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Esquivo el final

¿Quién diluye los contornos del juego, los caduca? El error tal vez no sea el tipo de juego, o su falta o abundancia de reglas. El error, lo sé, fue olvidarnos de cómo seguir jugando.

Por supuesto que las actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas,
porque nos hubiéramos cansado en seguida.

Estoy en clase y escribo. Tendría que tomar notas en el archivo que abrí para este seminario, pero llama otra textualidad. Sutil, como un insecto imperceptible e insistente. Me cruzo de archivo, con la deferencia de dejar la miniatura de la clase a mi costado. Un grafo contamina mi escritura, rodeado de tecnicismos en modo Power Point. No me animo a irme del Zoom. Coqueteo con el multitasking, que nunca fue lo mío. No silencio la clase. La pongo en un volumen mínimo, volumen zumbido de mosquito en una noche de calor. Encima, un bandoneón. Encima, la escritura, porque todo se trata de eso. No es “encima”. Es “en medio”. Porque el zumbido entra al bandoneón y sale en escritura, que a la vez se mete en el fuelle y deviene resto de mosquito. Nada es estanco.

Podría nombrarte en el archivo, no lo hago y sí nombro el archivo en vos. Te copio en mi letra. Ayer soñé con N.. Tocaba el violín en una sala del hospital de Clínicas con unos borcegos cancheros de pespunte, negros, y una remera marrón, la misma que tiene en su foto de Whatsapp. Marrón y negro no combinan. El color marrón deprime. Sentencias de la casa de mi infancia. Arbitrarias, como la mayoría de las prohibiciones de mamá.

Nos pienso en una ficción leída catorce años atrás. Debería releerla para hacer de esta analogía una bien construida, atinada. Prefiero por una vez no caer en el vicio de la relectura y mecerme en la visión con catarata del recuerdo, que es en el fondo otra tonalidad de la ficción. Soy Leticia (¿se llamaba Leticia?) jugando a las estatuas, soy esa nena quedada en un gesto caduco, desubicado. Tu mirada ya no se posa en mí y la pose vence. Froto la fecha de caducidad grabada en la estatua para modificarla, dilatarla un poco. Ceso el movimiento: está que hinca, remarcada. El juego vence, veo tu nuca que marca la diagonal de una mirada en la dirección opuesta. Mi equilibrio en una pierna no es ya proeza, deviene mueca frente a las vías de nuestra correspondencia trunca, donde solo llega aquello que ni puedo imaginar.

Formo una T con brazos, una P con pata de pantera. La pierna se me acalambra, esta pirueta me cuesta cada vez más. Soy una alta de músculos acortados y andar en una pierna cansa. Para entretenerme, capto bellezas ajenas. Recibo novedades de otras partes del mundo. Me hacen chistes, hago torsión de cuello para escuchar que me cuenten que esperan el primer avión para cruzarse hasta acá. Que lo primero que hacen cuando se levante todo esto es comprar un pasaje a vos. A mí, eso dicen. No les creo, son cosas que todos decimos. Si las decimos es porque no suceden. De lo contrario, se hacen. Y punto.

No como lo nuestro, cada texto una estatua a medida del otro. Una mímica de lo que nunca nos atrevimos a hacer, abrir el telón y ver qué pasaba en el fondo. Sé bien qué pasa en el fondo, sé cada línea de lo que pasa tras mis bambalinas, lo que dudo es que vos sepas quién habita las tuyas. El pliegue del telón nunca cede, o si cede es para expandirse sin llegar a rasgarse, así como me hincho cuando te escribo, así el pliegue general del deseo donde poso la mirada de mis actos cotidianos. Digo ahora sí y entro, espero que la tela se desgarre, que en algún momento sea abrupto y un basta, una patada en la nuca que desarticule mi pose, un síntoma que marque que el peso es demasiado, que la tela no aguanta, que el escenario quedó al descubierto.

No sucede. Hago acrobacia y la tela se hace aún más larga, suave, simple y acordonada, la hago tobogán, la hago media donde me embrollo, la hago capullo de mi no querer despertar, me enrosco mientras vuelo e imagino rostros, tu cara, siempre, aunque sumo otras porque como te dije me voy acalambrando y al menos el cuello debe permanecer móvil. La tela es ya telar y es dócil, me deja combinarla y peinarla, comb es peinar en inglés, peino y en otra lengua combino, mezclo ojos, cuando me aburro del tuyo paso a otros pares, hasta me atrevo al más absoluto denegado, ese que me condeno a pensar, porque no me queda otra, porque lo rasguño con la garra de la Ley. Ese que prohíbo, al que le tiro mis años de análisis encima para taparlo, rebobino represiones y las estrolo ahí, encima de ese amasijo innombrable para esconderlo en un pliegue, en una combinatoria que lo tape. No funciona, resalta, él así él, así él irreverente, es la bolsa de arena que me cae en el estómago, que pende de mi deseo y que viene a corroborarme que mi intestino sigue siendo la serpiente de la censura. Trato de tragarla, pero con la arena no, la arena es para la caricia sensual entre los dedos, la arena no fue hecha para espolvorearse por la garganta, la arena rechina en los dientes, aún si intento deglutirlo él va a lo sensual, recorre mi piel y me vence, se hace pozo para acogerme y desde la profundidad entrar a mí. Así la tela es ya una hidra a la que trato de cortarle los flecos desmedidos sin sentido, sin resultado certero. Los rostros censurados se multiplican y la libertad expresiva del telar es casi abominable, es una sábana blasfema que se enrolla en mi cuello en el medio del escenario en negro. Parada en una pierna, la sábana inmóvil recuerda mi frágil condición de yeso. Un aire, un sacudón, la sábana jala del cuello, la visión deviene poliédrica, fracturada. La carne se recuerda estatua quebradiza suspendida en la asfixia.

La videollamada cae, decimos cae aunque sigo firme, aferrada con una pierna a la escritura, con la tela de collar. La misma clase me expulsa, la misma maestría sabe que no es importante, me eyecta y me tiene meciéndome en el texto, en ruego activo de estatua, en dedos que picotean la palabra para darle una nueva forma. Si escribo para mí, aún parada en una pierna. Si es tan fuerte la búsqueda de tu mirada que hasta el deseo me expulsa de la academia y me deja abierta a la palabra-delirio, palabra-valija que estructura mi médula en esta pose. Puntúo de manera final como quien cierra un equipaje para migrar a vos. Trago con mis ojos el texto-bastón que me equilibra, el molde al que me adecúo para aguantar siendo estatua. Equilibrista en tus vías, espero que pases y me leas. Juego a que te escribo para esquivar el final.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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