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(Sin asunto)

(…)

27.07.21

Ayer no podía dormir. Más bien retenía el sueño. Me daba miedo quedarme dormida por temer lo que podía llegar a soñar. Entonces me detuve a pensar en vos. En que en un mes va a ser un año. En que hoy hace un año te quedaba un mes y nadie lo sabía. En que hablé con vos cuatro días antes de tu muerte y dijimos que cuando abrieran las plazas íbamos a ir a charlar a la de la vuelta de tu departamento y eso nunca sucedió.

A algunas cosas me acostumbré, como que no me llames los domingos. A otras no, como no poder tocar tu pelo suave o no tener el backup de tu abrazo. Con mamá estamos cada vez más unidas, no sé si por tu memoria o por miedo. Estamos bien. Todavía no puedo perdonarme del todo el no haber estado a la altura, el sentir que mi amor no llegaba ni a una mínima pizca de lo que vos me dabas. Intento, y sé que vos me lo perdonarías, pero siempre la vara es más alta con una misma. “¿Podés tratarte como lo hacen quienes te aman? Hacé de cuenta que sos tu amiga. Mirate con esos ojos”. Eso leí recién (21/8, cuando corrijo este texto para tenerlo listo para el 26) en un oráculo posteado por una astróloga que me gusta mucho.

Me da miedo mirarme con tus ojos.

Vuelven historias contadas sobre mí, historias que me contabas de mí misma y que involucraban la identidad desde la cual hoy elijo pararme, la literatura. Uno de esos relatos fundantes de mi biografía, incomprobables. Que fue que en un verano, en esa casa en la que pasamos tantos eneros completos. Que fuiste vos, vos quien presenció la primera escena de lectura de mi vida. Que fuiste vos ante quien yo leí por primera vez. El libro de un conejito, eso decías., la historia de un conejo. Que por primera vez leí y fue frente a vos y vos lloraste.

Y qué hago ahora leyendo, ahora leo mis propias palabras y soy yo la que llora al recordar el relato de una escena que viví y no recuerdo, o que tal vez ni siquiera viví pero que ya está en mi ADN por imposición. Si saco los relatos ajenos, esas historias que me contaron de mí, ya no sé qué quedo, ya me desgrano, ya me pierdo y me intento buscar a tientas como ahora. Y vos andarás por algún lado sintiendo que lloro y diciéndome “no llores mi amor”. Y yo lloro y no puedo no hacerlo.

Qué bueno que lloro.

Hace un año que nadie me dice “Princesa, princesa de mi corazón”. Y está bien, así tiene que suceder. En cualquier otro contexto, de cualquier otra boca ese epíteto suena anticuado, de una realeza en demodé, todo mal. Pero de vos hacia mí era justo, preciso, perfecto. Es un término que queda vacante. Y así tiene que ser.

Lo que te extraño
no
entra
en este texto.

Ni yo lo sé. Ni yo me doy cuenta hasta que escribo y mientras escribo lloro. Lágrimas minúsculas sobre mis muslos, el jean va quedando dálmata. Lágrimas que caen al ritmo de un tubo de luz deficiente, a punto de apagarse. Con esa intermitencia lloro. Bien desprolija.

¿Hay otra manera de llorar?

Escribiendo.

Ahí me doy cuenta de que de verdad te extraño y ni lo sabía. No es que me lo oculte o lo reprima. No sé qué es.

Me levanto a sonarme la nariz frente al espejo. Cuando lloro, la nariz se me pone roja y explosiva, como si fuera a caer de la nariz al espejo del llanto y me fuera a quedar estrolada en pedacitos y el espejo me fuese a seguir reflejando fragmentada. No sé por qué pararme si el pañuelo lo tengo al lado. Es una estrategia para salir del texto. Pero vuelvo de inmediato, porque el texto aún no terminó. No llegó a su fin este tránsito al año, tengo que seguir escribiendo. No es una imposición ni algo que me propongo, es algo que sucede, que sucediendo sigue.

No comparto este llanto con nadie. Es mío y tuyo, aunque vos ya no puedas escucharlo. Aunque en algún lado tal vez lo sientas. Sientas una vibración en este nuevo estado en el que estás y sepas que soy yo llorando. Y me digas “no llores mi amor”.

Anoche recordaba tus ojos enormes. Ojos de búho. Usabas anteojos multifocales y recuerdo el día en que te acompañé a buscarlos de la óptica. Te los pusiste y caminabas medio mareada. Yo era mínima, tendría ocho- nueve años. Y corría adelante tuyo por Pueyrredón y te decía si me veías. Y caminabas despacio porque tenías que acostumbrarte a cómo enfocar. Y tus ojos con esos anteojos redondos eran aún más de búho. Y después seguro tomamos un helado, siempre hacíamos eso, y nos matábamos de risa.

Más chica, a los seis sería, yo no sabía tomar helado. Al día de hoy, nunca elijo cucurucho, me perturba, no lo sé manejar. El cucurucho es la urgencia, el vasito es disfrute. Pero esa vez me pedí cucurucho y te miré con temor, para que me enseñaras. Y te reías porque yo comía de los bordes, y quedaba un cuello, un cuello de cisne en el helado, me decías, “no hagas cuello de cisne”, era nuestro código, y se caía, se chorreaba, y vos me ayudabas, vos ibas corriendo al mostrador y pedías un vaso de plástico para que tu sobrina pudiera meter el cisne decapitado, derritiéndose. Y entonces quedaba un cuadro grotesco, un cucurucho metido en un vaso de plástico y el helado en su poca dignidad derritiéndose, una instalación barata de arte contemporáneo. Pero lo comíamos, porque la comida nunca se tira, Claudita, te decía yo repitiendo al pie de la letra las consignas de mamá, y vos me ayudabas, y lo terminábamos juntas.

Y en esa urgencia por haber intentado vencer la rapidez del cucurucho se me congelaba la cabeza, dos palmas de hielo comprimiendo las sienes. Claudita, se me congela la cabeza, y con tus manos mullidas que hoy recreo me acariciabas y esas tenazas del frío se hacían suaves y la desesperación pasaba a ser mimo, casa, cuidado.

21.08.21

Súbito: precipitado, impetuoso, improvisto.

Cuando me preguntan qué fue, respondo: muerte súbita. Le encuentro poco sentido a esa frase, ni siquiera sé si es, en rigor, un diagnóstico médico. ¿Hay alguna muerte que no sea súbita? Como si no fuera una llegada de repente, un instante. Toda muerte es súbita. Aunque haya un diagnóstico, una enfermedad. Es una exhalación sin retorno.

Estoy leyendo Yoga, de Emmanuel Carrère. Como siempre, los libros me buscan en el momento preciso. Leo esto hace unas semanas: “Según la tradición tibetana, los días que siguen a la muerte son mucho más cruciales que los que la preceden. El que acaba de morir penetra en un territorio intermedio, tenebroso, un laberinto psíquico cuya salida puede ser la liberación del samsara, también conocido con el nombre de condición humana, es decir, una nueva encarnación, más o menos favorable, o sea, directamente el infierno. Esta twilight zone que todos debemos atravesar cuando muramos se llama el bardo” (p. 55). Leo y marco y releo y remarco. Recuerdo este pasaje para incluirlo en este texto, que aún no existe al momento de leer la cita, pero que sé que va a existir, voy a hacerlo existir. Pienso en los días que siguieron a tu muerte. 27, 28, 29, al parecer son tres los días cruciales en los que había que leerle al muerto el Bardo Thodol, el Libro de los muertos tibetano, para acompañar al difunto en la travesía. Intento hacer lo que dice el oráculo y mirarme con los ojos de quienes me aman. Imposible. Vuelve la certeza de no haber estado a la altura. El recuerdo preciso de que desde las 15:00 hs del 26, cuando me enteré de tu muerte, y durante los días sucesivos, sólo pensé en mí. Me acoracé en mi llanto, en mi culpa en mi dolor, una vez más dejé de pensar en vos cuando lo necesitabas. Te dejé sola en esos días críticos para una tradición que no es la mía, pero que es funcional a este texto. Funcional a la manera en la que hoy recuerdo las horas posteriores a tu muerte.

¿Te cuento todo lo que en un año?

amor crisis pausa distancia un océano de distancia vértigo se me da vuelta el mundo ante una mirada y algunas frases atrapadas entusiasmo la imagen de alguien me conmueve me despierta me hipnotiza me pasa algo es otoño y me vuelve a pasar ese algo eso me estrolo me juzgan opinan y me pierdo turbulencia entonces me la juego callada sin motivación miedo soledad, una soledad estructural y ahora lo que precisamente siento ahora hoy es un no sé un ni puta idea que abarca cada una de las páginas que me dispongo a escribir mentalmente porque sí es lamentable pero me sigue sucediendo que escribo menos de lo que me gustaría porque me desgrano en lo demás.

23.8.2021

Me entero de la muerte del padre de un alumno muy querido por mí. Le escribo un correo electrónico para decirle que estoy, que lo acompaño desde mi lugar. No encuentro forma de nombrar lo que quiero decir en ese mensaje, no encuentro síntesis adecuada para la pérdida. Lo mando (sin asunto), como si esos paréntesis conjuraran lo que no puedo nombrar, en lugar de hacerlo más evidente.

Cerrar un texto sobre la muerte es un atrevimiento, proponer un cierre ante la clausura mayor, LA clausura, es un chiste. No quiero caer en solemnidades ni sentimentalismos. Este texto es poca cosa hacia vos, pero es lo que puedo. Es un vómito despellejado este texto, es un texto que sale torcido, desde la contractura de mi espalda, desde mi cuello rígido que no puede decir más que dolor. Así la radiografía de mis afectos por dentro. Sólo la leo en esta escritura escoliótica. Lo subo igual, lo publico, para visibilizarme a mí misma mi dolor y dejar de hacerme la boluda. Y recuperar un poco la firmeza que este año se me desdibujó, e inventarme una ficción sin asunto para intentar seguir andando en un piso que se mueve, que se mueve incluso más, ahora que en el mundo hay una persona menos de las que me amó con locura.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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