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Teléfono descompuesto

Guardo ese material inflamable en un archivo en la computadora, mi receptáculo de fervor contenido que evita volverme disfuncional en la vida cotidiana.

«Tengo ojos en el sitio de los oídos»
La voz humana, Jean Cocteau

Camino en el calor a un ritmo lento y hago de cuenta que soy un poco no yo. Estoy en mi ciudad preferida sin celular y con un mapa de papel que marco en lápiz y muerdo en las puntas. Entro a la librería de la calle del Espíritu Santo por segunda vez en mi vida. Todo es tan extranjero que parece ordenado. La regla es descender al inframundo o subir una escalera a un entrepiso flojo de papeles en el que hay que caminar con la mirada baja para no decapitarse. A nivel mortal lo que hay son libretas y postales y poemas doblados en forma de mariposa y un perro que duerme y un gato que me mira y me acaricia y adivina lo justo aquello que estoy pensando.

La mirada de ese gato me duele.

Miro las postales y vuelvo a elegir las mismas que elegí en el 2019 cuando por primera vez visité esta librería en Malasaña. Eran un invierno y una noche de paso a otro destino en el que me esperaban besos y cierto concepto del amor. Ahora me quedo acá como un fin en sí mismo y eso me calma. Esa vez todo parecía menos urgente y voraz. Ahora tecleo el aire y elijo las mismas postales y otras nuevas y todo es tan irreal que arde. Ahora doy vueltas y me pregunto si no será un exceso, entonces dejo un par aunque vuelvo a elegir otras dos nuevas en una espiral compulsiva. El gato me mira y el perro me duerme y siento la confirmación de que estoy lejos.

Antes de venir le escribí un texto a alguien con quien de forma recurrente nos deseamos con interferencias. Guardo ese material inflamable en un archivo en la computadora, mi receptáculo de fervor contenido que evita volverme disfuncional en la vida cotidiana. Hablé de Madrid en ese archivo y por eso lo recuerdo ahora mientras me lleno la mano izquierda de postales.

6.6.2022
Me mandé y te escribí (entrega), ¿estaré abusando del recurso?
Poco me importa. Es lo que me sale. Con la vida. A propósito, cuando te mandé mensaje el viernes, me puse a ver Mujeres al borde de un ataque de nervios. Para sentirme menos sola en el deseo. Y cuando me respondiste “I do know. Sigo medio duelando” y largaste tus planes del finde con J. y tu padre para que no quedara dudas, me estremecí, algo se pinchó en mi pecho, como siempre, pero me sentí menos sola al ver a Carmen Maura con su teléfono rojo esperando la llamada de Iván que nunca iba a llegar. Y cuando al final se va ella, me sentí bien. Ella se va, le dice que lo único que quería era hablar con él. Y él dos días la bicicleteó y ella por todo Madrid y él no le daba esa posibilidad. Ahora ya es tarde. Que él se vaya a Estocolmo. Y ella se va. Y cierra con el personaje Marisa desde la terraza de Pepa que, en realidad, es una vista desde el Círculo de Bellas Artes de Madrid.
En fin. Me cobijó Almodóvar el viernes. Y el sábado me olvidé.

Me acerco a pagar y estimo que es el dueño quien recibe de mi mano una a una las postales y las cuenta, el mismo que aparece en la contratapa de libros de frases impresas en postales que llevé en 2019 y que vuelvo a llevar esta vez. Frases como:

“Besa y lee. Disfruta de tu lengua”.
“Locura de amor. Todo lo cura. Administrar en forma de polvos”.

“Besa y lee…” tiene la tipografía en rojo como el texto ese que escribí antes de irme. Era un texto rojo, porque los textos también tienen color.

La semana pasada me corté mientras pelaba una manzana. Casi. Pero a fines literarios vamos a decir que me corté y que salió sangre, viste que los dedos sangran, son una zona muy irrigada. Sangraba y la manzana se tiñó de rojo, absorbía como una boca turgente todo el deseo que siento (por vos y por la vida). Y pensé en mi corazón como una manzana. En esa manzana como mi corazón. Y el deseo de tu boca chupando mordiendo mi corazón caramelo manzana llena irrigada de sangre turgente mordiendo cada pizca de mi cuerpo.
Tendría que ir a la cama. Son las 0:45, ya es lunes, los lunes me levanto a las 6:30, una hora antes de salir, es que me gusta tomarme mucho tiempo para desayunar. Esa es la vida profana. Prefiero quedarme acurrucada acá, en este deseo y el color rojo. Si tuviera que ponerle un color a este texto, es el rojo.
Te acariciaría tu nueva cicatriz.
Y la del brazo, la que te hiciste con el horno cuando sacaste mis empanadas en tu casa.
Y también la otra, la del abdomen. Esa me gusta mucho. Ida y vuelta ida y vuelta ida y vuelta ida y vuelta.
En diciembre, alguien que quise mucho eligió morir. La conjunción perfecta entre Eros y Tánatos, desear la muerte. Firme, consistente, valiente, único. Convertido su deseo en un charco de sangre impostergable.

Desde la mirada felina, desde estos besos y estas lenguas y estos polvos, mi rutina en Buenos Aires parece ridícula.
¿Y si no vuelvo?
¿Y si vuelvo para irme?
Medio año más, solamente. Aguantá.
Imagino que el gato instaló esa arenga en mi pensamiento y me siento menos culpable.
¿Me voy a animar a dejar de aguantar?

Le pregunto a este hombre con anteojos y un barbijo rengo si es él quien escribe todo esto y afirma. Me señala su boca hinchada de un lado y me cuenta que estuvo en lo de un odontólogo que le tironeó una muela y que por eso hoy charla poco. Con un molar menos se levanta y elige tres postales más que van de regalo. Una tiene un punto y coma gigante, el punto con un tajo que genera la ilusión de dos orejas, la coma mullida como una cola y la frase: “Soy Preta; gata y poeta”.

«Estoy que me charlo todo, ¿sabe que este año me dieron ganas de adoptar un gato? Pasa que me da miedo no ser lo suficientemente buena para cuidar de otro ser». El hombre con una muela menos me entrega el vuelto y me regala la mejor frase de lo que va del viaje: “La gata, el perro y yo somos un colectivo poético. Sin ellos, no escribiría”.

Son casi las diez de la noche y por la Gran Vía el cielo se tornó azul Klein. De camino a Lavapiés, me planto frente al Círculo de Bellas Artes y pispeo la terraza. Elijo creer que la única silueta que veo reclinada sobre la baranda es Pepa. Se separa, se pegotea, se aleja, camina. Sus movimientos son como los de un títere ofendido. En un último rapto, asoma medio cuerpo hacia abajo y, con el torso colgando, suelta un teléfono rojo. Se desarma en el aire el mecanismo que contiene los vestigios de la voz humana. Miro hipnotizada. En caída libre, el aparato se destartala en el aire como un deseo deshilachado.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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