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Julia

Una amiga. Una recomendación. Un libro. Una lectura. Un texto para ella.

julio 2021

Hace dos noches me acuesto muy tarde. Es porque leo. Leo uno de esos libros que me hacen quedarme despierta hasta dos, tres de la madrugada. Esos libros que da pena soltar y dejar en la mesa de luz por el miedo a olvidar tanta belleza de la noche a la mañana. A la vez, imposible que se borre. De hecho, el libro impregna mi sueño, queda entre las sábanas, custodia mi dormir. Es un libro que me recomendó una amiga, en mayo. Dos meses después lo compré. En dos noches de julio lo terminé. Anoche pensaba en el libro y en mi amiga. Pensaba en que le debo un texto a cada uno de mis amigos y amigas. Entonces empiezo por acá, por este libro y esta amiga, Julia. Que fue camino hacia el libro que necesitaba leer en este momento. Un momento de mucha soledad. Una soledad a veces triste, otras pausada, cautelosa.

28 de mayo 2021

Ju

(IMAGEN)

Amiga te recomiendo
No lo terminé, pero lo empecé hace un tiempo, me hizo acordar a vos y lo retomé ahora y de nuevo me remitió (emoticon de personita con manos a los costados, palmas hacia arriba).
-lo dejé por laburo, no porque no estuviera bueno-

Yo

Aaaaawwww
Re
Lo pongo como prox
Cdo vaya de compras
Q te recuerda a moi???

Ju

El lugar que ocupa la literatura en su vida y cómo escribe.

Yo

Emoticon de carita feliz con tres corazones alrededor

Decía que en solo dos noches leí este libro. Lloré leyendo este libro. Me sigue sorprendiendo cómo los libros caen en el momento en que los estoy necesitando. Son libros que me hablan, que hablan de mí lo que necesito saber, lo que me escondo, lo que magnifico, lo justo. Que me espejan o que me deforman. Que me tranquilizan o me inquietan. Late un corazón, de I Acevedo, me hizo llorar reír querer abrazar querer besar querer escribir escribir mirar por la ventana a la ciudad. Me hizo pensar en cada uno de mis amigos y amigas. En cada amor. En cada uno de mis sentimientos, porque el texto reivindica el sentimiento y la posibilidad (y el derecho) a escribir lo que nos pasa, por el cuerpo, por la lengua, por la vida. Cito acá pasajes, no todos. Algunos me dejarían muy en evidencia en relación con cuestiones que me atravesaron este año. Y no sé si quiero evidenciarme tanto. Prefiero velar. Será este texto un ida y vuelta, del texto a mí a Julia a algo, de lo más bello y difícil, que me atravesó este año.

13 de agosto 2021

Escribir

“Llega la noche y trazo acá mi consuelo. Acá parezco escapar. Este espacio; la literatura es, antes que nada, espacio. Es necesario este espacio para ponerme de pie, o, al menos, eludir el dolor” (p. 104).

Me cuesta no escribir de noche, es forzado. Ahora son las cuatro y veintisiete de la tarde, un horario antiescritura. Un mes antiescritura tal vez, agosto, mes de frío, de duelo. Aunque por ser de duelo, un mes habilitado en especial para la escritura. Un mes en el que todo me cuesta más, incluso escribir. Agosto es eso. Cuatro veintisiete, un horario para mirar las plantas del balcón, para estar en algún afuera, con el cuerpo en despliegue, no para el replegarse corporal que implica la escritura. Porque cuando escribo me voy doblando, es instintivo, la pierna la cruzo, como ahora, la cabeza la tuerzo y el hombro izquierdo sube y voy corcoveando cada palabra. Un poco como Acevedo y no tanto, trazo la diagonal de mi cuerpo que me acompaña, me repliego para, como dice ahí, buscar espacio, mecerme en algo que sea un poco más mullido que el mundo, la palabra, mullida al menos de entrada, mullida en apariencia.

Hoy me siento salteada y así sale este texto. Salteado y tejido, tejido con la textualidad de Acevedo, salteado en tres, de Ju a la escritura, al futuro a la palabra.

14 de agosto 2021

Amistad

“hay días que sé profundamente lo que quiero; y hoy me encuentro en uno de esos días, en ese momento particular, glorioso y único, que es el de tener algo para decir” (p. 52).

Lo que tengo para decir es mi amiga. Cuento a mi amiga y sucede el cuerpo. Sucede la risa instantánea al recordar un lenguaje, sucede las ganas de anticiparle que estoy escribiendo un texto sobre ella —muerdo mis ganas, que sea una sorpresa—. Sucede el dolor de panza reflejo de carcajadas. Pasan también de refilón las tempestades del año y la voz de esta persona que me baja, me pone en vereda, me desdramatiza de un hondazo.

Decía que este texto es sobre una amiga. Que espero inaugure serie de textos sobre la amistad. Ahora es sábado al mediodía, otro horario a contrapelo de cómo suelo funcionar con la escritura. Tomo palabras de Acevedo para hablarle a mi amiga que me unió al libro que estoy citando y que habla de ella:

Ju, vos “Comprendés, de manera cabal, que lo terrible puede ser patético y divertido, y eso es único” (p. 41). Me enseñás a cocinar budín. Aguantás no dejarme en evidencia cuando te hablo de la intuición y Mercurio. En mi esfuerzo por no tomarme tan en serio, mi amiga arma comparaciones y analogías porque sabe que a partir de la imagen y la palabra puede llegar a mí. Su precisión semántica me derrite:

“Como que te tenés que tomar licencia por algo medio urgente y que te digan, che, bancá que en un toque son las vacaciones. O sea, si puedo bancar banco, pero la verdad si no me da lo mismo, necesito la licencia ahora”.

“Viste cuando tenés algo que está muy enredado, como que lo soplás para que tome espacio, como entre las cositas enredadas, bueno eso, y no lo dejo acá y que le corra aire, le doy espacio y lo soplo”.

“Si no le das lugar… en dos meses va a pegar otro zarpazo… igual que pasó desde noviembre hasta hoy. Tendrás un veranito divino. Pero la mochila tenés que vaciarla. Doblar y guardar prolijito. Porque todo arrugado una cosa encima de la otra… no va… parece que pesa más y entran menos cosas”.

Acevedo dice: “Creo que amistad y relato son reunión, reunión de temas de acuerdo a una forma, la forma del relato, la forma particular de una amistad” (p. 45). Elijo hoy reunirme con mi amiga en este texto, reunirnos de acuerdo a esta forma híbrida que es esto escrito en tres tiempos, a los tumbos. Empezado en julio, sometido a una hibernación forzada hasta hoy, catorce de agosto en que puedo asentar la idea y dejarla salir como un papiro arrugado por mi boca. Lo aplasto, lo seco, lo plancho un poco sin cortar sus desflecos y sin pulir del todo sus imperfecciones. Sale esta forma, perfecta para lo que tengo que fotografiar hoy, que es una instancia de amistad.

Futuro

Imposible solo transcribir, siempre algo se agrega. Como pasar agua de un vaso a otro, un poco se derrama, el traspaso no es perfecto. Así con pasar de un cuaderno al otro, o del cuaderno al Word. En el cuaderno trato de llegar al futuro y escribir todo lo que voy a querer decir al día siguiente, o al próximo mes, cuando pase al Word y publique el texto, pero abarcar al futuro desde ahora es inútil. Siempre algo se excede y se vuelca, un exceso que se revela en el entre. Un vacío intermitente que a veces, si tengo suerte, si estoy afilada, capto y devuelvo al archivo, potenciado.

Acevedo habla bastante del futuro. El futuro es lo posible. Narro una charla, una conversación soleada y otoñal: “Al contarla, me distancio y, y al mismo tiempo me aferro a ella… Intento explicar, de alguna manera, que lo pasado también puede ser presente con igual intensidad que lo posible” (p. 16). Eso me pasa, no acá, acá no estoy contando esa conversación, estoy contando otra cosa. Pero pongo esa cita porque me da pie para hablar de lo que me está costando calibrar este año, que es la idea de futuro.

Dice Acevedo: “no saber el futuro es lo que constituye lo posible” (p. 67). Si cambio “futuro” por “posible, el miedo se licúa, tiene menos peso, es un polvillo liviano inevitable que acompaña cada movimiento, algo que se adapta a mi forma, que me deja ser. Posible es la ilusión de un breve éxtasis por anticipado. De una chispa que puede durar un segundo pero que condensa y hace que a lo tortuoso intenso azaroso del presente y pasado se lo quiera honrar.

La escritura posible, el despliegue textual que está por hacerse en mí y que me arranca cada mañana de la cama. A eso apunto. Eso es lo que me mueve. Vuelve Acevedo: “entender que la literatura es futura, y cómo puede anticiparse al presente cambiando nuestra vida” (p. 48). Imaginar lo posible, pequeño gesto revolucionario. Los viernes estoy cursando un seminario de la maestría que es un deleite. Hace un par de semanas la clase giró en torno al texto de Stengers y Pignarre, La brujería capitalista, en donde plantean que aquel es un sistema brujo porque logra operar una suerte de encantamiento, obnubilación, hipnosis, captura. Esta tiene dos patas: que no podamos pensar por fuera de su lógica, porque pensamos con su lenguaje. Además, logra invisibilizar aquello que no puede dominar.

Operar sobre el lenguaje (¡Qué difícil! ¿Podré lograrlo? Es eso lo que me da temor y a su vez me impulsa a estar acá haciendo esto que es relatar el chispazo de amistad-texto-futuro). En un momento de la clase, la profesora trae a Castoriadis, para quien somos una especie extraña. Dice la profe que dice Castoriadis que somos terriblemente creativos, porque creamos cosas como el Estado, viajes espaciales, óperas, maquinarias sutiles, complejas, arte y después lo olvidamos. Olvidamos (¿o nos hacen olvidar?) nuestra capacidad de creación.

Pululan oportunidades día a día para hacernos olvidar esto. La proliferación de instancias en las que estoy a punto de creer que lo que hago no tiene sentido, que estos textos son fútiles, que para qué, son innumerables. Y cada vez que estoy a punto de sucumbir a esa brujería pasa algo, pasa Julia para recomendarme a Acevedo, pasa una clase para hablarme del libro de Stengers, que comenzaré a leer en breve. Y así sigo, y dejo ahora que hable Acevedo: “¿Sirve para algo la imaginación? No. Lo que sirve es el gesto de llamarla, en tanto que activa, del presente, un futuro posible. […] en el espacio en que me imagines, será muy fácil que me encuentres, solo necesitás abrirte al riesgo de quererme, y seguramente si lo hacés, recibas esta carta” (p. 96).

Escribir II

“Viernes bendito, sin fuerzas para distanciarme de la escritura” (p. 98).

Escribir sobre escribir me da mucho placer. Y culpa. En un taller al que fui un par de veces en marzo del 2020, quien lo dirigía decía que escribir sobre escribir era una excusa, algo que estaba bueno para empezar pero que no podía sostener un texto. Que era una especie de treta del débil. Ese comentario, dirigido a una compañera, me inhibió por muchos meses. Ahora mi actitud es otra, y dejo que Acevedo diga exacto lo que pienso: “Lo único que me faltaba a esta altura del partido es que alguien me tenga que venir a decir lo que tengo que hacer, lo que tengo que sentir, lo que tengo que escribir” (p. 43).

Entonces escribo de lo que se me canta: “hoy estoy en un momento en que estoy sola, en que sé que quiero decir algo y estoy segura de eso, y nada podrá detenerme” (p. 53). Y le robo otro pasaje a Acevedo: “sentir que el papel es libre e, insumisa, haré lo que quiera con el tiempo” (p. 57).

Lo que hoy quiero decir es mi amiga. Mi amiga, la escritura y el tiempo. Lo que intento es dar cuenta de esa alquimia, de ese acontecimiento que es una amiga que me lleva sin quererlo hacia un futuro en el que estoy en mi casa, un sábado, casi la una de la tarde, escribiendo un texto sobre ella, sobre otro texto por ella encontrado, sobre la lectura que encuentra y la escritura que me plasma. Intento darle entidad a ese gesto tan enorme de recomendar un libro. Una recomendación hiere o catapulta. Recomendar un texto es confiar, en el texto y en quien recibe la recomendación. Es hacer posible algo, como este texto. Eso es lo que hoy cuento: “Contar un hecho que no es metáfora de nada sino que es un hecho que a una persona, en su vida, la hace comprender algo importante” (p. 35).

Comprendí mucho este año hasta ahora. Sé que voy a seguir comprendiendo, porque el tono del 2021 vino así, desde la comprensión. Comprendo más de mí y de las personas que me rodean. Pero no es una comprensión prístina, iluminista. Es un entendimiento que por momentos me deja más obnubilada, es una comprensión desconcertante. Eso sería. La lectura de Late un corazón fue en ese sentido. Por eso merece ser narrada.

“Noto que al concentrarme en las letras me calmo de verdad, como si realmente fuera importante escribir” (p. 89).

Escribir me calma y me despierta. No es una calma como la que escribe Buck-Morss, no es una narcotización como la que se produce por la sobreestimulación sensible de las “nuevas tecnologías”. Esta es una calma intuitiva, muy despierta. Propiciar ese estado es lo que me propongo cada uno de los días de mi vida. Llegar a él y expandirlo al menos unas horas, convocarlo, generarlo. Sentarme un rato ahí para que mi mente repose bien atenta y pasen días y semanas y en una de esas salga de esas sesiones de apuntes, de toma de notas, de contemplación, de observación, algo como esto, como este texto desparramado que intenta contar algo.

Notas finales a lo posible

Concluye el texto para posibilitar otro, otra palabra tomará la posta de este y haga un desvío, es probable, narre otro hecho, otro encuentro, pero en el fondo es lo mismo, porque los interrogantes que me aquejan son uno o dos y todos los textos en el fondo abrevan y desembocan en eso.

Algunas notas producto de esta calma despierta:

el texto se desarma como una toalla hecha forma de cisne.


espero que la distancia se desarme con el tiempo.


sueño me caigo. tomé vino y renguea mi mente, da volantazos mi mente, se maneja en un razonamiento lleno de baches, en un hula hula de ideas que caen y se mueven a un ritmo constante pero es solo apariencia es una ilusión óptica.


Rengueo en texto ajeno, no puedo escribir sin leer. Leo al escribir y escribo cuando leo. En Acevedo me despierto lúcida para extensionar y expandir ese nudo de problemas que estaba latiendo y pidiendo salir. Con la lectura se toca una fibra y el interrogante comienza a andar, asiéndose en recuerdos, en un encuentro, en un texto leído.

Dice Acevedo: “El mundo cambia con las palabras de una manera que nunca imaginamos” (p. 105). Si lo habré podido experimentar en lo que va de este año. Palabras. Imaginación. La imaginación a su vez excediéndose a sí misma, corriendo su límite, su posible siempre más delirante, pero ahí existiendo. Arrojo este texto al mundo. Un texto sobre la química mágica entre la amistad y la palabra, de la palabra imaginando lo posible. Un texto que dedico a una amiga, Julia, y también a mi gran amor, la literatura.

Texto recomendado:

Acevedo, I (2019). Late un corazón. Buenos Aires: Rosa Iceberg.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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