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Escribir amistad

Escribo sobre lo que leo. Cuanto más lo hago, más reafirmo ese lugar enunciativo móvil que configuro con cada nueva producción. Cuando de lo que escribo es de un texto cuya escritura acompañé de costado con la amistad, los dedos tipean al ritmo de algo que se parece mucho a la plenitud. Pasen y lean.

El texto salta de lo escrito a la oralidad. Se me escapa de la boca como un pez recién tomado del agua, fuera de control. Las palabras salen de mi boca suaves, con cierto ímpetu contenido, con el impulso del primer tirón que las arrojó a la página y que ahora las descalca y obliga a pulular por el aire. El texto al aire y la gente escucha y mira, el texto al aire se moldea entre las copas de vino, los vasos de cerveza y las cabezas reclinadas. El texto quiere entrarle a la gente entonces se entona de maneras pícaras sin que yo lo busque. El texto le sonríe a mi amiga, mi amiga que está a mi derecha, mi amiga que escribió la novela sobre la que mi texto habla. El texto se desprende de mí, lo entrego con parsimonia. Pasa mi texto, pasa la noche entre charlar con personas que no conozco pero que me caen muy bien. Vuelvo a casa con la noche pegoteada por restos de lluvia, henchida de emoción de haber soltado, una vez más, sentido al mundo. Y en esa me estoy duchando y siento que el texto vuelve, viene a mí, recorre todas las cuadras que hay desde Río de Janeiro hasta mi casa y se me cuela en la cortina, entre las gotas. El texto ya no es mío, es del encuentro, y aún así quiere volver a la página. No para clausurarse, no. Para asentarse en una fijeza móvil, para volver a aletear en otras miradas. Me duermo custodiada por el espectro textual y hoy llego del trabajo y lo primero que hago es pulir algunos detalles, escribir esta introducción que sirva de marco y subir lo ayer recitado a esta página lábil que es la web, para que siga aleteando, para que más ojos se crucen con la invitación a leer la novela de mi amiga, para que mis palabras no se callen y regurgiten una vez más su pluralidad.

Río de Janeiro 28
22 de septiembre de 2021, 20:00 hs

Hablar sobre la novela de una amiga es difícil. Más si es la primera novela. Más si es una amiga con la que lo que te cruzó fue justamente la literatura. Voy a intentar delinear acá algunas palabras acerca del texto en torno al tiempo, que, creo, es algo que la novela explora y problematiza al seguir a Alejandra, la protagonista. No es un análisis literario, ni una reseña, ni una crítica. Es un comentario, un recorrido de lectura en torno a lo que más me llamó de Pasajera en tránsito que es, justamente, el tiempo. Para eso, me interesa compartir con ustedes tres pasajes del texto para no hablar en el aire. Partir del texto, lo que siempre hacemos quienes analizamos literatura.

1.Veintiséis años

“Una hora después, Alejandra se descubre mirando una página de ventas de pasajes aéreos. ¿Con escalas o sin escalas? Sin. Su espalda y sus piernas ya no están para dos despegues, ni siquiera para uno. ¿Y para qué? ¿Por qué? ¿Qué delirio se le pasó por la cabeza? Mira el diario, el testamento, los libros y las páginas que escribió cuando se dio cuenta de que no iba a poder dormir. Debería abrochar las hojas nuevas al diario, pero no, porque después de todo no pertenecen al recuerdo de la Alejandra de hace veintiséis años sino a la de ahora, la vieja, la que ya no está segura si recuerda bien o no lo que pasó ese día […]” (p. 55).

En este punto del texto, es Alejandra decidiendo ir a España. El tiempo es crucial en la decisión, el tiempo que se teje en relación con el cuerpo y con la escritura (o con el cuerpo de la escritura). Varios aspectos me interesan de esta cita, aspectos que pueden funcionar como claves a la hora de leer el texto. Alejandra mira las opciones de vuelos y eso, el tiempo de vuelo, la hace reparar en su cuerpo. Un cuerpo que la novela revisita, un cuerpo que el personaje compara muchas veces con su cuerpo de antes. Un cuerpo real, que transpira, que patina en sandalias al ir a cambiar dinero para su viaje, que se siente aprisionado en vestidos ridículos en un casamiento un poco absurdo, que desea. En la cita es el cuerpo presente frente al cuerpo de hace veintiséis años. Después de esa reflexión, se pasa a los textos escritos. Diario, testamento y libros: son tres los objetos que involucran a la palabra y que en esta novela vehiculizan el pasado y proyectan futuros al ser revisitados. La palabra escrita con el peso de la ley (el testamento), la palabra escrita que funciona como un espejo invertido (el diario), la palabra escrita por otros, dejada por el padre como legado en clave al hermano, incomprensible (los libros).

Alejandra veintiséis años después, escribe. Vuelve a escribir y se pregunta qué hacer con esas páginas nuevas. “Debería abrochar las hojas nuevas al diario, pero no, porque después de todo no pertenecen al recuerdo de la Alejandra de hace veintiséis años sino a la de ahora, la vieja, la que ya no está segura si recuerda bien o no lo que pasó ese día […]” (p. 55). Dos Alejandras, dos escrituras. Si no se anexan, se pierden. Si se anexan, son falsas, el recuerdo se resignifica, el diario se extiende y podría hacerlo infinitamente. Se ponen en juego dos tiempos, dos recuerdos. Alejandra está tentada a escribir sobre lo escrito, a armar un palimpsesto, a escribir sobre el recuerdo.

En este sentido, en la novela se suma un tercer tiempo, el proporcionado por las notas al pie. Estas nos huyen hacia adelante, retacean información, marcan grados se satisfacción. Reescriben lo escrito y lo (re)escrito. Muestran que una capa más de reescritura es posible.

2.Hay momentos de la escritura

Al hacer la valija para irse a Madrid: “No hay momento ni tiempos –y esta vez, escuchar esas palabras, escucharse, la reconforta- no hay momentos perfectos” (p. 68).

El tiempo es un obstáculo, Alejandra reflexiona sobre su edad, sobre lo que pesa eso, hasta que decide irse. El viaje es también una apropiación de ese tiempo ajeno, que parece digitado por otros, marcado por otros que dicen hasta cuándo hay tiempo o en qué momento se es tarde para tal o cual situación. Alejandra se reconforta cuando con el viaje parece diluir el tiempo. A su vez, la paradoja: va a encontrarse con su pasado vívido. El diario del cual no se desprende tampoco en el viaje funciona como brújula temporal en esas ciudades europeas que recorre.

3.El tiempo después (de la escritura)

En Europa, Alejandra va a la presentación de un libro. Cito: “Alejandra se pregunta cómo será no sólo leer frente a otros, sino publicar un libro y que otros opinen, señalen, critiquen, hablen sobre eso que uno sacó de sí y lo puso ahí para que otros opinen, señalen, critiquen, diseccionen. Sin dudas esa debe ser la mayor razón para publicar, porque si no, ¿por qué no guardárselo para uno? ¿Por qué esa necesidad de exponerse frente a los otros para que opinen, señalen, critiquen, diseccionen y hablen sobre quién es uno?” (p. 141).

Traigo esta cita por dos motivos. Uno: nos habla del momento presente, de la puesta en escena que estamos llevando a cabo ahora, esta presentación (aunque Nuria no quiera llamarla así)/ festejo de la escritura. Confieso que tomé esta cita como modelo para entender qué no hacer en esta presentación. Nuevamente, el texto inmiscuyéndose, integrándose con la vida. El texto pauta que esto no va a ser ni una opinión, ni un señalamiento, ni una crítica, ni una disección. Es más bien compartir e invitar a la lectura.

Y esto me lleva al segundo motivo de la elección de esta cita. Nuevamente, pone en juego la cuestión del tiempo. El tiempo del después de la escritura, que es el tiempo de la lectura por otros y otras. Aquel momento incontrolable en el que el texto se escapa, empieza a trajinar como máquina de sentido que es y empieza a generar mundos en quienes leen. Así el diario de Alejandra que vuelve para releerse, así Los que aman, odian, el libro que vuelve del pasado. Así la historia de Alejandra que es glosada por las notas al pie que ¿anticipan? ¿ficcionalizan? su futuro.

Pasajera en tránsito nos pone de cara frente al tiempo, esa es la lectura que traté de compartir hoy. Estar en tránsito no es solamente hacer una escala entre dos puntos en el espacio, es también apresar la ficción de poder detener el tiempo, de abrir un paréntesis. El encuentro con su diario es ese paréntesis que se abre de manera fortuita, forzosa en la vida de Alejandra para revisar sus elecciones, reflexionar sobre sus vínculos y reencontrarse para construir futuros posibles. La lectura de esta novela nos deja a quienes la leemos también como pasajeros y pasajeras en tránsito, abre un paréntesis en nuestro propio camino de lectura y, por qué no, nos comenta, nos glosa, nos lee en espejo.

Sobre la edición:

Rodríguez Cartabia, Nuria. (2021) Pasajera en tránsito. Buenos Aires: Azul Francia.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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2 Comments

  1. Gracias, amiga, por este texto, por haberme acompañado ayer, por estar ahí al lado. Gracias Gracias.

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  2. Da ganas de leerlo!

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