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¿Prohibido tocar? El cuerpo, exceso en la nueva normalidad

Prácticas 2020

Cada dos semanas, o doce días, o veintiuno, depende, esperamos la nueva conferencia de prensa. Es un ritual 2020, un nuevo nuclearse frente al televisor, la computadora, el celular, la radio, el dispositivo que se tenga a mano, y escuchar. Algunos se desilusionan y putean, piensan que en esta sí, en esta la tríada va a anunciar que ya está, que la cuarentena, o mejor dicho, el ASPO, se levanta, que todo fue un mal sueño, que a partir de las cero horas de mañana la vida se retoma en el instante en el que la habíamos interrumpido en marzo. Otros saben que eso no va a ser así, escuchan la conferencia sin expectativa ni esperanza. Los de ese segundo grupo miran las filminas, las entienden, saben que todo esto es racional, es lógico, prudente, pero ya han perdido la posibilidad de abrazar la sorpresa, la dicha del fin de “todo esto”. Otros ni escuchan, prefieren leer el resumen que los diarios publican al día siguiente con las medidas más significativas, piensan que escuchar o mirar esa hora y media de anuncios es una pérdida de tiempo, ya que, por ahora, en sustancia nada va a cambiar.

Cada uno hace lo que puede con esto, algunos se ponen bidones cortados por la mitad en la cabeza; otros escucharon que el virus muere a las setenta y dos horas: dejan el chango estacionado en la puerta de la casa con la mercadería comprada y la sacan para guardarla tres días después. Todo vale, cada uno sufre la pandemia desde su punto de vista, el deportista está pendiente de cuándo dejan salir a correr y su lamento cotidiano es por la cancelación de eventos deportivos hasta quién sabe cuándo. El bolichero se pregunta cómo será volver a bailar y a hacer pogo después de esto. Madre y/o piensan cuándo retomarán las clases, que vuelvan ya, por favor. El amiguero extraña el asado y la juntada; el flâneur, el andar por la calle un día nublado, entre la multitud transpirada, en el subte o por Corrientes. Todos estos personajes y más somos quienes poblamos la ciudad, y en cada conferencia de prensa nos preguntamos, ¿hasta cuándo? ¿Cómo sigue esto?

Nueva normalidad: ¿excepción o regla?

A partir de la conferencia del jueves pasado, en la que Larreta habló de la cuarentena “quirúrgica”, de la “protocolización”, llené varias hojas de mi cuaderno con preguntas. Son eso, preguntas, tan necesarias siempre, sin respuesta, ya que quién puede responder de manera taxativa a algo que está sucediendo, que se está dando.

Yo pregunto: ¿qué es esto de la “nueva normalidad”? ¿De ahora en más la vida va a ser “protocolizada” y “quirúrgica”? ¿Quiénes son los cirujanos que apuntan este bisturí?

Sigo preguntando: ¿hasta qué punto la nueva normalidad no es en sí un estado de excepción? ¿Cuándo la excepción se convierte en normalidad? ¿Depende del paso de equis cantidad de tiempo? Tal vez el pasaje se da cuando la población se acostumbra y ya no percibe el carácter drástico de los cambios en su cotidianidad… ¿No será la nueva normalidad una excepción disfrazada? Es cierto que si a una le dicen “normal”, se tranquiliza. Volvemos a la normalidad, bien, volvemos a lo conocido, a lo que era la vida en marzo. El tema es que a esa normalidad se le agrega un adjetivo delante, “nueva”. Entonces tan normal no es, ¿no será más bien una anormalidad? ¿Algo que se corre de lo que era la norma que conocíamos previamente?

La “normalidad” es nuestro chupete de adultos, aún cuando sabemos que es una construcción, aún cuando somos conscientes de que esa normalidad prepandémica enquistaba aspectos negativos, cuestiones naturalizadas poco saludables que esta situación ayudó a sacar a la luz* . Que nos hablen de normalidad en junio nos apacigua aunque nos digan que es nueva. Aunque una perciba que es excepcionalidad enmascarada, maquillaje de emergencia, un experimento camuflado. Nuestro cerebro selecciona lo que contribuye a su supervivencia, resalta la segunda palabra del sintagma y deja fuera de foco al adjetivo, a la novedad, a lo que viene a romper con lo conocido. Hoy propongo poner el foco en el “nueva”, en el sintagma completo, clavar la uña en lo que nos molesta, en lo que da miedo. ¿De qué se trata esa normalidad atravesada por lo novedoso?

En otras instancias, la novedad suele estimularme, implica cambio, esquivar el anquilosamiento. Me permite desescamarme para dar lugar a lo otro, a lo distinto. ¿Por qué en este caso, el de la “nueva normalidad”, esa novedad no se me presenta con un tamiz positivo? Miro esta “nueva normalidad” con sospecha, no puedo evitarlo. Esta exige un protocolo para todo, amenaza con la pérdida de la espontaneidad, como ya discutí en otro texto. Lo que no queda claro es por cuánto tiempo viene a instalarse. ¿Por cuántos meses/ años tendremos que incorporar prácticas protocolizadas? Y digo “incorporar” a propósito, para hacer resonar el cuerpo. ¿Cuánto aguantará nuestra corporalidad el estar sujeta al esquema, a la distancia, al taparse los orificios, a la contención de los fluidos, al no tocar? ¿Cómo se modificará el cuerpo social al estar tanto tiempo sin poder entremezclarse en las plazas, en las aulas, en la fiesta de lo colectivo?

Cuando era chica, en el Centro Cultural Recoleta había una exposición permanente que me encantaba: “Prohibido no tocar”. La muestra proponía experimentar la ciencia con el cuerpo. Las salas invitaban al espectador a tocar poleas, apretar botones, raspar texturas, ponerse tubos en las orejas y escuchar cambios en el los sonidos, a explorar el peso, la distancia, la óptica. La propuesta consistía en poner en juego la propia corporalidad y experimentar la física de manera práctica, vívida. Hoy una exposición así estaría absolutamente prohibida. ¿Se podría protocolizar? ¿En qué consistirían sus nuevas reglas? ¿Cómo se llamaría? “Prohibido no tocar (con guantes)” o “Prohibido no tocar- edición tapabocas”. ¿Tendría sentido una exposición de estas características mutilada de esa forma?

Derramarnos sobre el bisturí

El esquema, los pasos a seguir existen son necesarios para organizar múltiples esferas de la vida social (espacios laborales, por ejemplo). Lo que me asusta es que las prácticas cotidianas que suelen desviarse de lo protocolar, y cuya razón de ser radica en ese desvío, deban ahora ser detalladamente descuartizadas en pasos, delatadas en su magia, desposeídas de su espontaneidad. Me angustia que los cuerpos quieran ser distanciados de manera ¿semipermanente? Me da pavor que la nueva etapa sea llamada “quirúrgica”. El hecho de que se utilice ese término para hablar de una nueva fase de la cuarentena es una operación discursiva que, como toda práctica del lenguaje, encarna una realidad, un pensamiento, una política. Si la ciudad es el nuevo quirófano, entonces nosotros somos los cuerpos sobre los que se experimenta.

Esta es la nueva etapa que corresponde a la evolución de la pandemia en nuestra ciudad. Que nunca deje de ser nueva, entonces. Que sea excepción, una medida de emergencia temporaria, que no se transforme en normalidad, ni nueva ni instalada. En el caso oscuro (me gustaría decir “poco probable”, pero nunca se sabe) de que llegara para quedarse, enquistada en mi pesimismo queda una certeza rebelde, pataleante: siempre va a existir en los seres humanos un exceso que no pueda ser protocolizado. Llamémoslo cuerpo, fantasía, utopía, problematización, subjetividad, el término que quieran. Como dice Georges Bataille, ese exceso, ese derroche que escapa es ni más ni menos que la vida, “mi vida- o mejor todavía, su aborto, la herida abierta que es mi vida” (en Agamben, p. 19). Que la vida siga siendo eso que se derrama y escapa al protocolo, esa herida sin sutura, imposible de llevar a quirófano, imposible de rectificar.

Notas

*Otro tema para pensar es: ¿qué vamos a hacer con esas situaciones negativas de la “vieja” normalidad que esta pandemia expuso? Una vez salidas a la luz, ¿cómo haremos para no volver a naturalizarlas y aceptarlas? ¿Podremos revertirlas, modificar(nos)?

Texto citado

Agamben, Giorgio (2006). Lo abierto. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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