Close

Madrid, mítico deseo

Tan deformada conmigo me siento que el lugar me acopla, me cobija el sillón y tirada para atrás solamente puedo pensar que la vida se está troquelando, que tal vez sea cierto que puede vivir más de una en una.

El plano era demasiado general para detectar si en aquella mirada,
además de ansiedad, había dese
o.
“Ecos y esquinas”, Pedro Almodóvar

El propósito implícito de este Madrid era encontrar a Almodóvar. Mapa armado para la ocasión, anotaciones sueltas: calle Luna, Farmacia-pastillas, terraza del Círculo de Bellas Artes, calle Eduardo Dato, Plaza de Santa Ana- academia de baile. Una aproximación más corpórea a un director a quien empecé a descubrir recién este año. Películas confidentes, a las que de repente le llorisqueaba un fantasmeo de comienzos de inverno o frente a las cuales gemía la imposibilidad de un ardor inconsumable e inconmensurable.

Por suerte nada es tan lineal y nomás llegar me olvidé un poco del cineasta y me concentré en lo otro que realmente venía a hacer, la amistad. Si el amor se hace, la amistad también, y Madrid de pronto era la chance de re-contextualizar y re-encarnar amigas. De situar charlas, abrazos y risas en el Parque del Retiro mientras tomamos tereré con juguito Clight. De ir de cañas en tres bares consecutivos para finalizar un amanecer custodiada por el ángel del Fénix tambaleante que, como dice el personaje de Isabel en Carne trémula, “¡Parece que se va a tirar… como si se quisiera matar, el pobre!” Yo también me tiré de cabeza a una ciudad en ola de calor como si quisiera succionar la ilusión de vivir un simulacro, una tregua, un doblez.

El mago

En Lope de Vega 26, bajan primero los bastones canadienses luminosos y, arrastrada por ellos, Inés. Bajo del otro lado del taxi y, en cuanto estoy por poner la llave en el portón verde, la voz de mi amiga me arrastra. La llave cae de nuevo en la riñonera y, acompasada por voces que pululan en el barrio de las Letras calientes del verano, me veo ante una puerta negra, con una placa de pizarrón robado de alguna escuela en desuso. En el centro, la lámpara roja de un espasmo electrificado. Inés toca el timbre y nos abre un barbudo con tatuajes que le llegan hasta el fondo de la barba, que se le escurren por el cuero cabelludo. Sus anillos me engatusan hacia un espacio abismal como el pizarrón pero luminoso-oscuro cual sueño vintage. La única manera de describir el espacio sería enumerar a la manera de “El Aleph” y para eso ya está ese punto que contiene todos los puntos. Este no es un sótano en una calle del sur de una ciudad. Es un portal que no dice nada y que inaugura un mundo críptico de rosarios, vírgenes, altares, santos herejes, flores, calaveras, caireles, sillones de terciopelo, alfombras, letras, neón, puro neón. Como si todo estuviera sostenido por la llama de una vela que no incendia, que lo único que hace es saturar el color de cada pizca de fe, de cada ápice de religiosidad fervorosa que allí late.

El barbudo nos ubica en un sillón con vistas a más altares que se reduplican, a espejos que deforman como los de callejón Álvarez Gato que visité la tarde anterior. Podría ser esto un ejemplo de la evolución del esperpento en el siglo XXI, sí. Un hueco abovedado en el centro de una capital europea que condensa e implosiona en manifestaciones paganas, latinoamericanas, herejes. Tan deformada conmigo me siento que el lugar me acopla, me cobija el sillón y tirada para atrás solamente puedo pensar que la vida se está troquelando, que tal vez sea cierto que puede vivir más de una en una. Los tatuajes tentaculares alcanzan un menú que es un texto literario en sí mismo. Cada trago tiene el nombre de una carta del Tarot, y la propuesta es elegir no por los ingredientes del brebaje, sino a partir de la frase o la ilustración que acompaña al título. Inés no me acuerdo cuál termina pidiendo; yo leo: “El mago: confía en tus habilidades”. Hacia eso me dirijo.

El vaso es convexo de hielo. Se me engancha la boca a unas hojas que podrían ser menta y el sabor del conjunto es alimonado. Entrecierro el neón y me creo que cada sorbo es uno de los cuatro elementos con los que el mago trabaja en mí. Me revuelven y caotizan para que se luzca eso de lo que no me animo a hacerme cargo. De la fusión de calor, colores, hielo que me asfixia en microdosis y música imperceptible, sale la charla con Ine que va de un nombre a otro, a anécdotas recuperadas de hace veintidós años. Buenos Aires, Moscú, Bruselas, Madrid, Buenos Aires (su felicidad y su invivibilidad), más Buenos Aires hasta que desde una tonada porteña aparecen unos rulos de ojos inmensos que tiran las cartas por un par de euros y nos invitan a escuchar la baraja en un escondite acortinado.

— ¿Querés preguntarle algo concreto a las cartas o preferís escuchar el mensaje que tienen para decirte?

Lo que pasó en esos minutos queda como conjuro hacia los altares de la herejía y ahora pulula cada noche por las callejuelas de las Letras. Sé que saqué cinco cartas y que dejé que el Tarot me hablara. En su sutil contundencia, pinceló dos figuras acompasadas que menguan, otras dos que pululan en satélite hasta colisionar un día arcano. Volví a mi trago y, mientras Inés escuchaba su profecía, recé ya medio borracha en varias lenguas, una para cada virgen que me custodiaba. Comprimimos el último atreverse del trago que a cada una le quedaba en el hielo y, cuando estábamos por pedir otro, los tatuajes del barbudo nos arrastraron hasta la puerta de tiza. Expelidas al caldo de la noche, comprobé que incluso la magia puede tener un horario de cierre.

Almagro 38

Mañana vuelo a Buenos Aires, así que quedamos con Ine para una última caña. Por su barrio, porque los bastones le complican el traslado. En media hora en Makkila de Almagro. Termino de limpiar el departamento de Anto. Valija hecha, la mopa se escurrre entre la silla y la mesa como una cuerda floja. Repaso el mapa almodovariano. Tildes en la farmacia, la Plaza Santa Ana, la terraza del Círculo de Bellas Artes, la librería especializada en cine. Un hallazgo inesperado: el guión de Carne trémula, atrapado en El Rastro por tres euros. Me quedaron pendientes un par de edificios, será la próxima.

La última charla es melancólica por anticipado. 2001, 2019, 2022 y quién sabe cuándo será la próxima vez que estemos así, tan de verano, pausadas, dispuestas. De sorpresa, baja Cecilia con un vestido floreado larguísimo y la misma mirada con que nos fotografiaba en cada evento escolar o cumpleaños de sus hijas el departamento de Posadas. La mamá de Inés me abraza fuerte. Hablamos de Buenos Aires, “tú has salido guapa”, y después la bruma del recuerdo nos mece y se le llenan los ojos de lágrimas cuando dice “mi querida Argentina”. Me encuentro con que lloro. Cecilia es una lámina desprendida del pasado que se infiltra en este atardecer en Almagro. Con ella viene el universo que éramos allá por el 2000, 2001, cuando la vida era la infancia y mis días parecían simulacros orquestados por algunas mujeres de mi vida, magas ellas, que ya no están conmigo. Como si mis sabias me estuvieran hablando a través del abrazo de esta mujer española con quien compartimos una época, y de nuevo esa misma certeza de que es posible, cada vez, si se presta atención, ser más de una en una.

Se va Cecilia, y ya en el abrazo final con Ine no sé por qué me sale hablarle de Almodóvar y de cuánto lo busqué durante este viaje.

— Oye, pues aquí a unos metros hay un edificio. Estamos en el 22, aguarda que me fijo en el móvil… claro, es el 38, 38 de Almagro, joder, un edificio mítico de una de las películas de Almodóvar.

La acompaño hasta un taxi, doy la vuelta y camino, camino desaforada, como si se me fuera saliendo el vestido y la noche sofocante desnudara capas de pequeño hastío. Es domingo, en la calle no hay nadie, pero peligro no siento. Percibo una solemnidad urbana, como estar en una iglesia a cielo abierto o ser una escena descartada de alguna película que nunca se filmó. Llego y casi llego y llego y es. Estoy frente al edificio que Pepa contempla desde un banco en Mujeres al borde de un ataque de nervios, a la espera de que salga Iván. Me arrodillo, junto las manos y hago una mímica de plegaria. Saco alguna que otra foto, pero sé que la clave del momento es contemplar. Ante este talismán arquitectónico que condensa el pulso potente, descabritado en mí, no pido. Le agradezco a esta ciudad-maga el haberse abierto, generosa, a mi deseo.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

All posts by Soledad Arienza →

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.