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Hamartía

La previa al texto es una mezcla encapsulada. Se hincha, pesa tanto, descalabro. Algo llega y hurguetea en el mecanismo. Sale un texto.

«¿No tienes ganas de hablar de eso otro?

¿O a lo mejor sí quieres, pero no sabes cómo?»

El lector

Caigo en las manos en cuenco de la escritura. Manos hechas con palabras, palabras que forman el surco de lo que necesito decir, que me ahuecan, que hurgan ese extra que crece purulento en algún lado cerca de mi esternón.

Ahí me quedo mecida en un relajo inoportuno, porque si caigo en la escritura no es para relajarme, es para confirmar esta ataraxia que solamente puede salir en modos de palabras tenues que alteren lo menos posible el falso equilibrio de mi organismo. Así el cuerpo piensa que hay quietud imperturbable y en realidad hay unas falanges eléctricas que pulsan nodos sensibles para despertarme y darme vuelta y dejarme del revés. Es lo que necesito y duele, es lo que debería haber hecho hace días y no pude, entonces me dejo acá ahora a merced de lo que encastren estos dedos insurgentes y que salga y me desinfle en este vínculo de bulimia verbal que tengo con la escritura.

Y me hinché y el primer paso es entonces perforar esa costra tenue de color espectro que alimenta mi mirada imperturbable. La uña afilada con el revés de la escritura, perfora, se clava como quien blande un cuchillo en la oscuridad contra un empapelado de flores y así, con esa dulzura de terciopelo tan precisa, me pincha y sale sin aforo una pertenencia que es mía pero no solo mía. Salen voces y charlas y miradas y metáforas y errores y desprendimientos y lecturas que necesitan ser desplegadas acá para ver si logro sentirme más liviana y recupero un poco la movilidad en atrofia.

Si de estos tres párrafos logro sacar una combinación que valga, que mínimamente me haga seguir creyendo que en la literatura hay algo para mí, o mejor, que puedo horadar apenitas el lenguaje, acariciarlo, para dar con una torsión milimétrica nueva, si es solo una la que sale, pero sale, entonces despertarme está bien y es correcto y nuevamente compruebo.

Compruebo que escribir es el error que me calma (aunque leer me calma más), que cuando me echo en las palabras mi cabeza se hamaca en una inclinación lo suficientemente arriesgada como para sentir que está bien seguir manteniendo los ojos abiertos.

Miradas que me acompañan, eso también sale en descontrol, ojos que me siguen, que se abren y cierran y me dejan en oscuridades intermitentes como lucecitas de fiesta en declive, de fiesta a las cinco de la mañana, con restos alcohol y el piso pegoteado. Más sale de esa burbuja ósea pinchada por la uña que examina, sale algún tumor verbal violáceo o verde al que adjudicarle mi sopor de estos días.

Sale más, y lo enumero como salga.

Un poco de enojo cuando de un fragmento de literatura compartida [con mi subrayado y todo] se hace un like, una story, una alguna otra cosa que no entiendo, dado que elijo quedarme afuera.

Miedo a que no me salga pensar que dar el salto de confianza que la vida me pide puede salir bien.

Tres charlas y un intercambio escrito que me ecualizan.

Tres charlas que me permiten usar un verbo que leí en una novela de María Gainza y que siempre morí por usar.

Tres charlas que me hacen querer expandirlas hacia todos los múltiplos de tres que existan.

Pereza de decidir. Conciencia de que hay un plazo, de que decidir tiene otra faceta que no suena tan empoderante ni cautivadora.

Decidir puede ser sacarse un pellejo lento y ver cómo la piel se pone roja y al segundo sangra.

Dolor por un silencio extendido que ya es probable que no haga más eco. Un silencio que me dejó tirada en un rincón como fiera descuajeringada. Un silencio doble, con memoria de hace cuatro años. Un diluirse que me lleva de nuevo a un lugar que no quiero estar. Por eso me corro, enojada.

Abstinencia por un cuerpo fugaz. Dejar un cuerpo debe ser como dejar de fumar o de drogarse. Día a día sin buscar ese cuerpo. Estallar en espasmos hasta que se pase. El día 21 todo calma. 21 días me dijo una bruja que tarda el cuerpo en desintoxicarse. Pasé el umbral pero en noches como esta, en la que escribo contra una pared con un vestido cargado de memoria, la célula del deseo despierta y mi cuerpo busca el tóxico que lo haga delirar. Destrucción. Me detengo. Tecleo más fuerte.

Tres charlas. Ojos que me miran y una demanda. Alguien que me hackea todo el tiempo. ¿Vos creés en el destino? Que pregunta y comenta y roza mi equilibrio de trapecista ebria. Alguien que no se da cuenta hasta qué punto me desarma. Toca una pieza más y me le desplomo errónea encima.

Una lectura del Tarot. Un loco que está hecho fuego, bien manija, que quiere, que me dice: “tirate”. Un mago que baraja los recursos, la varita, los polvos, que es alquimia, que sabe que puede, que con un pie mira al pasado y con otro al futuro. Una maga malabarista que sabe que puede pero que insiste en preguntarle a la voz del mundo (voz que quiere que la maga se pegue a la tabla de la mesa y se ate como un matambre insulso y domesticado). Una maga que no sabe por dónde empezar a reencauzar su magia. Un emperador que posa su cetro y pregunta LA pregunta que no me deja despegarme. Un emperador al que tengo que dejar tranquilo porque de lo contrario no voy a poder desprenderme. La rueda de la fortuna que quiere ya acción pero no se sabe, no se sabe para dónde va ir el giro, una rueda sobre el agua, firme en su dinámica pero temblequeando en un oleaje rabioso. El loco, un loco que camina con su bolsa y confía en la vida. Es este el personaje que acciona la manija de la rueda de la fortuna. El primero, es el uno, con una fiera en las piernas. ¿La fiera me ataja? ¿La fiera me empuja? Elijo creer que me empuja, aunque sé que me sujeta. Es la razón emperadora que no quiere que salga a incendiar el camino con la magia del no saber, de esa intuición sin pruebas pero sin dudas.

Otra lectura, la de Bernhard Schlink, que busqué para atenuar cierta incomodidad. Salí del trabajo y enfilé para los puestos de Plaza Italia y compré el libro en el 33 y ahí mismo en la rotonda le saqué la cobertura de plástico y hojeé y hojeé mientras pasaba por el Botánico, por Armenia, por Malabia, trazos que necesitaba como “la acción no se limita a llevar a cabo lo que he pensado y decidido previamente. Surge de una fuente propia, y es tan independiente como lo es mi pensamiento y lo son mis decisiones” o “Leía su cabeza, su nuca, sus hombros” o “Pero la lectura era mi manera de dirigirme a ella, de hablar con ella” o “una invitación a olvidar el mundo dentro del cuerpo”.

La uña escarba hasta acá, dice listo, dice que la descarga por hoy es suficiente. La uña apretuja este texto en el hueco del esternón que ahora es cicatriz sobre el hueso, un hueso herido. Ahí fermenta el texto y a mis huesos vuelve en una transfusión de palabras, vuelve mi estar en el mundo un poco más ordenado, aunque aún soy rabiosa y errante. Vuelve la palabra hecha texto ya no tan incomprensible y se dedica con ahínco a la tarea de estructurarme de nuevo.

El huequito en el esternón simula que se cubre y sana. Su estructura escoliótica habilita un milimétrico espacio por donde de nuevo, en unos meses, pueda suceder el desborde.

Un hueco siempre queda,
invisible al mundo,
palpable para mí.

Ese hueco donde acumulo lo que me duele y descalibra, lo que me sacude, lo que me revienta de placer.

Ese hueco que se volverá a llenar en unos días o semanas,

ese hueco que mi dedo volverá a escarbar para poner en órbita en un texto,

ese hueco en el que voy a caer para poner en paréntesis al mundo,

ese hueco que me pierde y me funde en la literatura.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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