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Día 21. Estas son mis raíces

La consigna dice que tengo que escribir esto en un papel lindo, guardarlo en un sobre y ponerle una fecha, para abrirlo cuando crea que pueda necesitarlo. Me gustaría poner una fecha un tanto lejana, de acá a cinco o diez años, y ver qué pasa, dónde estoy en ese momento, si sigo en Buenos Aires, si tengo hijos, si qué. Mis raíces me retienen y a la vez me impulsan a dispararme lejos, bien lejos. Son calles y sensaciones, algunos rostros y la lengua, la mía que, como dice Andruetto, es mía y no sólo mía. Ayacucho, el queso en fetas de Celentano, los barrios como el Palermo de Carriego que narra Borges, los trabalenguas de Mimí y su frustración con mi torpeza al subir el tobogán, María Elena Walsh, tener el título bajo el brazo, eso es lo que importa, no te asustes con las zozobras económicas que acá siempre vivimos en crisis. El ladrillo de la pared del colegio en el banco donde me sentaba en 5to año, en el cruce de Thames y Guatemala, mirando periféricamente el edificio asimétrico de enfrente con las parejas que hacían el amor a escondidas, y el vendedor de helados atornillado en la esquina desde las cuatro y veinte. Esa sonrisa, nunca la pierdas, eso me lo dijo Luisito, y me sostiene en pie hasta hoy.

¿Qué hacer en tiempos de crisis? Escribir. Esa es mi raíz. La palabra, siempre, desde el relato oral, desde la lectura, en la escritura. Zambullida. No pares, seguila así, aunque pienses que no tiene sentido, aunque de cien palabras solo rescates media, no importa, escribir, con o sin consignas, cualquier género, leé algo y escribí tu lectura, ni se te ocurra parar. Cuando parás, tu mundo interno se desmorona y ahí es cuando dejás de encontrarle sentido a las cosas. Que no te asusten los argumentos vacíos de la gente que dice que lo que hacés no vale la pena. Aunque no publiques, aunque quede en tu página web, aunque no se desprenda de tu cuaderno. No te compares con el resto, hacé la tuya. Recordá que escribir es la camisa de fuerza que te mantiene dentro y fuera de este mundo.

Mis raíces. Las que ya dije, pero también otras que me anteceden, que son de mucho antes. El primer atardecer escrito del verano, y era hoy, pero también podría haber sido 1950, o 1920, Buenos Aires, sí, siempre Buenos Aires, eso sí. La casa, Floresta, la pared, el rosal, Hermann Hesse, todo lo que ya no es. Páginas amarillentas, libros enteros que crujen y se destartalan, el pasado mismo desarmándose en la superficie de los ojos. Polvo que circula y ondea, un polvo de otro tiempo, otro tiempo enquistado, hecho polvo. Polvo ese en nuestra mano, entrando en los ojos, en el poro: inhalando, entonces, tiempo envejecido, pasado; logrando, entonces, lo imposible, susurrarnos el pasado, insertárnoslo en pequeñas dosis, por todas las vías imaginables, bajo la mugre, el fragmento, lo ínfimo. Hay firmas, hay rulos, hay muñecas que son niñas. Hay caballos, hay campos enmarcados que ya, si son, no saben lo que fueron. Hay un Pedro de la fábrica, que era gimnasta entre semana; está Nineta, también Betty, está Pirucha y, también, el tío Menato (que era químico); y hay un tranvía y una tormenta. Una furiosa, de esas tormentas que vomitan sólo en el verano. Y era eso y ambos conmigo, y el cáncer en su asiento mental, y la ignorancia que lo cubría, y las manos, ya manchadas, y la risa, que salía natural, aunque costara, y la imagen, y el afecto, y la pelusa de una piel que era tan suave como un durazno, y la alegría de encontrarse con el lugar del que uno era, y Osvaldo operando en la mesa de su casa, y las tías, y Arlt, y las monedas primeras, y el encuentro, y el señalamiento de un amor que sería para siempre, y sesenta años y la casa de por medio, la casa cambiada, la que es ahora, la que era a esa hora, a todas las horas, pero que ya es un poco menos, y que pronto no será nada, será otra, será ya no más nosotros, no más yo los viernes, los viernes y toda la vida, la vida entera en el pasillo, traqueteando el veo veo, y Apelle, figlio d’Apollo, y Caperucita, y las clases de cocina, y todo eso y más, que era la felicidad andante, galopando a toda velocidad, conmigo a cuestas, y yo sin darme cuenta… o sí, sí, percibiéndolo, sabiéndolo con certeza, pero creyendo con el alma, ingenuamente, de a sonrisas, que, tal vez, que quizás, por alguna excepción del tiempo, de la física, de la combinación de los universos, duraría para siempre.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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