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Fija la urgencia

Algo urgente se escribe y pierde así la inminencia. Implosiona si no se vuelca a la palabra. Escribo lo urgente a riesgo de hacerlo conserva seca y legible.

Para alguien que a veces camina por un escenario

Ensayo laur
gencia.
feteo palabras
para quea

en teoría
la idea forme
se amalgame
salga

pida
con poca psiquis
dosis mínima de razona/


miento

si te digo que me tenés colonizada y también si te digo que no estás en mí. Es algo intermedio inexplícito, por esto ensayo la urgencia, intento sacarte como estorbo, mínima partícula de algo que existe en mí pero que se diluye y luego vuelve brillante, un brillante medio berreta, de chuchería de todo por dos pesos que igual encandila.

Así con urgencia hago el camino que me deslleva a casa y así también paso por un gimnasio y de mi izquierda se alza la cara de un director de teatro importante en la ciudad y esa cara es tu cara, el rostro del que dirige y que ahora no está en tablas ni siendo entrevistado en pose intelectual. El rostro del director ahora transpira y estalla de rojo, la panza le tiembla, la remera negra arratonada se escurre por la cinta caminadora y mira a lo lejos que no es muy lejos, el lejos que el edificio de la cuadra de enfrente habilita, ese lejos, y ahí en esa cara piensa en cómo el teatro de la vida pasó a ser eso, cómo Macbeth camino al muere tenía razón y todo se reduce a a tale told by an idiot, imagina cuál será el idiota que en otra dimensión cuenta la historia del gran director de teatro que pasa sus mañanas en una cinta caminadora de Palermo, que viste harapos que contrastan con los conjuntos fit de las señoras y los chicos de Palermo lucidos en el gimnasio como en la Martín Coronado. El director de teatro mira adelante al otro edificio o al costado, no vaya a ser que alguien pase y lo reconozca desudándose en esa mueca de atleta destartalado, en ese tobogán que es la cinta caminadora hacia abajo, no vaya a ser que lo encuadren y comparen esto que es ahora con su foto en la tapa de la sección de espectáculos del diario con más tirada del país, esta máscara pegote, estallada en sudor y en basta, en flotadores que necesita cancelar, en colesterol reductible y de repente toda la historia se reduce a eso, a una caminata en picada por una cinta que se mueve en automático.

El director toma confianza y hace un paso vivaz, como si caminara por la escenografía de una de sus obras, pero en el fondo está pendiente, muy pendiente del cablecito amarillo que pende al costado de la pantalla de esa cinta que marca pasos y calorías y tiempos, de ese cablecito que el pibe amable del gimnasio le dijo que tiene que tirar si en algún momento trastabilla o siente un agudo dolor en el pecho o una daga que le atornilla la cabeza o si solamente siente que ya no puede respirar, él solamente jala de ese cablecito y cae, caerá con urgencia porque la cinta se detiene de golpe y verá su cara rota como un cuenco percudido en el medio del gimnasio de Palermo y ojalá que no lo vea ninguno de sus alumnos ni ninguno de los intelectuales que siguen sus puestas ni los críticos a quienes siempre hay que tener del lado de uno para ser alguien en el ambiente.

Y pienso piensa quién será el idiota que imagina que la vida es eso, el idiota que cuenta en otro escenario que la vida es un tipo transpirado mugroso preocupado por colesterol y glucemia, un tipo relleno de la angustia de valores abstractos en sangre, un tipo que dirige los cuerpos y la palabra de otros pero que acá solo suda y es dirigido por la velocidad de la máquina que obliga su paso. Un tipo que no asoma su mente al acantilado de ausencias, esperas, desarticulaciones o desencuentros como hacen los personajes a los que quiere resucitar por medio de los actores que dirige.

No. El idiota que muestra al tipo presenta en su escenario que la vida es la lucha del hombre por un físico saludable mientras yo paso de costado por el prestigioso director de teatro que ahora no prestidigita nada más que sus piernas en el intento de que coordinen, el director que ya no tiene actores a quienes agarrar del cuello como marionetas y paso y veo ese rostro y te veo, como si las facciones del hombre que camina en la cinta, en puesta de escena ajena, fueran una fusión directa a tu cara. Y veo a ese hombre y te pienso y siento con urgencia la necesidad de contártelo, como si a su vez algún idiota estuviera desarmándome en movimientos. Como si mi cuerpo fuera solo un médium para mostrarle a un público que desconozco que la vida es ver un rostro, recordar un cuerpo y debatirse entre la urgencia del intento por recuperar la lengua perdida de nuestro sexo o dejar al actor transpirado deshidratándose en su cinta y pisotear ese trazo deshilachado que aún podría unirme a vos.

Entonces la urgencia la escribo, la condenso en diez minutos de golpeteo rabioso en el mismo teclado que alguna vez tecleaste con tus dedos una tarde de enero o febrero en mi sillón queriendo mostrarme algo, una puesta que habías hecho de Sarah Kane, no recuerdo si era Crave, o Blasted, o 4.48 Psychosis, me mostraste eso y para hacerlo te sentaste acá donde estoy ahora y pasaste tus manos por mis letras que no son otra cosa que mi cuerpo. Y escribo en el mismo teclado y siento que toco algún punto que llega a vos y quiero llegarte con la urgencia, con la misma urgencia con la que el director pisa la cinta, con la misma verborragia con la que el idiota cuenta que la vida es esto o esto otro, con esa urgencia termino de teclear y subo este texto y te envío el enlace para que me leas y corras en tu lugar, corras fijo a tocarme en la cinta de tu rutina hasta hacerme borrosa por tu caricia imaginaria.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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