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De la foto al texto, cumpleaños ausente

¿Qué pasa con las fechas que mueren de significado? ¿Se ignoran? ¿Se siguen honrando? ¿Se resignifican? Este texto es una posible respuesta ante una contradicción: la llegada de una fecha y la ausencia de quien la encarna.

Hoy es tu cumpleaños. En presente, aunque tu tiempo se haya clausurado. En segunda persona, hablándote a vos. Mamá pasó al condicional y a la tercera, la no persona: hoy cumpliría Claudia. O se aferra al pretérito: hoy era el cumpleaños de Claudia. Su tiempo verbal preferido, el de la nostalgia. Yo me aferro al hoy y me niego a darte de baja en el calendario familiar. Tu cumpleaños, Navidad, Año Nuevo. Hitos impuestos de diciembre que te tienen en 2020 ausente con aviso. Tus últimos cumpleaños los pasabas conmigo y con Alberto en la parrilla de Caballito, en el restaurant vasco de la calle Moreno, en la cantina de la calle Uruguay (ese fue el año pasado). Era la única invitada. No existe palabra en español que pueda dar cuenta de lo que de ahora en más va a significar este día. Una ausencia incompleta de calendario.

El 22 de diciembre de 2019 salía a la noche para Madrid y pasé por tu casa al mediodía. Te compré un pañuelo naranja en Isadora medio a las apuradas para que no te enojaras. Te importaban ese tipo de gestos, no como a mí, que no creo en los regalos en fechas preestablecidas. El regalo me gusta a destiempo, espontáneo y sinsentido. No te caí con las manos vacías para quedar bien. Para ser menos yo ante vos. Tomaste la bolsa, lo abriste así nomás y gracias mi amor, ni lo miraste. Cuando diez meses más tarde fuimos con mamá a sacar de tu departamento la última ropa que faltaba, cuando vaciamos el cajón más bajo del secreter, encontramos un infinito amasijo de telas de colores embolsadas en grupos y con su olor a pucho correspondiente. En la esquina, cartón de Isadora con plástico adentro. Lo sacamos y ahí estaba el pañuelo naranja con la etiqueta verde y blanca de importación de la AFIP. Un juego del paquete expectante y trunco, una sorpresa cronometrada por almanaque que nunca llegaste a estrenar.

A veces hacías que no mirabas mis regalos ni mis éxitos. Los esquivabas con esos ojos que ponías en blanco cuando largabas humo al fumar. Cuando en la facultad sacaba diez en los finales, tu respuesta era: “¿Otro diez? No tenés que exigirte tanto”. Nunca pudiste escuchar que no era exigencia, que me salía así. Dejé de contarte eso y tantas cosas con miedo a desilusionarte porque me fuera bien. Ahora entiendo que en el fondo estabas orgullosa, que mis éxitos te alegraban a escondidas, en los recodos. Justo ayer Alberto me cuenta que le habías llegado a decir que había ganado un premio por el cuento de los pájaros. Entonces me escuchabas, aunque creyera que no. Te preguntaría hoy por qué ese afán de superponer voces, esa mímica de no poder relajarte con transparencia en una alegría ajena.

Nunca te acepté en Facebook por considerarlo una interferencia inútil y rimbombante a nuestra unión. Seis días antes de tu muerte cerré mi cuenta, harta de recibir tanto estímulo de gente que no me interesa y tan poco de la gente que sí me importa. Me llamó la atención una leyenda en negrita al costado derecho: “Cuenta conmemorativa: desea qué hacer con tu cuenta el día que ya no estés, porque en Facebook nos preocupamos por tu legado”. Repaso lo que solía ver en las redes cuando las usaba. Caras beboteando que muestran sus mejores pilchas, sus éxitos, sus viajes en teoría glamorosos. ¿Ese material editado, filtrado y colorinche es lo que legamos a la humanidad?

A la semana estabas muerta. Me pregunto qué es hoy de tu Facebook, de tus fotos y publicaciones, de tu mail, claves y accesos a páginas web. ¿Qué pasa en ese universo cuando una muere? ¿Alguien hereda nuestra huella digital?

Miro una foto sacada en los noventa con cámara de rollo, 10×15, papel brillante. En el borde derecho, en naranja como el pañuelo que nunca llegaste a usar, 22’12’96. Tengo cuatro años, vos cumplís cuarenta y uno. Estamos en lo de Mimí, al lado de una torta con figuras de Blancanieves y sus enanos. No es mi cumpleaños, es el tuyo y aún así me das el gusto de decorar la torta como yo quiero. El amor es eso, tener cuarenta y un años y decorar la torta con enanos de dudosa reputación de una película de Disney porque a tu sobrina la hace saltar de euforia. Me agarrás bien fuerte de la cintura. Mi cara es de orgullo, manos en las caderas, una pose medio creída para mi edad. Tengo derecho a creérmela un poco: mi tía es genial.

Miro otra foto. 8’12’95, un año antes, de nuevo en lo de Mimí. Tengo tres años y nula conciencia de la felicidad. Nado en ese estado de ilusión permanente, sin saber que la vida me va a hacer fusionarme con contradicciones e incomodidades. La misma mano de la foto anterior me aferra la cintura bien fuerte. Abro la boca con esa sonrisa de mostrar bien los dientes de leche que aprendí no sé de quién. Es artificial, hasta el día de hoy, cuando revisamos fotos de esa época, papá me carga por esa mueca. Estoy con mi tía de pelo suave y en el universo no hay lugar para el caos. Aunque tenga puesta una de esas blusas con volados hasta los hombros que detesto y que mamá se empeña en ponerme.

Lucimos con orgullo la obra de cada ocho de diciembre, el árbol. El de lo de Mimí, altísimo, de dos metros. Claudia comanda el operativo. La Nona estira moños, yo cuelgo las manzanas porque los moños me dan fiaca y los ato mal. Claudia reta. Reta a la Nona cuando deja alguna arruga. Luisito prueba las luces. Mimí cuelga los ángeles. Este es EL árbol, no como el de casa, chiquito, posado encima de una mesa para darse importancia. Este es monumental sin esfuerzo. Puedo acurrucarme debajo de sus ramas y esconderme, me pierdo en torno a su base metálica y siento que soy una cachorra. El toque final es un Papá Noel chino a batería que duerme y respira, ronca y enrojece sus cachetes. Claudia insiste en ponerlo en piso como una ofrenda. Desconfío. Cada vez que paso frente a él mientras doy vueltas a los saltos alrededor del árbol, le pego una patadita.

Noto que en ambas fotos vos tenés la misma actitud, ese agarrare por mi cintura con mano izquierda. Cualquiera diría que es solo un gesto. Un gesto de amor, punto. Lo leo como algo más. Es un aferrarse, un agarre a esa felicidad compartida. Como un sujetar la infancia, no dejarla ir, no querer que se escape. Mientras yo ahí ignorante, luciendo tu abrazo como una flor brillante de papel glasé indestructible. Sin entender que ese agarre no es solo amor (del más genuino). Es un grito traducido en cuerpo, un intento desesperado por quedarte de mi lado, por suspender la soledad angustiosa, por agarrarte a mí para ingresar en ese hormigueo en el que la adultez se duerme como cuando se te duerme una pierna o un brazo y sentís la mente pesada, fofa e inútil y todo pasa a ser un juego. Tal vez el 26 de agosto hayas sentido eso, pesadez, hormigueo en la mente y súbita la muerte como un traqueteo leve que te anuló de esta realidad.

Aunque de otra manera, menos visible y evidente, hoy me mirás. Desde la foto y desde dentro de mí misma, me mirás y me agarrás aún con fuerza la cintura. Con ese mismo gesto. Igual de orgullosa de mi tía y un poco menos inconsciente que a los cuatro años, me aferro a tu brazo. Lo acaricio y lo palpo cada vez que no entiendo. Cuando espero agazapada a que esta ola pase. Cuando dudo de mí misma. Cuando te extraño. Cuando me preguntan cómo está mamá después de tu muerte y pocos indagan en cómo estoy yo, como si mi sufrimiento fuera un eco débil ilegítimo. Cuando lloro con gritos, cuando te intento hablar y hago fuerza para que mis palabras te lleguen y tu piel me abrace y me ataje con insistencia como ahora.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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