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Ensayo la culpa de la escritura

Tecleo y borro

Tengo que escribir un texto “por encargo”, digámosle así, y me freno porque la autora es una amiga, Marina. Siento su mirada en cada palabra que tecleo y borro tecleo y borro tecleo y borro. Ninguna combinación tiene el tono que ella se merece. El párrafo que tengo hasta ahora me suena a palabrerío teórico, aunque ni siquiera. No quiero hacer un paper. No voy a hacer un paper de eso. Qué crueldad, reducir Tres truenos al formato ponencia, tan poco fogoso.

Hoy me puse a ver por YouTube una charla que Martín Kohan dio en FLACSO en el 2015, en el marco de un posgrado de escritura. El tema, el ensayo. Kohan, con sus remeras Adidas y su gestualidad que tanto me seduce. Me recuerdo durante el primer cuatrimestre del 2016, cursando Teoría Literaria II, la última materia que me quedaba, con la que me recibí. Lloraba, me cambiaban de medicación, me quedaba dormida en horarios arbitrarios, la vista se nublaba, no podía leer. Lo único que lograba arrastrarme hasta Puan eran los teóricos de Kohan, en los que hablaba de Benjamin, de la experiencia, de la cultura popular, de la academia y sus contradicciones.

Algunos de estos temas los trató en la charla de FLACSO: de manera súbita, fui habitada por el 2016. Me sentí y vi de nuevo empezando mi cumpleaños en la cama, llorando, escuchando “Hallelujah” de Leonard Cohen, esperando los “mensajes de las doce” que nunca llegaron, con ese Nicolás de fondo que no cortaba ni pinchaba, que aún así, con el solo hecho de existir, me ayudaba. Kohan me arrastraba a Puan, Nicolás a su PH de Devoto, y así me desparramaba yo por Buenos Aires, entre casa, el 132, Puan, casa, el 109, la calle Nogoyá. Los teóricos eran martes y jueves; los encuentros con Nicolás, los sábados. Me cocinaba, cogíamos, una noche charlamos hasta las cuatro de la mañana, la única vez que nos reímos a las carcajadas. Dormíamos como en un pijamada, en dos colchones de cama individual tirados en el piso.

Una tesis no tesis

En la grabación de la charla en FLACSO, Kohan, avanzada su exposición, habla del género tesis, de su carácter específico y direccionado: el tesista escribe un texto que van a leer tres personas. Tres (hace énfasis con la mano, el cuerpo y el tono). Cinco, seis, nueve años para escribir un texto que leerán tres personas. Imprescindible seguir los pasos: planteo de objetivos y estado de la cuestión. Desarrollo. Al final, conclusiones, bien predecibles, si concuerdan con los objetivos, tanto mejor. Kohan subraya lo ridículo de esto, la ficción que esconde esta metodología, a priori, tan alejada del discurso ficcional. Debemos llegar, luego de quinientas páginas, a una meta que ya conocíamos de antemano. ¿Para qué el proceso, entonces? ¿Qué lugar tiene la escritura en un discurso de esas características? Para Kohan, ella es lo que sucede en el medio, esa experiencia que nos lleva a no sabemos dónde, que se pasa por el cuerpo, que la academia sin quererlo (o no) termina anulando. Escritura y tesis, en este punto, entonces, se contradicen. La primera se abre a lo desconocido, la segunda clausura el azar. ¿Cómo escribir una tesis que se filtre, que evada los límites de su propio género discursivo? Es imposible. En rigor, posible, pero poco pragmática ya que sería desaprobada (como la de Benjamin, nos recuerda Martín).

¿La solución – entrecomillada-? Estar adentro y afuera, a la vez. Articular esa tensión, ser la bisagra entre esos dos universos, la academia y el resto de la vida, la tesis y la experiencia, el método aséptico y el cuerpo de la escritura. De este tema ya había hablado Kohan en uno de los teóricos en pleno junio del 2016, dictando clase en la Avenida Goyena porque la facultad estaba tomada. Recuerdo haber movido la cabeza con énfasis entre la frazada que me había llevado para cubrirme, mientras con las piernas abrazaba la mochila y con esa fricción atenuaba el frío: “Sí, sí, estoy de acuerdo con vos, Kohan, al fin alguien que pone en palabras lo que pienso, los papers deserotizan, mal, en los coloquios nadie se escucha con genuino interés, las preguntas son poses, lo único que nos importa es el certificado y la línea que ese papel va a ocupar en nuestro currículum”. ¿En qué momento la vida académica se convirtió en eso? Me relaja saber que existen docentes y académicos como Kohan, que se preguntan sobre el rol de la universidad, sobre los modos a través de los cuales difundir nuestras las producciones, sobre el tono de los papers, sobre su constricción y contradicción.

La culpa ensaya

Aún así, sabiendo que existen personajes como él, hay noches en las que no puedo conciliar el sueño por la agitación mental que la literatura me provoca. La escritura logra ponerme en crisis cada vez que pienso que le estoy agarrando la vuelta. Es un acto que, y esto lo descubro en este instante, a medida que escribo, funciona en mi psiquis a la manera de un tabú. Tiene un sabor prohibido, me siento culpable cuando lo hago, como me pasaba de adolescente cuando me tocaba. “Lo que decía Panesi en las clases de TyAL, amiga, la escritura como práctica masturbatoria”, me recuerda Mariano, cuando hablamos por teléfono a la vez que termino de escribir este texto. La excitación crece, se me entumecen las piernas, mi boca saliva, los pezones se ponen duros, estoy tiesa bien tensa, húmeda, relajada y contraída a la vez. Acabo (sí) una oración, un párrafo, un texto y me relajo, pero a la vez se activa la culpa agazapada, sale rizomática, en descontrol, me opaca. “¿Qué hacés escribiendo? Deberías sentirte avergonzada, no es para vos. ¿Quién lee esto? ¿Dónde está el rigor académico? ¿Dónde el trabajo con la ficción? Siempre escribís textos cortos, nunca algo extenso, te quedás en el fragmento, no tenés consistencia…”. Y siguen. Latigazos de flagelación.

Silencio la voz de la culpa por los próximos párrafos. Tomo sus acusaciones, me hago cargo. No tengo rigor académico, tampoco (hasta ahora) pude o quise escribir un texto ficcional más extenso ni configurar un cosmos coherente, con personajes, conflicto, cierta atmósfera. Me pregunto si esas son las únicas dos opciones válidas, ficción o paper. Repienso la charla de FLACSO, la traigo de nuevo a este texto. ¿Y si mi lugar fuese el ensayo? Como dice Kohan que dice Adorno, el ensayo como género literario a caballo entre lo objetivo del positivismo y lo subjetivo del esteticismo. ¿Y si el lugar está ahí? Adentro y afuera, un trabajo de escritura literaria no ficcional, de apropiación de los discursos ajenos para generar, en tanto crítica literaria, nuevas capas de sentido.

Horas antes de sentarme a escuchar la clase de Kohan, había estado explicándoles a mis alumnos, en una charla por videoconferencia, el concepto de intertextualidad. Hablamos de Bajtín, de Kristeva, del dialogismo, de la red de discursos en la que estamos inmersos. Cuestionamos la noción de originalidad. Pasamos a Borges y les resumí en pocos e irrespetuosos segundos la tesis de “El escritor argentino y la tradición”, texto al que, sincronicidad junguiana mediante, Kohan hace referencia en la charla. En ese ensayo, Borges también plantea el estar “adentro y afuera”: el escritor argentino se nutrirá de toda la tradición universal, esa será su tela para cortar. Rozo y coqueteo en mi clase con los temas en los que Kohan se explaya en la charla que hoy decido escuchar completa, que luego retomo en este texto, como si fuera una puesta en abismo, multimedial, infinita.

Concluyo

“Mis conclusiones están cerradas”. Así dice Kohan que terminaba sus intervenciones en congresos, en un gesto de rebeldía ante la tendencia de los participantes a dejar sus planteos sin concluir, en un juego de falsa apertura. Todas las discusiones tenían final abierto, lo que anula la posibilidad de hacer preguntas. Al no haber certezas o al menos semi certezas (imposible que nadie tenga certezas sobre nada, dice Martín), se desvanece de manera automática la posibilidad del debate, del diálogo, de la confrontación.

Un poco en honor a quien fue mi docente de Teoría II, otro poco porque tengo ciertas certezas –móviles- y porque disfruto de las preguntas, postulo una conclusión (¿entreabierta?). Escribir me genera culpa, sí, pero esta culpa no puede con el vicio. Al contrario, hace que desee con más furia el placer que se despierta en mi cuerpo con la experiencia de la escritura. No voy a confesar ante ningún otro escritor, docente ni crítico mi falta, ni voy a dejar de hacer lo que con tanto placer genero y me genera. Me hago cargo del acto de poner en marcha la palabra y generar sentido. A la culpa que se me dispara cuando escribo, la golpeo con una dosis aún más alta de escritura. Hasta que acabe.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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