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Es cribo

En “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, Borges dice algo así como que el destino se sella la noche que una persona sabe para siempre quién es. Prefiero hablar de propuesta, no de destino. De la propuesta arrojada hacia mi vida.

Ph.: Darya Kraplak on Unsplash

Las necesito y están lejos. No están. Es eso, no están. Inexistentes. Necesito ahora esa mano que baja pesada sobre mi pelo en un movimiento firme, con la determinación que sólo da el amor. Siento mi tráquea con angustia. Baja y sube, se agacha. Persiste. Trago y se abandona a las anchas en mi pecho. Para subir de nuevo. Tampoco va a dejarse vomitar. Quiere colonizarme, ahí en mi centro.

En este momento, la escritura suple a la palma sobre mi cabeza. Me dejo habitar, una vez más, por la literatura, que siempre viene a darme una mano. No quiero interrupciones. Quiero estar sola. Sola para invocar a las brujas de mi vida, esas que posaban sus manos hechizadas sobre mi cabeza. Si alguien toca la puerta, grito. Me aferro a los bordes de este escritorio, el secreter de una de ellas. Lo acaricio, acaricio su tapa de cuerina verde. Toqueteo los tirantes de los cuatro cajoncitos, meto la mano en esos compartimentos para papeles. En alguno, la mano se atasca. Me la retienen unas falanges transparentes. No quiero salir, el secreter contiene un mundo y urge quedarme en él. Parte de mi infancia está en este pedazo de madera y necesito esconderme acá ya para irme lejos, para irme con ellas. Corro la computadora más al costado y, mientras sigo escribiendo, apoyo mi cabeza, de costado, sobre la tabla, como si fuera una almohada, como si en esta pose habilitara las manos que pueden ahora contenerme.

Las manos no llegan, los muertos no vuelven. Recuerdo la frase de una de ellas, su promesa, la promesa de que iba a estar en mí cuando ya no estuviera. La escuché a los nueve años y no la entendí. Hoy la entiendo, no quiero escucharla. Me empaco en querer la presencia concreta, lo imposible. Con eso niego mi propia salvación, que está en mí. Cuántas veces nos negamos la solución a mano, evidente. ¿Para qué amago? Necesito la promesa. Sé dónde está, es cuestión de ir a buscarla.

Está en mí, sí, eso lo sé. Pero también en un lugar concreto. En una letra, en una frase. Escondida en un lugar que sé. Me da miedo ir a buscarla. ¿Y si no la encuentro? ¿Y si no estaba ahí, si lo imaginé? Sé casi de memoria lo que dice, la idea la sé de memoria, no las palabras ni la sintaxis. Sí la grafía, es la grafía de una de ellas, la que vi tantas veces escritas en notas dejadas al pasar, en largas cartas escritas a mano, en listas, en exámenes de práctica pensados con fervor. Porque quien dejó este mensaje que puede, esta noche, rescatarme, fue mi maestra.

Recuerdo que el mensaje estaba en un libro. Ella me regaló, por el 2008, Escribir, de Marguerite Duras. Lo leyó y me lo pasó. Tiene dos voces, la de Duras y su subrayado que es más bien un eco, una tridimensionalidad que me habla desde otro tiempo, desde la adolescencia. Hoy interpreto las marcas de este libro y de todos los otros que tengo de ella como otro mensaje en clave, como más pistas gratuitas desplegadas en prolepsis.

Interrupción.

Escupo a la puerta.

Dije que nadie podía interrumpirme esta noche. Estoy haciendo el amor con mi propio texto y eso no se espía, ni se corta, ni se posterga.

Decía que hoy veo que el subrayar los libros era su acto generoso, su puesta en escena de un mapa de coordenadas a veces contradictorias, desplegadas para mi futuro.

Además del subrayado, sé que en el texto de Duras hay otra modulación. La misma voz que el subrayado, otro timbre, uno con claro contorno. Hay una dedicatoria. A mí. A “mi corazoncito”. Esa soy yo. Es una dedicatoria que sé que necesito esta noche, pero que no me atrevo a buscar. Temo enfrentarla porque es una especie de destino. No, no un destino, ella no quería destino para mí. Es un arrojarme a algo. Una propuesta a arrojarme. Eso. “Alguien tiene fe en una, finalmente, y una escribe”, dice Camila Sosa Villada en El viaje inútil. Esa fue su propuesta. Escribí. Escribí que yo sé que vos vas a escribir. Va a suceder. Por más vueltas que le des, por más excusas que busques, por más permisos que quieras pedir, permisos externos para no animarte, para postergar. Vas a escribir.

Escribí. En imperativo y como constatación del pasado. Logré hacerlo, lo hago. Hace poco lo hago firme en mí, sin pedir autorización, solo para mí. Como esta noche, en la que lloro y escribo. Si no escribiese, llorar sería un pasamontañas de lana picuda en mi cuello. Como escribo, llorar es solamente algo que pasa. Algo circunstancial, algo que se vuelve incluso exploratorio. Una punta más para cincelar con la escritura.

Sé que esa dedicatoria está en el libro de Duras. La semana pasada pensé en este libro, empecé a buscarlo y me convencí de que lo había perdido en mi biblioteca. Revisé cada estante, cada sección por color, la sección blanca y la negra y la mezclada (es una edición de Tusquets, de las de cuadrados blancos y negros) y no lo vi. Dije. Lo perdí. Hice perder el libro que contiene la propuesta de mi vida. Dije después. Está en lo de mamá. Ahí lo busqué sabiendo que no iba a encontrarlo. En el fondo, siempre supe. Supe que no estaba perdido en la biblioteca, supe que estaba incrustado en el estante correspondiente, en la base. El primero (o último) de toda la columna de libros puestos en horizontal, la columna de la derecha, al borde del estante. Lo supe cuando lo busqué por primera vez. Tapado por la base de un marco de fotos. Aunque había corrido el marco, justamente corrido, no sacado. Para quedarme con la falsa tranquilidad de haber buscado, cuando en realidad sabía que estaba ahí. Solo que no me atrevía a encontrarlo.

Ayer saqué el marco y lo vi. En la base, Escribir. Vértebra de mi vida sin la cual esa pila de libros no se sostiene. No me animé a sacarlo, sí le eché una mirada fija. Procuré hechizarlo, pegotearle las páginas para que no se abriera. Es inútil. Sé que se va a abrir cuando lo agarre, apenas lo tome con dos dedos ya va a empezar coletearme con sus hojas. Me va a estampar la primera en la cara, esa en la que está la dedicatoria de ella, una de las brujas de mi vida. Dedicatoria que necesito leer para confirmar, pero que sé de memoria. Una frase leída por primera vez en 2008, no comprendida, asimilada de a puntitos, como con un punzón.

Esa frase en tinta azul que tengo que leer sí o sí esta noche. Para dejar de llorar y para asir la consigna arrojada como estribillo sobre mi vida. Esa frase que esta noche podré colgarme en el cuello latente, esa frase que hoy va a hacer de manos que se posan en mi pelo y me recorren, la frase que me va a sostener la cabeza firme mientras el vómito de lo nocturno cese. Esa frase que hoy tengo que releer para mañana volver a sentarme frente a este secreter y hacer lo que hice en estas tres páginas. Esa frase que me deja sin excusas, que se resume en tres sílabas, en mi cuerpo volcado a la palabra.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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One Comment

  1. Graciela Rodríguez 31 mayo, 2021 at 11:08 pm

    Escribir, no como destino sino como sentido, para finalmente ser quien en verdad somos.

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