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Traducción de tempestades

Siempre digo que los textos buscan a sus lectores. No solo lo digo, lo creo con fervor. Pero toda creencia necesita actualizarse. Si no, muere. El viernes un poema me vino a buscar, renovando una vez más mi confianza en la literatura. Estos son los resultados del rapto.

Mareada de vino y alguien estoy esta noche, por suerte es transcribir nomás, la escritura la hice a la tarde, destartalada en la cama, cuando al sol con su última pereza esbozaba brotes de melancolía. Ahora pulo y paso, junto mi yo nocturno con el de la cama como si estuviera jugando al Memotest. Trato de coincidir conmigo misma, algo que en los últimos meses me cuesta.

Siento un vaivén en mi cabeza, como bajarme de un barco revuelto después de horas y seguir sintiendo en mi estómago la falta equilibrio, la espuma que amenaza. Soy uno de esos perros que en los noventa abundaban en taxis y remises, canes con cuellos desbocados a punto de desnucarse, caricaturas del Cerbero que sugerían, a mi corta edad, un matiz entre dos posibilidades igual de ominosas. Entre el corte de cráneos, ya anunciado por la Reina de Corazones y la abundancia de ellos, graficado por mis toques a la puerta de un Hades imaginario, cabía esta nueva posibilidad. Balancear el cuello, hacer como si, como si estuviera a punto de dejarme desnucar por tu imagen pero… no del todo.

Estoy sola. Trabada. Sin poder profundizarme. Responde la poesía y me succiona de un tirón por el tubo translúcido del lenguaje.

Cae un poema de Paula Maffía en mi hombro y me desbalancea. Oblicua y escoliótica ya soy, pero estos versos agudizan mi perspectiva, mi postura ante el mundo. Dice:

Nota mental
Aprender a irse
de los lugares
donde una
no quiere estar,
aún incluso
cuando estos lugares
te elijan” (p. 97)*.

La literatura responde en siete versos cuando le rezo mediante un oráculo, mediante la caricia de alguna estrella velada por el smog de esta ciudad. Clamo y la lengua agnóstica —y por eso aún más divina— me zarandea y responde en siete certeras arcadas que se acumulan como una huelga a la altura de mi esternón.

Poema-respuesta

Poema-llamada

Poema-espejo/eco

Poema-desnuda

Poema-soledad

Poema-decisión

Poema-Soledad

Poema-traducción

Traducción de eso que llevo encapsulado en una telaraña frágil desde hace un par de meses, traducción de ese nudo comunicativo despellejado, de esa madeja de clavos con puntas hacia afuera. El poema traductor de tempestades se me cuelga al hombro derecho y de ahí escala al izquierdo. Apoya su punto final en las volutas de una de mis vértebras, para más seguridad.

Y resulta que sin quererlo ni (en apariencia, solo en apariencia) buscarlo, ahora ando con un poema a upa. Le hago caballito a un poema que no para de repetírseme al oído. Marcado al mediodía, un terciopelo al caer ahora la tarde, cuando escribo esto.

No saco las manos de este cuaderno, entiendo. Entiendo que tengo que quedarme estampada en estas páginas con las huellas dactilares de mi contradicción. Contradecir y tachonear y quedar grabada, finita hecha lámina como esas flores que se dejan entre las piernas de los libros por lustros de olvido, polvo y ácaros. Tengo que aguantar el peso del poema en mis hombros y usarlo a mi favor. Mimetizarme con el vaivén natural que mi cuerpo propone por el peso de la poesía para caer de cara al cuaderno.

Pasa un día con el poema a cuestas y ya no son las manos las que deban calcarse entre las tapas de cuerina roja. Es algo más recargado, es el rostro. Dejo las manos en los bolsillos y me suelto de cara a la página que capta la caída como una estampita del espanto. Es la mueca orgásmica del poema que pasó de ser accesorio colgante sobre los hombros de un cuerpo torcido a una luciérnaga desde adentro. Soy ahora radiografiada por el poema de Maffía, son esas palabras las que ahora me cargan a mí, las que me hacen upa y a las que cabalgo con cascos espiralados.

En esa estoy desde anoche, siendo zarandeada de mi cola de caballo por un poema que me sostiene con manos tumultuosas, astuto que me muerde el ángulo exacto de la oreja, que me besa esa piel arrinconada entre dos rombos a la altura de mis caderas. Poema que me encara, que me tiene al trote toda la noche, que se me instaló en la cama colmada de gemidos en suspenso. Poema que va a glosarme hasta que de mi boca se desabroquelen, se abulten y se agolpen y salgan como una cadena de pañuelos de colores los términos que lo conforman. Hasta que mis labios apuren las veintidós palabras que ya no son del poema, que son mías porque me las creo, o no, porque no es una creencia, es certeza. Una convicción captada desde el cuerpo que debe ser dicha. Pasan entonces rebotando suaves las palabras del poema, rebotan contra mis dientes como una pelota de bowling, cada palabra lisa y agujereada como corresponde, cada palabra que sale trompeada y deviene sonido al entrar en contacto con el aire. Mi boca es una batalla fuera de control, mi boca ya no depende de mí sino de la orgía silábica, poética que acontece fogoneada por mi lengua. Arde mi boca, grito como con la boca llena de aftas, plagada de minúsculos fuegos artificiales, grito el poema, desencajo mi mirada, me busco y te busco ahí donde no llegamos a encontrarnos, la pupila se va y en ese irse se me acerca porque sé que estoy yendo a buscarte o vos estás ahí buscando eso que quiero sentir y que se deshace en canicas luminosas que asoman de mis labios hasta que el cuerpo desaprende el poema, lo hace rodar, lo encarna.

* Maffía, Paula (2021). Verso. Buenos Aires: Emecé.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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