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No vale más hacer trampa

Tres posibles comienzos a un texto. Derivas comentadas. El instante en que la escritura se presenta, impostergable.

Soledad, dejá de hacerte trampa.
Últimamente alguien hay en mis días que volvió y me pasa buenos temas.
¿Qué tengo que hacer ahora? Ah, cierto. Escribir.

Pensé estas tres maneras de empezar el texto. Las quiero simultáneas, un imposible, ya lo explicó Borges en “El Aleph”. Combinaría la sintaxis y las palabras para que quedara una amalgama que las contuviera a todas. Cada frase propondría un texto diferente. Podría escribir tres textos y luego fusionarlos, o empezar con uno y luego transicionar hasta llegar al tercero. Que quedara un texto camaleón. Un Frankenstein.

Esos experimentos ya se hicieron y es probable que, si lo hago, salga mal. Mi interés no está ahí, está en esto como ejemplo de lo que sí quiero mostrar acá que es qué me pasa cuando sé que es momento, ya, ahora, de ponerme a escribir.

Pasan esas cosas. Se impone una, o dos, o tres o media frase y se me pegotea al pelo como la miel y no puedo no darle bolilla, a no ser que quiera correr el riesgo de quedar pringosa y lenta por unos cuantos días. Entonces tomo coraje, lo bebo, literalmente siempre ingiero algún líquido cuando me dispongo a escribir, y me zambullo. Muy parecida a cuando me lanzo a la pileta. Cráneo hacia adelante, brazos extendidos, acá la diferencia es que no bracean agua, bracean texto, mueven capas de significados ya escritos y leídos y por mí recuperados en este momento sagrado que es el de la escritura. Un templo portátil que llevo conmigo, la iglesia que infaliblemente logra bajarme, eso es la escritura. Aunque escribir no sea relajante, aunque nadie necesite ni espere mis textos, aunque a nadie le importe. Aunque sea difícil algunos días sentarme a escribir, sé que cuando lo hago es porque no podría estar haciendo otra cosa. En el acto de escribir, tiempo y espacio se declinan de modo tal que siento que hay un sentido, que es este, que estoy bien, viva, bien viva.

Entonces vienen las frases que tengan que venir y elijo una y veo qué sale. Le tiro de la cuerda, tiro como esos magos que sacaban una cadena de pañuelos anudados de colores de una garganta insospechada. Así empiezo a tirar de la frase, sea esta la que sea, sin importar cómo haya aparecido, y si me concentro y logro no mirar a los costados del andarivel de la página por cinco minutos o más, ya hay algo, hay esto, este texto que ya es una carilla de Word y salió de este jugar chapotear en el agua turbia de palabras.

Me interesa poco si esto tiene valor o no, es un ensayo en el sentido escénico del término y mi espacio en la web está para eso, para ensayar este nado que hago con los brazos extendidos al teclado, este trabajo muscular que implica contraer recuerdos y exprimir de allí alguna imagen, o mejor al revés, porque el proceso suele ser de la imagen que se impone a la reconstitución de un recuerdo. Es imagen o es frase completa como las tres primeras con las que ejemplifiqué posibles comienzos.

Voy a ordenarme y para eso voy a hacer algo que detesto en los textos porque es muy informativo, muy de no hagan esto en sus textos, que es enumerar de antemano lo que voy a hacer. Pero lo necesito porque quiero que este texto muestre el detrás de escena, y aunque es inevitable que lo termine editando un poco, quiero sellar de la manera más acabada posible el proceso, el cómo del cual sale un tejido de sentido que se expande sin prescripciones.

Quiero escribir algún que otro párrafo de cada una de las oraciones del comienzo.

En relación con eso, rodear la pregunta “¿para quién escribo?” Y acá insertar una imagen que se me impuso cuando abría el archivo en el que estoy escribiendo esto.

Quiero hablar de la culpa de no escribir.

Qué pereza. Veo esto que quiero hacer y pienso que sería tanto más fácil, menos exigente para conmigo, ponerme a leer. Me demanda tanto menos la lectura, exige de mí tanto menos. Pero no es momento, ahora escribo porque no puedo hacer otra cosa.

Comienzo.

Me distraje con estrategias evitativas. Ahora.

Soledad, dejá de hacerte trampa

La primera oración que ahora deviene subtítulo la tomo de una entrevista cuyo link me llega a través de un mail. Abro un mail de novedades de una piba que hace unos talleres muy piolas. Participé en su espacio en diciembre de 2019, en Núñez. Un taller lleno de preguntas, de autoexploración. Me siguen llegando sus novedades, y en este mail ella adjunta links de videos, series, películas, entrevistas que por una u otra razón recomienda. Uno de los links dice: “Juana Molina- ¿qué pasa cuando todos aplauden otra versión de vos que ya no te gusta más?” Voy. Minuto dieciocho, más menos, de Encuentro en el estudio. Juana Molina le cuenta a Lalo Mir que entró en televisión para poder ganar dinero para poder hacer música:


LM: ¿O sea que el objetivo final siempre fue la música? [pregunta afirmando] Fue una jugada de ajedrez, casi.
JM: Sí, pero después me salió mal, porque me olvidé de la música, o sea, me atrapó.
LM: No, te atrapó, o te fue tan bien en definitiva que el paso fundamental que era la música quedó un poco atrás.
JM: Eso es lo que digo, entonces cuando me di cuenta de que me había como caído en mi propia trampa dije ¡basta! es ahora o nunca, y bue, así fue.

Si cambio un par términos, esta podría ser la conversación que tengo varias veces a la semana conmigo misma. Digo mal. Este, así, completo, es el diálogo que quiero llegar a tener un día conmigo misma, pero que nunca llega. Si cambio algunos términos [“música” por mi universo y “televisión” por mi trabajo actual], la estructura, los movimientos son los mismos. Sé que mi razón de ser en este puesto de trabajo no es el puesto en sí, sino lo que me permite. Estoy en realidad un paso más en el proceso, porque ya este trabajo me está llevando un tanto lejos para mi gusto y por momentos me hace olvidar el porqué lo acepté en primer lugar. Estoy en el momento de la captura. Entrampada en mi propia trampa, me veo amordazada (no totalmente) me veo viendo a través de un vidrio esmerilado mi objetivo, mi motor. Más se entibia ese carbón caliente que es lo que me movió a buscar este trabajo como la alternativa menos peor, más conveniente, más atrapada me siento en la cotidianidad. Es una rueda fija, un movimiento que agota. Por eso me pregunto: ¿Qué estás esperando? ¿Cuándo, Soledad, vas a dejar de hacerte trampa? Ahora que estás a tiempo, ahora que ves que seguir así te puede llevar a marchitarte. ¿Vas a tener la lucidez de interpretar el kairós, ese momento basta, ese momento de es ahora o nunca?

Últimamente alguien hay en mis días que volvió y me pasa buenos temas

Suena música en mi mente. Música caliente, que hace que de mis dedos broten llagas, que mis yemas escupan cada una de estas palabras con un ritmo a veces lascivo, otras pausado, otras asincrónico, en diferido. Saltan la quemaduras de mi piel y me abren, me abro a la música que de repente se instala en mis días y me hace bailarme sola hasta tarde, se abren muesquitas en mis muslos y hacen un ruido que sólo yo escucho, es un ruido determinado, el del plástico burbuja que se usa para embalar, el ruido de las burbujitas al ser apretadas con dos yemas. Así en microorgasmos se disuelven mis piernas, y mi cintura y las llagas que explotan y me surcan dejan un camino en mí zigzagueante, un camino como el que dejó allá por el 2004 un herpes zoster que tuve, también llamado culebrilla, justamente porque recorre, tuerce, embala el cuerpo desde los rombos de Michaelis hasta las tetas. Así, como si esa culebrilla ya erosionada y curada hubiese dejado las instrucciones para una posible caricia que se desdobla en nueva lengua bífida inaugurada y reactualizada con estas músicas que ahora suenan constantemente en cualquier actividad cotidiana que haga. Así bailo y me ensordezco con los ruidos del propio placer que me abrasa.

¿Qué tengo que hacer ahora? Ah, cierto. Escribir

Termino un café y una tostada. Lo llevo a la pileta, lo apoyo para no lavarlo, sólo para dar una falsa impresión de orden y claridad al espacio. Es temprano, pienso. Recién las seis y cinco. Qué podría hacer. Podría corregir, pero hoy ya corregí cinco exámenes, seis incluso, y ese era el objetivo. Puedo seguir mañana. Puedo leer, pero justo ayer terminé Yoga, de Carrère, y necesito un tiempo antes de comenzar otro libro. Darme un día o dos para terminar de procesar el final de la novela del francés. Tengo acumulados textos de los cuales tengo que anotar las citas que me gustaron. Debo hacer eso con Los errantes, después con los poemas de Nika Turbina, luego lo propio con Carrère. Mañana o pasado va a ser un buen día para el relameo que implica empezar un libro nuevo, está en cola ¡Que no me asfixie de hacer tanto silencio!, poemas de Inge Müller. Como la poesía siempre me hiere, tengo sí o sí que recuperarme primero de la prosa de Yoga para luego ser volteada por la condensación del lenguaje poético. Entonces leer no, hoy no va leer. ¿Avanzo con el trabajo de la maestría para el que pedí prórroga el sábado? No, eso lo tengo pensado hacer la semana que viene. Qué hacer con este hueco, si es temprano para bañarme o cocinar o ver una película o mandar un mensaje. ¿Qué tengo que hacer ahora?, me pregunto, como si las seis de la tarde fueran un buen horario para seguir encanutando en los huequitos de mi medula el cumplimiento de alguna que otra obligación. Ah, recuerdo de repente. Y lo recuerdo porque ese es el verbo, se me presenta con la certeza de hombros caídos una actividad que en los últimos días había corrido al margen. Decir “una actividad” es prosaico, mejor un destino, mi destino que como tal es ineludible y cuando se me pegotea en el pelo solo queda embadurnarme aún más en él para no causar la furia de los dioses. Repregunto. ¿Qué tengo que hacer ahora? Ah, cierto. Escribir.

Escribir que no es una obligación ni tampoco algo que elijo del todo, es, como dije, un destino en el cual me hundo, en el cual bailo sin hacerme tantas preguntas. Porque cuando me pregunto y pongo en cuestión ese fatum, ahí el universo se detiene. O comienza a girar desenfrenado. Ninguno de los dos opuestos termina siendo reconfortante, ambos paralizan. Uno por su estatismo, el otro porque me marea y me provoca arcadas inarticuladas, inauditas, destexto. También me pasa eso cuando lo fuerzo, cuando me lo impongo como obligación. Cuando dejo de confiar en que al ser un destino reactualizado, orgánico, la escritura va a llegar, no va hacerse desear en mi vida más de lo estrictamente necesario. Algo así reflexiona Camila Sosa Villada en El viaje inútil: “Esa ausencia de la escritura me resulta algo muy natural, como los períodos de soledad, los períodos en que aparece un gran amante. Lo cierto es que escribo sólo cuando tengo el deseo de hacerlo. A veces pasan meses sin sentarme a escribir nada y de repente una imagen apremia y debe ser escrita y comienza a desenredarse la madeja y todo fluye. No lamento los períodos de no escritura, al contrario, los celebro como los espacios en negro que no puedo explicar en mi vida, como las cosas que no tienen sus palabras todavía, como las emociones inexplicables” (p. 93).

Entonces callo y me zambullo y sumerjo, con las manos hacia adelante en la escritura al igual que en la natación, y ahí escribo y la tarde le pasa la posta a la noche y son las ocho menos veinte grisáceas de cielo y yo sigo acá entregada, abierta de piernas a la escritura que se hunde en mí, me arrincona, me besa despacio en el cuello, me mordisquea y me sonsaca palabras y más y texto y más.

Para quién escribo

Escucho que hay quien hace arte para sí mismo. Louta en cambio dice que él hace arte para compartir, para expandirse hacia otros. Yo implosiono con lo que escribo, o implosiono primero y luego lo que sale escrito es el electrocardiograma de esa electrocución interna. Una vez escribí que escribía porque era mi manera más soportable de estar en el mundo. Dije algo como que la escritura era la camisa de fuerza que me permitía refugiarme y a la vez entrarle al mundo. No sé por qué usé esa imagen tan paralizante. Hoy digo otra cosa, encuentro otra imagen. El para quién cambia. Hoy escribo para alguien que no es el mismo que para quien escribía en mayo, que no es la misma que para quien escribía en diciembre del año pasado. Pero esos destinatarios no condicionan mi escritura, porque no es que el contenido o la forma la pienso para esos contornos fantasmáticos. Si así lo hiciera, serían textos condescendientes, fracasados por querer caer bien, por buscar calzarle a alguien en su horma lectora. Tampoco escribo con el fin contrario, incomodar. No. Escribo con presencias cambiantes que se me instalan al hombro y me acompañan, me susurran, me aportan un tono, una especie de estado de la cuestión. El estado de la cuestión de la disposición anímica en la que me encuentro, que ahora es vibrante, que quema. Eso aporta el para quién, que en el texto se disuelve y se pierde y toma una forma nueva, desconocida.

El para qué no lo sé bien. Sigo en pensar que es mi manera de estar en el mundo, que si me arrancaran esto y la lectura (que son la misma cosa) el desasosiego sería total. Como escribo y leo, el desamparo existencial viene por momentos, viene, lo acepto, pero al rato, cuando me acapara de más, lo pongo a raya con mi conjuro poético.

La imagen que quiero evocar no responde ni al para quién ni para qué. Es tan sólo la imagen que necesito traer al texto en este momento. Cuando tenía alrededor de nueve o diez años, en el recreo se había puesto de moda un juego. Las modas de los juegos de recreo iban cambiando, picapared, mancha, elástico, fútbol, soga o palitos chinos. Por unos meses del 2001 o 2002, el juego era un hilo. Un hilo que una enredaba entre los distintos dedos de sus dos manos. Mirado de arriba, quedaba un patrón en ese hilo, una tela de araña, una estrella, una silueta más o menos reconocible. La portadora de esa especie de atrapasueños en miniatura debía mantener sus palmas separadas para que el hilo estuviera tenso, la figura fuera perceptible y los huecos, evidenciables. En ese punto entraba la segunda jugadora, que debía introducir sus manos en el patrón como un ave que agarra dos pichones con sus garras, o como las tenazas de esos juegos de parque de entretenimientos que una hacía bajar con una palanca y se abrían con el objetivo de capturar un peluche. Ese mismo movimiento de apertura elegante y cruel hacía la segunda jugadora al introducir sus dedos más o menos finos en los espacios habilitados por el hilo. Entraba y en un abrir y cerrar de ojos daba vuelta sus manos hacia arriba y, era un tanto inexplicable, pero de repente era la segunda jugadora quien tenía ahora el hilo entrelazado formando un nuevo patrón, tan complejo e inextricable como el primero, diferente.

Eso mismo es para mí la escritura. Este juego tan en serio que consiste en introducir las manos en los huecos habilitados por la lengua, tensar el hilo de todo lo ya escrito y agitarlo un poco, darlo vuelta, hacer algún truco de aparente magia con los dedos para volver a decir lo mismo de otra manera, a partir del mismo material. Para conjurar la trampa que yo misma fabriqué y prenderla fuego con estas llagas, las llagas que la potencia de la lengua abre una y otra vez en mi cuerpo.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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