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Un coro de mujeres bulle en mí

Observo las miradas contenidas en fotografías en blanco y negro. ¿Qué veo? ¿Qué omito? ¿Qué quiero dejar de ver?

Cuando se mira a los ojos, ¿qué se ve?
A la pupila también se le dice “niña”,
como si algo de nuestra infancia se escondiera ahí.
Algo acuoso y transparente
que no es un adentro ni es un afuera
.

El trabajo de los ojos,
Mercedes Halfon

Hace veintinueve años que nací y no voy a recibir hoy su llamado. De forma sistemática, por casi tres décadas siempre fue de las primeras. M, T, C. C, M, T. T, M, C. T, C, M. Tres iniciales combinadas de manera aleatoria, tres letras, CTM, la combinatoria de mi ADN espiralado y tridimensional. Los años desgranaron esas llamadas, se fue primero el de T, después dejó de sonar el teléfono desde Ayacucho. Este año estoy de estreno con otra ausencia.

—Hola princesa, feliz cumple. Ya 29. ¿Qué vas a hacer? ¿Qué te va a preparar de rico H.? ¿Podré pasar a darte un beso y abrazarte en algún momento?

Imagino un diálogo que no va a suceder como puntapié para el recuerdo. En cada uno de mis cumpleaños te ponías guirnaldas y agitabas matracas con euforia, ofrecida sin dudarlo al festejo infantil. Mamá y vos usaban los mismos soleros en diferentes colores, se ayudaban para que yo dejara de angustiarme ante lo que se ponía de manifiesto cada diecisiete de febrero: que era una nena solitaria. Cumplo nueve, año 2001, todas las invitadas pegaron el faltazo, cambiaron mi festejo en departamento caluroso por un día en la quinta con pileta de otra compañera de clase. Solo una amiga aún recuerda que existo. Y ustedes tres, claro. Ustedes con bonetes en la cabeza que oscurecen aún más mi soledad infante.

En un punto ya no sé qué es mío y qué de ustedes, si de T tomé la literatura, Proust y la generala, los ravioles de verdura de la casa de pastas Dani, esconder objetos, cortar el queso en el secreter, pensar que toda alfombra con flecos esconde magia, el arte del disfraz, hacer del estudio un juego y del juego una dedicación exclusiva y seria. Si de M copié a mi manera la invención de un dios y el método, la prolijidad, el ojo atento. Íbamos por la calle y ella simulaba estar perdida para que yo me avivara y estuviera atenta al camino, “Quiero que seas vivaracha”. Las clases de Georgette, ex bailarina del Colón, mis ocho años en una clase de gimnasia con señoras, todas de la edad de mi abuela, que hablaban de personajes que no terminaba de comprender. Y el rescate de mi pelo, M también me protegió de un peluquero rabioso que dijo que mi cabeza era un desastre y que con esas mechas no podía hacerse nada. Me alcanzó hasta el buen Carmelo, Carmelo con su lunar enorme y peludo en la mejilla, Carmelo con una voz metálica, de Avellaneda y con una esposa llamada Margarita. Cada vez que Carmelo hablaba de Margarita y del patio de Avellaneda mientras tijereteaba mis curiosidades, yo pensaba en un cuerpo de mujer con cara de enorme flor blanca y amarilla. Sentadita en la cocina, aún siento bajo mis muslos el mullido de la silla tapizada con un plástico a cuadros rojo y blanco, de patas metálicas rojas la silla, mis piernas colgantes, atentas al tijeretazo, tranquilas porque M está cerca. Cercana con su vestido de entrecasa verde y negro, con ruleros, con vergüenza porque mi papá la viera con ruleros cuando venía a buscarme los viernes después del consultorio. Y yo dando vueltas en el hall, vueltas hasta caer en el centro mareada de tanto mimo y tantos Sugus que M me dejaba sacar del frasco haciéndose la distraída cuando ya había dicho que era el último, sí este es de verdad el último último ultimito.

Miro las fotos carnet que me llevé de la casa de C, de diferentes momentos. Siempre ojos enormes, ojos de búho. Es esa y todas. Exploto la estructura del subjuntivo y condicional, hago hipótesis con la lengua que me queda, le hablo y me pregunto, porque si hay algo que se descascara hoy en mi cumpleaños es el porqué la extraño tanto.

Esta estaba en un carnet de abogada. 23 años. Es 1978 y todavía no se concibe que una mujer pueda llegar a tener esa profesión. Es una foto sensual, me comparo a mis veintitrés y no tenía esa actitud. Siempre salgo medio aniñada en las fotos, y con un párpado más caído que el otro. Tengo que concentrarme para que queden iguales, el precio es quitarle naturalidad a la imagen, pupilas dilatadas, se nota el esfuerzo. ¿Por qué ustedes parecen tan maduras a los veintitrés? Tus ojos abiertos al natural, simétricos, contrastan con el cuello en ese, en curva con los hombros. Esta foto es un desafío. Tu cuerpo dice: acá estoy yo, y aunque el carnet diga “Abogado” y “certifico que DON….” sin dar la posibilidad siquiera de que sea una “DOÑA” la que ocupe el cargo, estás ahí, a pesar de que el carnet rece “el abogado don C N C”. Estás ahí con ojos bien abiertos, generás un imposible, una agramaticalidad en la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil. Me hubiera gustado preguntarte cuántas veces en Tribunales te miraron de soslayo. Cuántas veces los hombres quisieron explicarte cosas. Cómo te abriste camino. También me hubiera gustado preguntarte si elegiste Derecho por obligación, por continuar el mandato paterno o si ahí anidaba un deseo genuino.

Acá parecés egipcia, ojos redondeados, grandes con delineador y rímel. Las cejas te enmarcan orgullosas, siempre fuiste más segura que mamá, al menos de afuera. Tenés los rulos al natural pero con toca, como se hacían todas en esa época. Mamá siempre me cuenta cómo agarraban el flequillo, lo estiraban para un lado y para el otro, cómo arrastraban hasta casi sacarse el pelo de la cabeza, cómo sufrían para domar los rulos de las mujeres de la familia, rulos que heredé medio estirados, como un resorte cansado. Tenías labios gruesos, no como los de mamá y M de contorno dibujado a pluma. Me hubiera gustado preguntarte cómo te hacías la toca. Me hubiera gustado poder analizar estas fotos con vos y que me repusieras los contextos. No como ahora, que tanteo, adivino, predigo hacia atrás.

Esta es la foto que más me gusta. Por tu pelo y tu expresión, la curva de tu cara como la grafía de una mano sumergida en pleno texto, seria pero juro poder ver la metáfora de una sonrisa en la tensión de tu boca. Estás en Brasil, el sobrecito de plástico en el que está este set de fotos dice “FOTO ÓTICA ITAIM LTDA. R. JOAQUIM FLORIANO, 391”. Los ojos sonríen. ¿Los ojos sonríen? Acá son dos ganas de vivir, dos pulsiones que fagocitan el mundo en una torsión de pena e impulso por salir de ella y revertirla. A la vez son dos focos de disfrute; aunque te quejabas siempre por dinero y por cansancio, disfrutabas del vino, de la comida, del cuerpo. Me hubiera gustado hablar más de eso con vos, saber cómo fue haber roto los mandatos de la iglesia, cómo habrá sido estar siempre encorsetada con el mote de la mujer rebelde de la familia, casándote de beige y divorciándote al tiempo. Esta foto me da ganas de ser tu amiga.

Acá tus ojos son enojos e impaciencia. El sobre de plástico dice “Av. Alvear y Estrada, Don Torcuato”. ¿Qué hacías en Don Torcuato sacándote una foto carnet? Pupilas al borde del cansancio, decile al fotógrafo que termine de una vez, como si este fuera el sexto intento. ¿Habrás cerrado los ojos grandes al morir o habrás intentado acaparar el máximo de imagen de mundo para envalijarlo hacia lo oscuro? O tal vez los cerraste y los diste vuelta para mirar hacia adentro y verte vos en otra, en capullo a la nada, a la descomposición, ver tu cara en esas fotos, encontrarte con estos ojos de esta foto y decirte a vos misma me cansé de la impaciencia, me voy al borde de estos ojos y los cierro y apago y me dejo caer con la canilla abierta y el barbijo desplomado junto a mí cuerpo cansado. Apagón de adentro hacia afuera. Me pregunto si en ese margen me habrás visto, rozado al menos con la pupila dilatada, en alerta, qué de mí habrás mirado si así fue, en qué versión, en qué gesto. Me hubiera gustado preguntarte por qué tus ojos se enojaban tanto.

En esta mirada hay susto y llanto. Estás llorando aunque la cámara no lo capte. Aunque no sepa el porqué, ese fondo blanco confundido con tu remera es de abismo. El cuello en tensión, pupilas hacia arriba, el blanco de tus ojos en medialuna como el fondo, como la remera, como la perla que cuelga de tus aros. El blanco de un predador asustado, de un animal, no de la presa sino de la cazadora, una mamífera que sufre, que necesita también, a veces, que la tomen con cariño del cuello y la lleven a un refugio de calor y olvido. Esta foto es la falta de ese agarre. Me hubiese gustado haber sido un poco menos cobarde y haberte preguntado por el dolor detrás de esos ojos. Haberte protegido a mi manera. No puedo acariciar el dolor que leo ahora, así como ya no puedo acariciar tu pelo ni anestesiar tu angustia con mi abrazo.

La foto de la primera cédula es la cara de la hermana del medio, harta de que la comparen con F, el mayor, por lo que ella no es. Para empezar, no es varón, y eso se lo dejan en evidencia. Harta también de ser por default la custodia de mamá, Peca, la chiquita mimosa. Todavía estás con uniforme, debés estar en quinto año y en los ojos decís ya van a ver, o decís quiero salir de esta casa y ser yo plena, no atosigada entre hermano y hermana que contienen todo lo que podría, todo lo que habría en mí desplegado. Mirás al futuro con ganas y una arruga de miedo, un temor a la desilusión.

En la segunda cédula hay ojos de arañarte a la vida; ojos con pinches o minúsculos puntitos antideslizantes que se trepan a la superficie de todo lo visto y le succionan la existencia. Tenés veintinueve años, los que yo estoy cumpliendo en este día. No hay miedo. No hay visión del después, de la tenaza de la vida al estrujar esos ojos hasta sacarte la última gota de llanto y dejarte colgando con tu rabia. No hay rastro de los ojos futuros que penden de la vida como las bolas cansadas de un viejo, mecidas y quejosas. Intento entender cómo esa mirada satisfecha de los veintinueve mutó en queja resignada. Me pregunto cómo una mirada puede a la vez mantenerse y tornasolarse tanto. Me hubiera gustado preguntarte por el cambio en tu mirada. Siempre me dio terror la respuesta.

¿Si hubiese visto estas fotos antes, con vos, con vos viva, habría cambiado el tono de nuestro vínculo? ¿Por qué recién ahora se me revelan tus transformaciones del mirar? ¿De qué me sirve, si es que sirve, en qué me cambia? Vuelvo a lo que creo que fue nuestra asíntota, ese punto en el que estuve casi tan cerca de llegar verdaderamente a tu límite, cuando mamá me pulverizó con sus palabras y salí llorando de su casa, vagué sin conciencia por la calle hasta la plaza a una cuadra de tu puerta y te llamé. Me dijiste que fuera ya a tu departamento, bajaste, me abrazaste, subimos y me dejaste llorar. A través del vidrio esmerilado de mis ojos te veía a vos desdoblada, a vos en cada una de estas miradas que aún no conocía, egipcia, dolida, resignada, sensual, pícara, cansada. Mis ojos trataban de unir a la C que en ese momento tenía en frente y que me acariciaba con todas las otras. Pero no, el montaje persistía, no solo conformado por tus versiones, se asomaba también M con su rebelde elegancia sumisa y T con su independencia y su cruce de piernas que hoy veo en mí y todas en ronda nos contenían y yo pensaba, confundida y asustada, que eran ilusiones del llanto.

Hoy veo que no eran hologramas e intento hacer resurgir cada uno de esos rostros, hago fuerza, empiezo a llorar pero no las veo, no se me representa ninguna, ni C ni M ni T, solo esta pantalla que suma las letras que le ordeno, este escritorio que es el de T y que me susurra de a trocitos cada frase, este cuarto propio que habilita mi escritura. Antes de frustrarme por no poder invocarlas en imagen, releo el texto, releo las notas que tomé para armar esto y vuelvo a mirar tus fotos. Recorro lo escrito y entiendo. Aunque no percibo sus caras a través de mis lágrimas, distingo sus voces. Este texto de cumpleaños emerge de ese dictado, es su regalo de cumpleaños a mi yo de hoy, de veintinueve, a esta sobrina, nieta, sobrina-nieta a la que permitieron crecer. Son ustedes quienes hablan este texto. Yo solo escucho para adentro y traduzco.

Un coro de mujeres bulle en mí y (me) escribe.

About the author Soledad Arienza

Me fascinan las cúpulas de Buenos Aires y el hall del Teatro San Martín. Siento predilección por algunas estaciones de la línea A. Me gusta el verano. Amo la papelería, en general, y los cuadernos y libretas, en particular.

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