. En ese hueco manco se encuentra. Cruza la avenida doble mano. La baranda y arena. Negra la arena en el agua. Una luz, un pescador, o una boya o quién sabe, alguien que olvidó su vida prendida allá a lo lejos. Sumerge la cabeza en esa agua y pide que le susurre algo. Como su texto no es una película, este mar no da claves ni facilita epifanías. El sentido no se tramita, no se busca ni en una ventanilla ni en el cliché. Espera.

Cruza de nuevo al lado de los locales ranurados. Retoma el camino al departamento. Las luces de Taormina la encandilan, la tientan. No se deja embrujar. Mira hacia adelante, con los ojos en huellas de arena, camina con los ojos hasta la cúpula de la iglesia con estrella de mar en punta. Gira y retoma cuesta arriba, por las callejas, reverencia el guiño de la mora, se moja en las lágrimas de su amante. Balancea las bolsas de basura colgantes. Cabecea a Padre Pío. Sigue subiendo y piensa en la isla. En esta isla que empezó en Catania, en este triángulo lanzado al mar del que solo conoce la primera pierna. Isla estrella, ella es la Medusa que inicia el recorrido. ¿A quién petrificará?

Desde el departamento escucha un algo sutil que rueda. El ruido es pequeño, como si alguien hubiera pateado un susurro y este rodara autómata y tímido por el asfalto. ¿Llega al mar? ¿Logrará cruzar al continente?

Recuerda que esta Sicilia de tres puntas no en vano se llama isla. Una isola sin puente, en pleno siglo XXI, la descoloca y a la vez la seduce. Una isla a la deriva, con tres piernas entrelazadas en forma de triángulo de mar, no es un azar. Una isola rasgada de tierra firme, en pleno 2020, es una decisión.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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