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Día 23. Cómo te parecés a tu mamá

En muchas situaciones, soy como mamá. A mi viejo lo reto cuando habla por celular en la calle (te podés caer) y le pregunto “qué estás tomando”, con el mismo tono materno, cuando veo que agarra algo de la caja de los remedios de su casa. Nos parecemos en que nos gusta desayunar en pijama y usamos medias con ojotas. Uso frases suyas, como que los días de sol la gente sale a pastorear o que a veces la calle Corrientes es una romería. Tenemos gustos parecidos: cuando era joven, a ella también le gustaba que le hicieran mimitos en la cabeza y que le rasquetearan la espalda. Camino igual que mamá (rápido, escapando no sé de qué) y tengo la misma proporción de picardía en la sangre que ella. Entro en pánico cada vez que un alumno se hamaca, porque siento que se puede abrir la cabeza.

Hacemos caras espejadas, como la cara del roedor. Soy muy curiosa (aunque un poco menos que ella) y lo más importante: a ambas nos fascinan las cosas dulces. Somos expertas catadoras de ciertos tipos de tortas y de chocolate. Qué reconfortante es pasar por la vidriera de una confitería, mirar con deleite las exquisiteces que se exhiben con vanidad y pensar: “mamá se sentiría atraída por lo mismo”. Con trabajo, tiempo y visitas a discípulas de Freud pude separarme de mamá lo suficiente. Me rehusé a pisar donde ella ya pisó, detesté la idea de ser un calco sin cicatrices propias. Sin embargo, cuando me miro al espejo, algo imperceptible y esencial me confirma que soy su hija.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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